Archive for the 'Añoranzas' Category


Cultivo una rosa blanca

Posted by sudranoel on 19th November 2007

Una trade de domingo en la bañera. Tengo en mis manos un ejemplar de “El arte de la fuga” de Sergio Pitol, y lo degusto junto con un Bordeaux Haut Médoc. No hay mejor forma de separarse del mundo y de reponerse de la intensa semana. La escena que protagonizo ahora, con el libro y la copa de vino al lado, la había tenido ya hace un par de semanas en una librería, cuando el título de la obra de Pitol, más que saltar ante mis ojos, sedujo desde el anaquél mis oídos al recrear cánones y fugas de la obra homónima de Bach. Skonja reconoció de inmediato el gran aprecio que ya le había tomado, mientras lo hojeaba, y me lo obsequió el día de mi cumpleaños, junto con otro de Paul Auster “Travels in the Scriptorium” que me acompaña por lo pronto cuando voy al sauna. Ha sido un acierto contundente.

A menudo suele ser más significativa la historia del un libro cómo objeto que la historia, o historias que relata. ¿Acaso no todas las historias de los libros podrían dar pié a nuevos volúmnes? Así mismo todas las botellas de vino contienen historias que se decantan en nuestras vidas, y a su vez esas historias pedirán ser escritas, bebidas y degustadas. Esa escena en la bañera es pues el principio de un perpetuum mobile.

Leo y bebo despacio. Aspiro las historias e imágenes. Me siento inmerso en la trama, que no es otra cosa que la historia de su vida. Me identifico con su alma peregrina, la necesidad fisiológica de viajar, descubrir, vivir y el fuerte anhelo por devorar el mundo, pero también el imperativo de sentarse a contemplarlo y escribir por dar testimonio a la eterna mutación de la vida. El arsenal cultural que despliega me remite repetidamente a librerías para proveerme de Joyce, Conrad, James, o a libros ya leídos. Todas esas voces armonizan en punctum contra punctum. Redescubro personajes que creía conocer desde hace tiempo, cómo a Thomas Mann, Borges o Cortázar. Antes de que el narrador llegue a hacer referencia y tributo a sus maestros, una voz dentro de mí ya me preguntaba desde cuándo estoy familiarizado con los personajes y las obras citadas. En el momento en que la palabra “maestro” aparece sobre el papel, emerge del agua la respuesta a mi voz interior: los conozco gracias a mi maestro Rodrigo Giles.

El profesor Giles me dió clases de español, que eran cursos de literatura española y latinoamericana, en la escuela secundaria. Era el profesor titular de nuestro grupo, tercero “B”. Su espeso bigote caído y afilado en las puntas, le daba un cierto aire a Günther Grass, aunque de figura más esbelta. Entraba en las mañanas con su andar parsimonioso a nuestro salón. Sin decir nada tomaba una caja de gises de colores y dibujaba en el pizarrón letras diversas, rostros de personajes y objetos por 10 o 15 minutos. Esa obra en la que invertía gran empeño, pero sobre todo corazón, era un retrato, una alusión, o el título mismo del tema de la clase. Al terminar la obra, rompía él su silencio y empezaba a darnos santo y seña de los personajes. Su obra, que era una especie de mandala, no sólo por el silencio meditativo con que era ejecutada, si no por que a final de la clase tenía que ser borrada para ceder su lugar en el pizarrón al conocimiento abstracto, y por lo regular no tan colorido, de la trigonometría y otros menesteres. En ocasiones algunos maestros de las clases subsecuentes no se atrevían a cumplir la sentencia e indultaban la obra por el tiempo que duraría su clase. Así que cuando escucho los nombres de Miguel de Unamuno, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Benito Pérez Galdós, Leandro Fernández de Moratín, Pío Baroja o León Felipe, brotan frente a mis ojos los colores que los bañaban cuándo los ví escritos o retratados en el pizarrón por primera vez.

No estoy seguro si a través de él tuve el primer contacto con los escritores mexicanos como Carlos Fuentes, Juan Rulfo u Octavio Paz. Muy probablemente así fué, pero no los afiancé en el subconsiente si no hasta un par de años más tarde en el curso de literatura mexicana impartido en la preparatoria por Laura Marta, otra maestra que recuerdo con gran aprecio. Al profesor Giles lo relaciono más con la literatura española, y latinoamericana (aunque tampoco recuerdo haber escuchado de él los nombres de Borges o Cortázar). Nos presentaba con gran soltura el siglo de oro español, la generación del 98 o la de el 27. A propósito de ésta última, recuerdo que narraba con gran solemnidad el haber leído un poema durante las exequias del poeta español León Felipe en la ciudad de México. Nunca olvidaré esa voz entrecortada por la tristeza y el orgullo.

Era sin duda una persona muy creativa. Para el día de muertos solía hacer adaptaciones a los versos del Don Juan Tenorio, con los sucesos escolares cotidianos, haciendo ver en una humorística vestimenta de gala, las situaciones mas banales. El climax de ese celebración era sin lugar a dudas las calaveras, esos pícaros versos mexicanos humorísticos, que desacatan la autoridad escatológica de la muerte, personificándola y haciéndola partícipe en historias dónde hasta incluso puede resultar embaucada por el vivaz aquél a quién la clavera le ha sido dedicada. Esos versos eran escritos para los otros profesores con gran agudeza y genialidad. Al ser leídos maestros, alumnos y directores nos desternillábamos de risa.

La primera rima que aprendí con él, sin ser alusión literaria alguna, tenía un principio chusco y un resabio moralizante. Por suerte (sólo) recuerdo la primera estrofa:

Clemente le dijo a Alejo:
camarada, para reir te aconsejo
que al sombrero de aquél viejo
le tires una pedrada

Ese fué el punto de partida para leer y memorizar varios poemas. Algunos los recitaríamos individualmente, y con otros haríamos lo propio en grupo. Bajo éste último rubro, ensayamos y presentamos a dos voces si no mal recuerdo (hombres y mujeres) el poemá Sensemayá de Nicolás Guillén. De inmediato le tomé enorme apreció al poema por dos razones: lo vinculé con la pieza homónima de Silvestre Revueltas, y a su vez, la poesía coral en sí, me pareció la versión poética del muralismo pictórico, por su magnificencia, sus escalas titánicas y su esplendor.

Sin duda el poema que más relaciono con el profesor Giles, y que me ha acompañado por diversas etapas de la vida es “Cultivo una rosa blanca” de José Martí. un verdadero himno de hermandad, que bien pudiera ser un mantra budista. Me permito citarlo:

Cultivo una rosa blanca,
en junio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo una rosa blanca.

El profesor Giles fué quién en alguna ocasión me bautizó como “el monje”, no sólo por mis votos de celibato de aquél entonces (que decir que yo no era el único), si no, y mas bien, por ser muy callado en sus clases. Viéndolo en retrospectiva, era debido a qué encontraba muy interesantes los temas, y su forma de presentarlos. Sin llegar a ser sobresaliente en sus cursos ni mucho menos, siempre hacía mis deberes con entusiasmo, aunque en ese entonces no leía tanto, como se esperaba de nosotros. Si bien no cubrí todas las lecturas obligatorias durante aquél periodo escolar, las completé por gusto y voluntad propia en las vacaciones, y no han dejado de darme pautas para explorar los mares literarios. Son como muelles donde poder atracar para reabastecerse y luego volver a zarpar con otros derroteros.

Un buen día el profesor Giles y yo rompimos lanzas, a causa de una personificación de Benito Juárez, que él me había encomendado para conmemorar su natalicio el 21 de Marzo (tema en contrapunto: Bach nació también el mismo día), a lo que me negué rotundamente. Primero; no me preguntó si quería, y segundo; alguién me metío en la cabeza que de hacerlo, ciertos compañeros se burlarían de mi por el resto de la eternidad. Algo había de cierto, ya que no me había seleccionado por mi engagement político, si no por mi tez morena, y al ser el único en el grupo con ese color de tez, parecía que no tuviese elección. Pero ¿por qué razón aquellos mequetrefes harían mofa de mí? En ese momento me percaté por primera vez del racismo al indígena que existe en México, especialmente dentro de una escuela particular. Así pues mis principios de rebeldía adolescentes me dictaron oponerme a ello. Por un momento fuí amenazado con medidas disciplinarias extremas, como ser reprobado en el curso, pero cuál humanista cabal que es, después de unos días de tensión rectificó la injusticia y acepto mi decisión, dado que borrar el racismo de un plumazo no era posible. Pocas veces aprendiz y lector aprenden una lección de la vida simultáneamente. Al hacerlo el segundo deja de ser sólo un modelo y muestra al primero su lado humano. Una razón para apreciarlo más.

Lo más valioso es que mostró ser congruente con su enseñanza de cultivar una rosa blanca.

Hará unos diez años lo encontré por casualidad en la calle. Me reconoció de inmediato, aunque dudo que recordara mi nombre. Conversamos e intercambiamos teléfonos. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

Sus clases me hicieron ver la policromía del mundo y despertaron en mí el anhelo de conocerlo. Así un buen día hubo que soltar amarras para llegar hasta esta bañera.

Un caluroso saludo lleno de gratitud al profesor Giles dónde sea que se encuentre.

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Ritual de luz

Posted by sudranoel on 21st October 2007

Hier ist die deutsche Version.

Una reunión secreta. Una fiesta. Un ritual de luz.

Cuatro alquimistas son congregados. Cada uno ha recibido una contraseña que tendrán que usar para acceder al recinto. Están escritas en un lenguaje extraño. Comenzarán el ritual adorando al conejo en la luna (usagi tsuki no) y procederán a ensamblar las 4 contraseñas para formar el sortilegio del gran brujo Maxwell. Al hacerlo, se producirá una chispa refulgente iluminando la noche.

Tras conjurar a la luz como aliada, los alquimistas siguen con la ingestión de brebajes, la bacanal, la orgía y la catársis que mantienen la celebración levitando hasta en el último recoveco de la noche antes que el primer rayo de luz del amanecer disolviese el conciliábulo mágicamente. En ese momento se conviertió justo en lo que es ahora; tan sólo un recuerdo ingrávido.

En la víspera de conmemorar el día en que ví la luz por primera vez, encuentro ésta pieza arqueológica y me pregunto ¿no es acaso toda fiesta de cumpleaños un ritual de luz?

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Desde 1429

Posted by sudranoel on 6th May 2007

Hace varios ayeres era siempre todo un gran acontecimiento ir a visitar a mi tía María Luisa en su trabajo. No recuerdo exactamente de qué área ella era responsable, pero siendo ingeniera química seguramente controlaba alguna parte del proceso de producción de las “chaparritas el naranjo”. Tratábase pues de un refresco sin gas muy popular entre los niños de aquél entonces que era embotellado en un pequeño envase. De ahí el nombre de chaparritas. Lllegábamos a buscarla entre los matraces, probetas y otros tarantines de laboratorio, y luego nos conducía por toda la fábrica explicándonos el proceso. El recorrido terminaba invariablemente en una bacanal de azúcar pintada. Probábamos todas la variantes y frecuentemente llevábamos una o dos cajas a casa.

Esos fueron los únicos excesos que tuve durante los primeros 10 años de mi vida. Luego vinieron 18 años vida monástica consagrados al estudio y al deporte. Ni a través de burlas ni de recomendaciones ninguno de mis amigos pudo convencerme de probar el alcohol. No obstante, me reblandecí cuando por primera vez vine a Europa, concretamente a Austria. Traía en mis alforjas una botella de vino mezcal, mejor conocido como tequila, como obsequio para mis anfitriones. Por un momento me sentí muy incómodo por llevar un producto que no era capaz de probar yo mismo. Queriendo a la vez obsequiarles el gusto de beber tequila original con un mexicano original, no decliné su invitación para acompañarlos, y le dí fondo al caballito frente a mí. Al año siguiente conocí a una alemana quién me sedujo para degustar por primera vez el espumoso néctar de la cerveza. No detallaré ahora la forma en que lo hizo.

Los tiempos cambian. El tequila, y la cerveza han confluído en mi experiencia hasta llegar al mes pasado, periodo en el que he presenciado in situ sus procesos de fabricación, como alguna vez lo hice con las chaparritas.

Sin duda alguna la cerveza es parte de Alemania. Suele ser un lubricante para la rígida y oxidada forma de socializar. Tal vez por ello es un gran objeto de culto y tradición. Precisamente a manera de evento de socialización con los colegas del trabajo, visité recientemente una cervecería en Wittingen. Aunque ya no pertenezo al equipo que pretendía estrechar los nexos de sus colaboradores, recibí la invitación. A si mismo mi actual jefe estuvo de acuerdo en que asistiera asi que un día libre en una cervecería ¿a quién le dan pan que llore?

Desde el momento en que bajamos del tren es de notarse el manto aromático de cerveza que cubre Wittingen. Me transportó al paso por el puente de Marina Naciona frente a la fábrica de grupo Modelo, productores de la cerveza Corona en la ciudad de México, dónde el aire contaminado es sometido por el mismo olor a cerveza.
Tanques

Tubos

Nos guiaron por toda la fábrica con explicaciones detalladas del proceso. La cervecería en cuestión se jacta de ser la cervecería privada más antigua de Alemania, habiendo sido fundada en 1429, y que la receta empleada data de aquella fecha. A través de la jungla de tanques cónico-cilíndricos, tubos, y bandas mecánicas llegamos hasta el sitio dónde se embotella la cerveza. Al igual que en la fábrica de “las chaparritas” es la sala con mas dinamismo. Botellas suben, bajan chocan, bailan, y se apretujan para terminar transportando el preciado líquido.

Ballet de botellas

Me gustaría detallar un poco el proceso, sin embargo no entendí una sóla palabra. Entre el dialecto del guía y la repicante maquinaria, fuera de palabras aisladas, el discurso era ininteligible. Ya en una sala con menos decibeles de fondo, nos resumió el proceso con generosidad y benevolencia: “Hemos visto la forma en que se produce la cerveza manualmente. Hoy en día sólo hay que alimentar las máquinas con agua, lúpulo y cebada y esperar una semana a que salga cerveza del otro lado”. Eso es todo lo que aprendí de la visita. No se recomienda preparar cerveza en casa usando ésta receta.

La original 1429Llegó la hora del festín. La verdadera razón de nuestra visita a la cervecería. El vivaracho y extrovertido vietnamés Thang (conocido también como string thang en las bajas esferas), se sentó a mi derecha. Soberano y dueño de su juicio me dió indicaciones de detenerlo si es que intentara ligarse a las meseras (todas sobre los 45 años). Lo ataría pues a la silla como Ulises al mástil al paso de la isla de las sirenas. Probamos la primera rubia, le siguió la morena y luego una pelirroja. Thang, con su visión aguda, identificó en la mesa vecina una cerveza embotellada (todas las que habíamos probado hasta el momento eran de barril). La etiqueta era roja y azul y se alcanzaba a distinguir un número. Lo comisioné para que le preguntara a la mesera, aunque deteniéndole las manos. La mesera nos dijo: ” se trata de la 1429 (el año de la fundación). Es una cerveza clara pilsner con 5,6% de alcohol, pero un sabor muy suave”. Sin pensarlo dos veces pedimos que aquella rubia con carácter nos acompañara la siguiente ronda. Apenas la mesera se había dado la vuelta cuando Thang grita a los cuatro vientos intentando parafrasear la explicación recibida sobre la 1429: “Hey Jungs, knall aber voll rein!” (algo así como: “¡Chavos, es explosiva pero se pasa bien!”). La cantinera lo escucha, se vuelve hacia nosotros e indignada tal vez por la omisión de palabras concretas que había empleado, como el contenido de alcohol o la referencia a la suavidad del sabor, o que tal vez pensaba que la expresión se refería a ella misma, le replica con gesto duro “¡Yo no dije eso!” . Ese ademán nos arranca una carcajada.

El lubricante social surte efecto. Al principio todo es compostura. Mientras se van consumiendo la cervezas se comparten mas intimidades. Hay colegas con quienes sólo se puede hablar usando el conjunto de instrucciones del P56c, sus extensiones de 64 bits, o en el mejor de los casos en puro y llano hexadecimal. El alcohol parece humanizarlos. Por ejemplo uno de ellos, una verdadera máquina de sintetizar net lists, con cabello largo y crespado como de micrófono, lentes redondos y la carne de las encías que se le prolongan entre los incisivos, habló por primera vez conmigo sobre algo que no tuviera que ver con el trabajo. Me preguntó por la forma de ser de la vida en México y las razones que me habían traído a Alemania. Me confesó también que nunca ha estado lejos del terruño dónde nació. Me pareció distinguir en su rostro un anhelo por salir a recorrer el mundo.

Emprendimos el regreso con una caminata hacia la estación de trenes. Bert y Michael, mi ex-jefe y quién me había invitado a la expedición, parecían escolapios de secundaria acarreando sendos six-packs en cada mano ¡Vaya ingenieros especializados! Algunos como yo, seguramente también versados en visitar refresquerías durante su infancia, con toda alevosía, y ventaja pensaron con antelación en llevar bolsos a su espaldas, los cuales retacamos con el botín. Así pues en el tren no carecimos de fluídas…conversaciones. Thang por ejemplo hablaba indistintamente con veinteañeras y sexagenarias.

Las imágenes que aquí presento, por alguna misteriosa razón están mas enfocadas que como las tengo registradas en mis recuerdos. Doy mi palabra que no han recibido tratamiento digital.

Ahora con mi nuevo equipo de trabajo tengo un evento similar dentro de dos semanas. Visitaremos el museo de la computación en Paderborn, para rematar en un Biergarten. Ya reseñaré.

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El café de los cicleros

Posted by sudranoel on 18th February 2007

La cuenta regresiva ha comenzado. Faltan unos cuantos días para embarcarme a México. Apenas puedo creer que en una semana estaré otra vez tomando un café sentado en una banca frente a “El Jarocho” en Coyoacán, respirando el aire aquél dónde se mezcla el olor del café recién tostado con el olor de las rosas frescas que venden en la calle. De seguro ese escenario enmarcará amenas conversaciones con amigos, sobre todo con cicleros (neologismo introducido por mi madre para designar a todos aquellos ciclistas mal hablados y albureros que habían transmutado a su refinado hijo en uno de ellos).

Recrearemos la ceremonia de todos los domingos en que, al haber terminado nuestra vuelta matutina, en esa misma banca tomábamos alguna de las especialidades como capuchas, moka, cortao o express para acompañar la evocación de todos los acontecimientos ocurridos en la ruta: que si Rubéncio (aka Benni Tallaninni) había aguantado el infernal ritmo del primer grupo en la subida frente a Televisa, o que si durante el descenso Erinco Bigotone había alcanzado los 75 km por hora sobre el velocípedo, o la mancuerna que habían hecho Pepino Moretoni y Luiggi Lasagna para que el primero ganara el sprint final, o de como en su primer salida Joules embistió las rejas que dividen los carriles del periférico, con casco y bicicleta prestados, que por cierto era la legendaria “roña” de el güi. Todos esos temas eran hablados, desmenuzados y degustados a fondo junto con el café. Los episodios épicos eran luego decorados con recuerdos de pasajes chuscso, verbi gratia, el día en que Rubén quería impresionar a Mariana mostrándole como la bicleta era una extensión de su cuerpo y podía con ella esperar el siga en un semáforo sin avanzar o bajar los pies de los pedales, haciendo plena gala de equilibrio circense. Aunque nosotros estábamos habituados a observarlo hacer esos malabares, no lo estábamos a verlo revolcarse en el suelo tratando de zafar los pies de los pedales para levantarse después del azote que blandió desde lo alto de su extensión corporal como había ocurrido ese día. El pasaje se ha inmortalizado con el nombre de El marianazo.

Si mal no recuerdo, quién inició con el ritual del café fué Enrique. Cuándo me uní al grupo formado por el inge, Pepe, Juan Carlos, aka el güi, y el mismo Enrique, la tradición ya existía. En esos tiempos primígenios solíamos aconsejar en el café a Pepe para ganarse los favores de la jocosa, que era la candidata número uno para hacerla su pareja. Cada quién ofrecía su análisis detallado y lecturas de la situación para ayudarlo a lograr su objetivo. A final de cuentas terminó con Carolina, la hermana de la jocosa, así que sin lugar a dudas, aunque erramos el blanco, nuestra contribución se tradujo en un éxito rotundo.

También en ese foro se fraguaban los planes para la siguiente semana. Decidíamos entoces si es que saldríamos a carretera, y dependiendo de nuestro estado físico determinábamos la ruta. Ésta podría ser un recorrido normal, como los 70 km de ida y vuelta al mirador La Loma, los 80 km a Tres Marías, o también rutas que solo podían haber sido ideadas por un inquisidor, como irse a Tres Marías por Topilejo, con un ascenso Brutal, o ir y vovler a Cuernavaca el mismo día, o la temible vuelta a Tenango del aire, dónde en la bajada se podían alcanzar hasta 80 km por hora con el gran reto de tomar a esa velocidad una curva de casi 90 grados a la izquierda, en la cuál alguna vez nuestro Pepino Moretoni, nombrado aquí antes como Pepe, ganara su mote al aventarse un triple mortal al frente con todo y bicicleta al voladero. Fuera de algunos moretones y rasguños así como del gran impacto emocional para él y para mí, que lo vi desde atrás sostener ingrávido el manillar de su bicicleta en su camino rumbo al vacío con los pies a dos metros sobre mi cabeza, afortunadamente no pasó nada. No me pregunten como es que salió ileso, por que no atestigüé el aterrizaje. Eso sí, la horquilla de la bicicleta se deformó, así que el regreso a casa fué todo un calvario.

El ritual comenzaba realmente desde la noche del sábado, en que, a manera de velación de armas, Moretoni y yo nos reuníamos para limpiar las bicicletas rayo por rayo y hacer todos los ajustes mecánicos necesarios para alcanzar nuestro mejor rendimiento. Ajustábamos chicotes y cambios, engrasábamos los baleros y nivelábamos los rines. De fondo musical teníamos el programa de radio “El jazz, música de nuestro tiempo” transmitido en la estación opus 94, donde por ejemplo, por primera vez escuché al rey del cool Miles Davis. A esa hora también transmitían semanalmente un programa llamado “gato macho” que eran entrevistas al pintor José Luis Cuevas hechas por Carime Lara, mujer de voz aterciopelada. Durante la entrevista, el maestro Cuevas contaba de su vida, inspiración, y sus relaciones con las mujeres, sobre todo de su paso por Paris, cosa que a mí me servía para forjar varias estampas de la vieja Europa. y anhelarlas.

Esas mañanas domingueras eran sin duda también muy coloridas para los transeutes de Coyoacán, quienes al encontrarnos hablando acaloradamente, veían en nosotros a seres espaciales que portaban cascos aerodinámicos, lentes de realidad virtual, y estaban ataviados con ropa ajustada de colores mallativos… perdón, quise decir llamativos. Nuestra forma de caminar también llamaba la atención; las placas de enganche a los pedales que llevábamos en la suela de los zapatos, hacian que todo el peso lo tuviéramos que apoyar sobre los talones. La mejor forma de describir nuestro andar, la escuché venir de una señora que, no sin dejo de respeto hacia nosotros, decía:”Mira hijo, esos muchachos caminan como pollos espinados”. Era también muy traicionera esa forma inusual de caminar. Por ejemplo, durante una pausa para rellenar las ánforas, caminábamos frente a un comercio para retomar las bicicletas. Nos sabíamos además observados por un grupo de damas jóvenes. Con plena conciencia de que nuestros atuendos multicolores y nuestra piel tostada por el sol las hipnotizaba, avanzaba yo con seguridad fingiendo no advertir su presencia procurando pues extraviar la mirada en el horizonte. Lo que en realidad no advertí fué que había agua derramada sobre el suelo. Así repentinamente sobre el horizonte pude reconocer mis pies calzados en esos desgraciados zapatos de ciclismo. El dolor del aterrizaje fué mayúsculo, pero despreciable comparado al del orgullo lacerado por las risas de las jóvenes damas.

La inspiración la tomábamos de las hazañas de los grandes ciclistas de entonces, que llegaban hasta nosotros a través de revistas españolas, ya que no había mucha cobertura del ciclismo europeo en México. Muy por encima de todos estaba Miguel Induraín quién dominaba el mundo del ciclismo en el equipo Banesto, le seguían corredores que teníamos en alta estima como Gianni Bugno y Laurent Fignon, por haber rodado algún domingo junto con ellos. En ese entonces Bugno era campeón mundial y ostentaba el suéter arcoiris. Así como siempre recordaremos a Induraín vestido de amarillo en el Tour de France, a Claudio Ciapucci lo visualizamos enfundado en el jersey moteado de lider de montaña, y a Mario Cipollini con el verde de combatividad. A todos ellos los seguimos muy de cerca en varias etapas. Los sentíamos como si fueran de nosotros. Conocíamos su rictus de dolor en las contrareloj individual o en el mítico ascenso a través de las 21 curvas de la muerte hacia el puerto de primera categoría Alpe d’Huez siguiendo a los fantasmas de Eddie MErckx “el caníbal” o Fausto Coppi “il campionissimo” mientras los espectadores gritaban sus nombres y corrían a su lado para motivarlos. Así pues era nuestro sueño presenciar una etapa de le tour.

En el café conocimos a Memo aka Lucas, quién recibió su mote por usar zapatillas de la marca Look, quién a la postre se nos unió y continuó con la tradición de “el cafecito” con un gran número de nuevos integrantes cuando el núcleo original ya se había dispersado. De todos los innumerables cicleros que conocí ahí, recuerdo especialmente a Paulina, una de las pocas mujeres que salía a rodar con nosotros y era sobrina del escritor mexicano Ricardo Garibay. La útima vez que la vi fue en el pozole que me hizo mi familia antes de venir a Alemania. Mientras vivía en Stuttgart recibí una postal de ella desde el lago Tahoe, que me alegró una mañana. Poco después Memo me escribió para avisarme que Paulina había perdido la vida al haber sido arrollada por un auto mientras entrenaba con la bicicleta. Lamentablemente en México el ciclismo es una actividad de alto riesgo, principalmente por la falta de precaución de los automovilistas. Tras seis años de su deceso seguimos recordando a Paulina con cariño. Me quito el sombrero pues para rendirle pequeño tributo.

Después del café participar en “el premio de montaña” era el amén en la ceremonia de los cicleros, aunque no era precisamente un ascenso prolongado a la montaña, si no mas bien un corto sprint en ascenso al puente de Tlalpan y División del Norte. En esa prueba Moretoni era imbatible. Rubencio y yo estuvimos cerca de doblegarlo, pero siempre en el último instante sacaba fuerzas explosivas no se de dónde y aceleraba para pasarnos en el último palmo de terreno. Desde entonces ese puente lleva el nombre de Pepino Moretoni.

Así eran mis domingos de ciclero. Ahora me conformaré con encontrar en Coyoacán a mis amigos para tomar un café y recordar esos tiempos en que devorábamos kilómetros.

Luiggi Lasagna.

P:D: Pido disculpa a todos los cicleros de hueso colorado, por no haber utilizado ni una sola mala palabra para escribir éstas líneas. Tampoco encontrarán por más que le busquen ni una expresión de doble sentido. No es que quiera traicionar mi vena de ciclero. Digamos que no solamente he perdido la condición sobre la bicicleta…..

…aunque para ser honesto, creo que no lo he olvidado. Es como andar en bicicleta.

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Entre las líneas imaginarias del diamante

Posted by sudranoel on 21st May 2006

Cuando estudiaba la preparatoria, hace ya varios años, los jóvenes de aquél entonces no teníamos el acceso a la información que se tiene ahora, sobre todo a través de internet. Hoy en día me sorprende leer bitácoras de chavitos de 18 o 19 años muy bien informados, muy precisos al escribir, y sobre todo con una visión crítica de las cosas. De verdad que a veces hasta me intimida. Mi generación, por el contrario, no estaba habituada ni a leer los medios impresos existentes, ni mucho menos a escribir. Viéndo éstos sucesos en retrospectiva puedo afirmar que los medios electrónicos han venido a rescatar el género epistolar, sobre todo a través de los correos electrónicos. Me pregunto ¿qué hacíamos entonces? si no teníamos internet, ni tampoco nos ocupábamos sobre los temas de actualidad, ni leíamos libros, y la mayoría no éramos muy chipocludos en la escuela, ¿en qué carambas invertíamos nuestro tiempo?

A ciencia cierta no lo sé. Lo que recuerdo es que hacíamos mucho deporte. Si lo comparamos a la manera en que los jóvenes practican deporte en Alemania, era muy informal. Sin pertenecer a liga, club o asociación, nos reuníamos varios camaradas para sostener épicos encuentros de beisbol y tochitos (fútbol americano). Luego también jugábamos básquetbol, ping-pong, fútbol y muchas otras cosas. Siempre lo hacíamos al aire libre por lo que no requeríamos de sofisticadas instalaciones deportivas. Es un ejemplo claro de como el clima, sobre todo en los paises fríos como Alemania, determina el nivel de organización de las personas. En éste caso con objeto de practicar deporte.

Seguramente Toño y Héctor recordarán también aquella “serie mundial” que pactamos y jugamos en 1987, inspirador por la serie entre los Medias Rojas de Boston y los Mets de Nueva York. Toño se hizo cargo de armar su equipo. Héctor y yo hicimos lo propio con el nuestro. Además nos encargamos de buscar un campo, y trazar sobre él el diamante con líneas blancas de cal. Desde luego tuvimos que diseñar y construir nuestras herramientas con palos, cordeles y latas perforadas para conseguirlo. Nuestra consigna era hacerlo de las medidas reglamentarias, sobre todo haciendo gala de nuestra capacidad de agrimensura y ejecución, trazándolo derecho y uniforme como si de una obra ingenieril se tratase.

Junto con Toño visitamos el campo un día antes del arranque de la serie para ver la versión final del diamante. Toño nos dijo: “Bueno, no ésta tan mal. Si consideramos que lo que cuenta es la línea recta imaginaria que atraviesa la linea irregular y ondulada que está pintada sobre el campo. Podemos jugar aquí. ¡Nada mas por favor no vayan a ser ingenieros!”. Lo dijo con toda la autoridad que le confería el gran arquitecto que llevaba dentro. Héctor no echó en saco roto ese consejo, y es ahora un exitoso abogado fiscalista. Y yo…. bueno yo…ni soy arquitecto, ni soy abogado…. digamos que también hice caso del consejo; ¡desistí de ser ingeniero civil!

Acordamos con Toño jugar con catcher. Nos las tuvimos que ingeniar para conseguir el equipo: careta, peto, y espinilleras. Lo único que nos faltó fué la mascota (es decir el guante), por que comprar uno estaba fuera de nuestro alcance. La idea era compartir el equipo de catcher entre los dos bandos. Por parte de mi novena, quién se enfundó en dicha armadura y agazapó detrás de la almohadilla de home, fué Héctor, aunque el hubiese preferido jugar el short stop. Por favor no me pregunten quién lo engatusó para que fuera el catcher. Por alguna razón se convenció de que en realidad el catcher es el estratega del equipo. Su deber es conocer las debilidades de los bateadores rivales, para poder pedir los lanzamientos adecaudos al pitcher. Además debe estar muy atento para evitar los robos de base, y tener mucha fuerza y precisión en el brazo para lanzar desde home a segunda base.

Todos esas habilidades fueron practicadas con esmero por Héctor. Al principio no quería entrenar (el quería ser short stop), pero alguién lo convenció de hacerlo. En mi opinión, lo que mejor que llegó a dominar, fué el arte de erguirse de la incómoda posición propia de un catcher cuál resorte y botar la careta al suelo con decisión y galantería para fildear un foul. Si no atrapaba la pelota no importaba. Lo importante era esa seguridad masculina al arrojar la careta para impresionar a las damisela del público. Eso era lo que pensábamos, pero como no había damiselas en el público (bueno acepto que ni siquiera había público) ese ademán era mas valioso aún; nos daría no solo la motivación si no también la filosofía del juego. Era como el proverbio zen aquél: Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie para escucharlo ¿hace ruido?

En ese trance meditativo saltamos al diamante para batirnos al límite. Hubo de todo: robos de base, ponches, home runs, barridas, toques de bola, double play, pisa y corre…creo que hasta un balk le marcaron al lanzador de mi equipo. A final de cuentas, Héctor no sólo botó la careta, si no también el peto junto con los otros aditamentos y se fué a jugar a las paradas cortas, su posición natural, dónde hizo varias jugadas importantes. El inusual relevo de receptor (generalmente los lanzadores son relevados, no los receptores) fué hecho magistralmente por Pepino. Ciertamente el peto y las espinilleras le ajustaban mejor. Su buen mascoteo controló varios wild pitches de nuestro lanzador, y sobre todo no dejaba caer a doña blanca, la de las 108 costuras, después de arrojar la careta con clase fildeando un foul.

Es indiscutible el talento beisbolístico de Toño, no obstante la jugada genial, la jugada maestra que marcó la diferencia en la serie, la hizó como manager: Para la posición detrás de home reclutó al enoooorme señor Mora. Él era el único, que jugaba en una liga de verdad, era catcher de verdad y ¡hasta tenía una mascota de verdad! Casi 20 años después, todavía sigue en discusión si fué cachirul o no, por ello la victoria no ha sido homologada.

En los juegos de beisbol es el pitcher quién gana o pierde los partidos. Parado en el centro del diamante tiene toda la atención sobre sí. Las cámaras de televisión hacen acercamientos a su rostro antes de cada lanzamiento. Es el héroe o el villano y sobre todo, los corazones de las mujeres laten por él.

Entonces ¿quién fué el pitcher de mi equipo? ¿quién cargó con la derrota? ¿por quién se supone deberían latir los corazones de las damiselas?

Por favor no me lo pregunten.

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