En algún lugar del mundo debe existir una gran bodega de dimensiones inconmensurables, dónde se encuentren todos los objetos perdidos. Estantes enormes repletos de toda clase de artefactos: llaves, paraguas, maletas, lapices labiales, calculadoras de bolsillo, computadoras, calcetines, teléfonos móviles, televisiones y hasta carriolas.

En ese sitio debe trabajar un dependiente enjuto y encorvado que con diligencia y minuciosidad lo clasificará todo de acuerdo a las características, a la fecha en que fue hallado, al lugar y tantas otras cosas que serían relevantes si algún día el propietario viniese a reclamarlos. El único problema es que las puertas que conducen hasta este gran emporio son casi imperceptibles para los parroquianos y están distribuidas por el mundo de una forma sui géneris.

Las eventuales interrupciones que  distraen a nuestro dependiente de su ardua labor son a causa de visitantes ocasionales despistados que atraviesan el umbral de la puerta y hacen sonar la campana. El dependiente les preguntará con amabilidad cuál es el objeto que buscan. Sin importar que el visitante haya llegado hasta ahí por mera casualidad, como todo mundo ha perdido algo en alguna ocasión, tras meditarlo brevemente darán santo y seña de algún objeto perdido. De esta forma el dependiente cotejará la información proporcionada en su base de datos, y con las gafas a la mitad de la nariz casi tocará con ella la pantalla al leer el estante referido. Posteriormente se remangará la camisa, tomará una escalerilla consigo y desaparecerá por uno de los largos y oscuros corredores de la nave. El visitante sólo escuchará los pasos del dependiente alejarse y luego como varios objetos caen al suelo; algunos rebotan en progresión geométrica y otros se hacen trizas de inmediato. Se escuchará la voz del dependiente maldiciendo y estornudando por el polvo. Al cabo de unos minutos los pasos retumbaran en corredor nuevamente, y la figura del dependiente emergerá de la penumbra con el añorado objeto en sus manos que entregará al visitante. Éste agradecerá un par de veces el favor y desaparecerá por la misma puerta por dónde llegó. Pero ¿hacia dónde?

Esas puertas tienen una distribución muy peculiar. Creo que yo ya he estado varias veces en ese sitio, y desde que estoy en Alemania puedo acceder con mayor facilidad. A decir verdad, durante mi estancia en México nunca pude llegar hasta ahí.

La primera vez que tuve contacto con ese galerón fue cuando Omar me invitó a visitar con él la CeBit, hace ya varios años, que desde entonces era ya la feria de informática y computadoras mas grande del mundo y que se celebra año con año en la ciudad de Hannover. Me costó trabajo aceptar ir con él, por que en ese momento tenía grandes dificultades técnicas con mi tésis de maestría. Acordamos que Omar partiría primero, y me le uniría si podía resolver a tiempo esos problemas, lo que a final de cuentas pude hacer. Habría solo que salir con premura e intentar alcanzar el tren. Empaqué en mi valija un par de sacos, camisas y corbatas y en el último minuto me decidí a dejar la laptop para tan solo llevarme la maleta a manera de portafolio. Cerré la puerta de mi apartamento en Stuttgart y eché las llaves en la maleta de la laptop. Esquivando diversos obstáculos y prácticamente brincando sobre una hilera de niños, llegué como saeta hasta la plataforma dónde el tren emprendía ya el viaje. Al notar su movimiento me extendí cuán largo soy para así poder presionar el botón que accionaba la puerta. El tren se detuvo y la puerta se abrió mágicamente. Mi semblante de satisfacción contrastaba con los rostros amargos de los pasajeros, en su mayoría alemanes diría yo, por verme como responsable de haber detenido la marcha del tren. Así me pude reunir con Omar en la capital de la Baja Sajonia, y fue la primera coincidencia que me permitió a la postre encontrar algo que buscaba sin que lo hubiese perdido.

Entre las pocas cosas que iban en mi portafolios estaban unos trípticos que amablemente Sonja había diseñado con objeto de repartirlos en la feria y así buscar oportunidades de trabajo. En realidad eran una obra maestra, por que en un golpe de vista se destacaban mis aptitudes en ciertas áreas técnicas. Además en la primera parte había un retrato retocado digitalmente desde luego junto con mis datos personales.
Una vez ya en la feria quedó de manifiesto la efectividad de aquellos volantes mientras conversaba con una edecán, que aunque su atuendo no era diminuto como el de sus colegas en la feria del automóvil en Frankfurt, bien podría haber trabajado ahí, dada su fisonomía: esbelta de piernas largas y una gran cabellera rubia. El stand en dónde trabajaba ofrecía soluciones en sistemas incrustados (embedded systems) y era evidente que ella no tenía ni la mas remota idea sobre el tema. Desde el inicio ya tenía esa impresión así que hice unas preguntas simples con cautela. La información mas valiosa que me dio era que el ingeniero responsable llegaría en una hora. Como yo no tenía tiempo que perder para visitar tantas empresas como pudiese, decidí dejarle mi tríptico promocional y pedirle que se lo hiciera llegar al responsable de recursos humanos.
Tras echar un ojo a la primera página levanto su mirada hacía mí con una sonrisa de oreja a oreja y con los enormes ojos azules sobre mí mirándome fijamente exclamó:”¡ohh! ¿Soltero?” Era claro que no le importaba si sabía programar FPGAs en Verliog y VHDL, que a diferencia de mi estado civil, estaba impreso con una tipografía de gran tamaño. Una vez probada la efectividad del panfleto di un paso hacía atrás y me despedí cordialmente. Cuando le referí a Sonja el acontecimiento, lejos de causarle celos, soltó una gran carcajada por aquella rubia codiciosa.

Repartí pues todos los volantes que llevaba conmigo. El último, lo recuerdo bien, se lo entregué en la mano a otra edecán que trabajaba para una firma de recursos humanos, no recuerdo el nombre, que buscaba candidatos para puestos específicos. Ella era mucho mas parca y reservada que la anterior. También delgada pero con cabello corto color marrón. Igualmente lanzó una mirada a la portada del panfleto y de inmediato me condujo frente a una computadora para alimentar su base de datos con la información del tríptico. Ella no mantenía contacto visual conmigo, pero aunque reía abiertamente por mis bromas, no perdía la compostura. Con ello cumplí mi misión en la CeBit.

Íbamos Omar y yo de regreso ya en el raudo y veloz ICE, el tren que alcanza mas de 200 Km/h para unir las ciudades en Alemania. Kai nos esperaba en Bielefeld para regresar juntos en coche hasta Stuttgart. Tuvimos suerte encontrando lugares para sentarnos cómodamente. El vagón en el que viajábamos se saturó en la primera parada que hizo el tren. Es muy poco común que eso suceda y que la gente vaya de pié en el corredor dónde están los lugares para sentarse, pero así fue. De pronto entre la multitud pude ver a una mujer embarazada y sin pensarlo mucho le cedí mi lugar y me coloqué en el compartimento que une a los vagones desde el cuál podía ver con claridad mis maletas a través de las puertas de cristal. Además Omar se había quedado bajo el equipaje literalmente.

De vez en vez echaba un vistazo para comprobar que las cosas siguieran en su sitio. Repentinamente Omar se levanta de su asiento y se dirige hacia dónde yo me encontraba. Había tenido un pequeño altercado a causa de una maleta con la señora gruñona sentada enfrente de nosotros, por lo que decidió dejar su lugar. Mientras me contaba lo que había pasado, en el altavoz anunciaron la próxima llegada a nuestro destino: Bielefeld. Nos abrimos paso entre la multitud para tomar nuestro equipaje. Busco mi maleta de laptop en el portaequipaje pero no la encuentro. Levanto y muevo algunas maletas que ahí se encontraban. La señora gruñona empieza a refunfuñar y a regañarme por mover su maleta. Me encuentro desesperado por no encontrar mi portafolios. El tren ya se ha detenido. Le contesto a la señora exactamente en el mismo tono que ella se había dirigido a mí, con lo que logré apaciguarla. Pregunto a las personas a mi alrededor si la habían visto pero nadie sabe nada de ella. Es el momento de tomar una decisión: seguir buscando la maleta o bajarse del tren. De seguir hasta la siguiente ciudad puede resultar muy caro por varias razones. Hago un recuento relámpago de lo que llevaba en la maleta y después de hacer el balance decido es mas conveniente bajarse y perder la maleta, que seguirla buscando, llegar hasta la siguiente ciudad y luego tratar de regresar con la posibilidad latente de perderla de cualquier forma.

Se cierran tras de mí las puertas del tren. En el momento en que emprende marcha recuerdo que mis llaves van en la maleta. “¡Mierda! ¡Las llaves de la casa!” exclamé. Pero no nada mas eran las llaves de la casa, eran también las llaves del instituto dónde hacía mi tesis. Todo parecía indicar que había sido una mala decisión dar la maleta por perdida. ¡Cambiar chapas y cerraduras del apartamento y del instituto costaría una fortuna!

Acudí de inmediato con el personal de la compañía de trenes en la vía para contarle lo sucedido. Me indicó que reportara mi maleta en la oficina de atención a clientes. Dijo además que de haberse quedado en el tren, no se podría localizar si no hasta en la noche de ese domingo, cuando el tren llegara a su destino final en Munich, pero lo mas segura era que se tuvieran noticias hasta el día siguiente.

Hablé con el personal de atención a clientes. Declaré lo que llevaba en la maleta, y que lo mas valioso que tenía eran mis llaves. La empleada me hizo notar que seguramente alguien pudo pensar que había una computadora dentro, por que a final de cuentas era una maleta de laptop, y que la había llevado consigo. Dejé mis datos y mi número móvil. Lleno de rabia y de impotencia salí de la oficina dónde Omar y Kai ya me esperaban. ¡Se habían robado mi maleta! En México lo podría entender, pero ¿en Alemania? ¿que no es acaso primer mundo?

Ya en el carro de Kai descargaba mi ira contándole lo sucedido cuando sonó mi celular. Habrían pasado escasos veinte minutos después de haber dejado la estación. Era la policía para decirme que habían capturado al bribón que hurtó mi maleta in flagranti. Unos días después de que se abriera esa puerta hacia el emporio de los objetos perdidos, y de que aquél dependiente enjuto con las gafas a media nariz tomara mi maleta de un anaquel sumido en la oscuridad para hacérmela llegar, la recuperé intacta. Incluso con las llaves.