¿Estamos muy lejos? pregunto. El viento me responde al arrancarle el mapa de las manos estrellándomelo en la cara. Buscamos refugio bajo un puente cerca de Alexander-Platz. Ella examina el mapa mientras trata de alisarlo, pero no encuentra la calle. Harta de detener el mapa con fuerza, anuncia: “voy a preguntar en éste café” y desaprece en un santiamén dejándome a la intemperie con el mapa arrugado en la mano. Con el inconfundible palacio municipal rojo y la descomunal estatura de la torre de televisión a nuestras espaldas logro ubicar nuestra posición e identifico la dierección en que debiéramos hacernos a la marcha. Ella sale del café y desde la puerte corrobora con su pulgar el rumbo.

Nos enfilamos hacia nuestro destino. A unos metros de haber abandonado el puente, empieza a llover. Abrimos los paraguas. Ahora es mas difícil ver el mapa, por que cada uno lleva en una mano el paraguas y en la otra su maleta. Por si fuera poco, caminar con el paraguas abierto en contra del viento es extremadamente difícil. Me parecía que por cada paso que avanzaba retrocedía dos. Vacilo por un instante. Me doy la vuelta señalando mi intención de regresar bajo el puente. Ella asiente con la cabeza. En ese momento el viento cambia de dirección. Así pues, en el intento de retornar al refugio fué que llegamos a la puerta del hotel que buscábamos. Pareciera que alguna fuerza sobrenatural nos usaba para entretenerse. Al cerrar el paraguas justo antes de dar el paso para cruzar la puerta, la última ráfaga lo volteó con furia, y me llevó de regreso a la tormenta. Luché para ponerme en contra del viento y así lograr que el paraguas retomara su forma. Por fin logramos cruzar el umbral de la puerta sanos y salvos. Escurro el paraguas y me percató que él no había conseguido llegar incólume.

Nos presentamos frente a la recepcionista empapados y con los cabellos revueltos. Como si nuestra apariencia no le inmutase en lo mas mínimo nos dice:”Buenas noches. Bienvenidos al hotel Norecuerdoelnombre. ¿Qué puedo hacer por ustedes?” Mi compañera le responde con gran tranquilidad: “Tenemos una habitación reservada a nombre de K. y A.” Un gesto de incredulidad invade su rostro. Revisa en el sistema y dice: “¡Ah! la suite en el último piso” y nos entrega la llave sonriendo. Ahora los incrédulos éramos nosotros. De pronto os vientos nos eran propicios ¿cómo habíamos logrado tener una suite prácticamente en un penthouse? ¿era acaso la recepcionista la mismísima fortuna imperatrix mundi que ahora nos sonreía?

Abrimos la puerta de la suite como si se tratara de la cámara de un tesoro. Quedamos deslumbrados al encender la luz y descubrir que había aún varias puertas por abrir. Al tiempo que abrimos una a una cada puerta iba creciendo nuestra sorpresa. Un recibidor, una sala de estar, una cocina, un cuarto de baño con jacuzzi, y una amplísima recámara. Elevamos pues los brazos al cielo para rendir tributo a la generosidad de la vida y nos abrazamos eufóricos. ¡Qué fin de semana nos espera!

La cama está impecablemente tendida. Sobre el escritorio había bebidas y bolsas con botanas. “Deben ser parte del servi-bar, y las dejan ahí como olvidadas para que casi sin querer las consumas” expliqué. Después de escrutinar visualmente el amplio territoro con lentitud, nuestros ojos descubrieron dos maletas. En un lugar así, y dada nuestra buena fortuna, sólo podían ser cofres de tesoro. Seguramente estaría repletos de doblones españoles. Pero no lo estaban. Tenían ropa. Mi mente trató de buscar una explicación: siendo la habitación tan amplía, seguro que el último huésped las olvidó. Mas me tardé en elaborar que en deshecahr mi conjetura, por que esa y la ropa que encontramos en el armario era sin duda el equipaje de alguién que andaba de vacaiones en Europa por lo menos dos semanas.

Llamamos a la recepción. Igual que nosotros no lo podían creer. Simplemente no era posible, no había nadie registrado en el sistema. Nos preguntaron si las maletas tenían algún nombre o dirección. Efectivamente había una tarjeta con los datos: Ricardo Iglesias, México.

¿Estaba Ricardo en nuestro cuarto? ¿o nosotros en el suyo? No lo puedo decir. Tampoco el personal del hotel podía. Terminaron por cambiarnos de habitación; primero a una mas pequeña pero con un insoportoble hedor a gato, y tras nuestra reclamación terminamos en una similar a la primera pero no en el penthouse, si no 5 pisos abajo de dónde pernoctaba Ricardo.
Así fué como casi conozco a un compatriota a miles de kilómetros de México.