El vigía y guardián de la ciudad de Bremen con la mirada en un blanco meditativo me recibió cordialmente. Desde hace años lo había querido visitar, siendo hasta este verano que me presenté ante él para reverenciarlo. Decidí hacerlo mientras visitaba aquél otro Roland en Eschborn, justo a las afueras de Frankurt.

Roland es un gigante, pero ni rígido ni mucho menos de piedra, aunque me llevó tiempo el reconocerlo. La primera vez que nos vimos a los ojos me fulminó con una mirada de roca incandescente por interrumpir con mis incontrolables tosidos una clase de “opto electrónica”, en la cuál sólo estábamos media docena de estudiantes. “Eso me pasa por venir a clase con un resfriado” me llegué a reprochar.

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Mas adelante en ese semestre, esta vez en “teoría de semiconductores”, otra clase con baja audiencia pero altamente interesante, vistamos juntos el laboratorio de semiconductores de la Universidad. Al salir de la cámara limpia y quitarnos los trajes especiales, cruzamos palabra por primera vez, y acordamos ir a almorzar juntos.

En esa conversación nos dimos cuenta que no sólo compartíamos el interés por las materias exóticas, si no también otras tantas cosas como el jazz y el deporte, particularmente el ciclismo. Así empezamos a ir a conciertos de jazz juntos, luego comenzamos a salir a hacer recorridos en bicicleta, pero lo que nos unió definitivamente, fue cuando se inscribió a un curso de español.

De pronto le llegó el momento de hacer prácticas en el extranjero, y me pidió que le ayudara a encontrar un puesto en México. Lamentablemente en ese periodo, mi red de contactos no funcionó como esperaba, y me fue imposible encontrar algo. No obstante, Roland, que estaba convencido de pasar un tiempo en un país de habla española, ya tenía el “plan B” en marcha. Había sido aceptado en un empresa en Chile.

Así se fue a Valdivia un día como estudiante. Después de un tiempo llegó incluso a ser profesor en la Universidad. Tras varios años bajo la cruz del sur, ha vuelto a Alemania, pero ya casado, y con dos hijos. Quiero pensar que tuvo nostalgia por que alguien tosía en sus clases.

Esa es la historia del gigante Roland.