VictoriaYo llegué tardé. Para ser precisos 10 años tarde. Me hubiera gustado estar ahí para manotear de alegría sobre el toldo de aquellos Trabis que se atravesaban los resquicios recién abiertos del otrora inexpugnable muro, y beber con los conductores un trago de champaña, así como presenciar los fuegos de artificio al pié de la puerta de Brandenburgo. Como me hubiera gustado dejarme llevar por el júbilo desenfrenado de la multitud, y del que solo conozco su sombra en forma de celebraciones futboleras desperdigadas.

En aquél memorable año de 1989 el reflector de la atención mundial se encontraba dirigido hacía la represión de las protestas de la plaza Tiananmen girando de manera abrupta hacia el frente mas hacia occidente de la guerra fría, que comenzaba a deshelarse. Ante la gran presión interna sufrida en la RDA por la conjunción de sucesos tales como la Perestroika, las protestas de los lunes en la Nikolai Kirche de Leipzig y la apertura de la frontera húngara hacia Alemania occidental, la renuncia del líder de la RDA Erich Honecker se dio también como parte del efecto dominó, para culminar en la conferencia de prensa que ofreció Günter Schabowski, miembro del Politburó del SED, anunciando que ya no había restricciones para viajes personales al extranjero. El toqué anecdótico, es que una pregunta para la cuál no estaba preparado, sirvió de catalizador en la reacción de diluir el muro. La pregunta fue: “¿Cuándo entran en vigor esas medidas?” Tras observar el documento por el anverso y el reverso dijo con un gesto de resignación: “De inmediato”.

La noticia de que el muro estaba abierto se convirtió en el encabezado de los diarios y tema central de los noticieros de la RFA, al tiempo de que el muro continuaba resquebrajándose.

Pero como ya dije, yo llegué tarde, y lo hice justo en el punto intermedio del día de hoy hasta el día de la caída del muro, es decir hace 10 años.
Otros 10 años antes había presenciado la contundente noticia a través de la televisión. Ello me permitió tener una imagen por primera vez ante mis ojos de la puerta de Brandenburgo decorada con multitudes desplegando los colores negro, rojo y dorado, que mas que en su cúspide ostentados en los uniformes de los Freikorps en la guerras napoleónicas, simbolizaban libertad. Ese fue mi primer flirteo con Berlín y a la postre se convirtió en amor a primera vista.

El día que llegué me recibió Berlín con la ligereza propia del verano. Maquilló su rostro para ocultarme todas las imperfecciones de su pasado. Ese mismo día pase inadvertidamente el sitio dónde habían estado las alambradas y torres de vigilancia. Me embriagó con su perfume, y sucumbí al destello de sus ojos. Así llegué a pasar la primera noche con ella del otro lado del muro.

Tras 20 años el muro se convirtió en otra estructura mas de aire, como aquél puente aéreo que se edificó para abastecer a la ciudad durante un bloqueo de suministros soviético. No ha desaparecido del todo. Permanece como una gran cicatriz, mas que en las calles de Berlín, en las mentes de sus habitantes.