Archive for the 'Historias' Category


Roland

Posted by sudranoel on 25th November 2008

El vigía y guardián de la ciudad de Bremen con la mirada en un blanco meditativo me recibió cordialmente. Desde hace años lo había querido visitar, siendo hasta este verano que me presenté ante él para reverenciarlo. Decidí hacerlo mientras visitaba aquél otro Roland en Eschborn, justo a las afueras de Frankurt.

Roland es un gigante, pero ni rígido ni mucho menos de piedra, aunque me llevó tiempo el reconocerlo. La primera vez que nos vimos a los ojos me fulminó con una mirada de roca incandescente por interrumpir con mis incontrolables tosidos una clase de “opto electrónica”, en la cuál sólo estábamos media docena de estudiantes. “Eso me pasa por venir a clase con un resfriado” me llegué a reprochar.

Mas adelante en ese semestre, esta vez en “teoría de semiconductores”, otra clase con baja audiencia pero altamente interesante, vistamos juntos el laboratorio de semiconductores de la Universidad. Al salir de la cámara limpia y quitarnos los trajes especiales, cruzamos palabra por primera vez, y acordamos ir a almorzar juntos.

En esa conversación nos dimos cuenta que no sólo compartíamos el interés por las materias exóticas, si no también otras tantas cosas como el jazz y el deporte, particularmente el ciclismo. Así empezamos a ir a conciertos de jazz juntos, luego comenzamos a salir a hacer recorridos en bicicleta, pero lo que nos unió definitivamente, fue cuando se inscribió a un curso de español.

De pronto le llegó el momento de hacer prácticas en el extranjero, y me pidió que le ayudara a encontrar un puesto en México. Lamentablemente en ese periodo, mi red de contactos no funcioné muy bien, y me fue imposible encontrar algo. No obstante, Roland, que estaba convencido de pasar un tiempo en un país de habla española, ya tenía el “plan B” en marcha. Había sido aceptado en un empresa en Chile.

Así se fue a Valdivia un día como estudiante. Después de un tiempo llegó incluso a ser profesor en la Universidad. Tras varios años bajo la cruz del sur, ha vuelto a Alemania, pero ya casado, y con dos hijos. Quiero pensar que tuvo nostalgia por que alguien tosía en sus clases.

Esa es la historia del gigante Roland.

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En un mercado medieval

Posted by sudranoel on 27th September 2008

Que las noches sean ya mas largas que los días dan testimonio que el verano nos dejó. He aquí pues una de sus coloridas estampas:

Una tarde de verano en un mercado medieval. La brisa anuncia lluvia. Nos refugiamos en un moka con cardamomo al puro estilo árabe al pie del palacete de Brunswick. La misma brisa trae hasta nuestro lado a unos músicos quienes tocan las cántigas de Santa María dispersas entre otras trovas medievales, animan no sólo a quienes simpre hemos apreciado aquellas, si no a todo el público en general: gente mayor, niños ……y ¡chicas tecno!

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De como Alioth conoce a Nihao

Posted by sudranoel on 6th July 2008

“¿Debo ir?” Me preguntaba incesantemente. La inmovilidad de mi madre a causa de la artritis, el reciente deceso de su hermana Celia y la ruptura con mi entonces novia me reprimían para concretar el sueño de “ir a la tierra del poeta”.

Siendo un niño de 10 años, descubrí entre los discos de mi padre una grabación de la novena sinfonía de Beethoven. Antes siquiera de escuchar la música y rendirme subyugado de por vida, mi primer contacto con la cultura alemana fue el texto de la “Oda a la Alegría”. Ese lenguaje críptico me fascinó. Intuía un deleite estético ahí cifrado, por ello decidí firmemente aprender ese idioma.

Unos 15 años después a través de mi tía Celia dí con el Instituto Goethe en la ciudad de México. Durante esos años desde mi primer encuentro con Schilller había hallado personajes alemanes sobresalientes en prácticamente todas las áreas del quehacer humano. “¿Por qué razón hay tantas personalidades en Alemania?, debe haber algo especial allá” pensaba e imaginaba un coro de poetas, matemáticos, físicos, músicos, filósofos y pintores invitándome a pasar un tiempo en Alemania para averiguarlo.

Cinco años trabajé para financiarme un posgrado en Alemania, al tiempo que aprendía el idioma, empero llegado el momento decisivo dudaba efectuar el viaje debido a la funesta situación personal.

Solía conversar con Jürgen, alemán radicado en México que anteriormente lo hiciera en China. Sabiendo que muchos compañeros del posgrado provendrían de aquél lejano país, le pedí me enseñara algunas palabras en mandarín. “Una palabra basta”, dijo levantando su mano en gesto de saludo y de sus labios brotó “Ni-hao”.

En el curso de alemán, Miguel expondría la historia del milenario I-ching, empleando la edición traducida por Richard Wilhelm. Al finalizar invitaría al auditorio a consultar al oráculo. No desaproveché esa oportunidad para plantear mi gran interrogante dejando caer tres monedas perforadas sobre la mesa. De los hexagramas emergió una contundente respuesta: “Es propicio brincar sobre las grandes aguas.”

Seguí el consejo. Aquella mañana en Stuttgart encontré el periódico en mi buzón si estar suscrito. Lo tomé sorprendido. Un artículo refería un portal de contactos personales en internet al cuál me afilié con el pretexto de practicar alemán. Días más tarde flotó en el monitor ante mis ojos el seudónimo de una mujer: Ni-hao.

Esas casualidades cerraron la distancia que me separaba de la mujer de mi vida.

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Una reunión genial

Posted by sudranoel on 25th May 2008

La dos de la tarde de un jueves soleado. Es la hora de la reunión del equipo de diseño. Llego puntual a la sala de juntas “Gauss” que está desierta prácticamente. Tan sólo un puñado de sillas están ocupadas. Franz, de pié frente al atril y con la presentación ya lista, bromea con los presentes.

Tomo mi lugar junto a la ventana a través de la cuál observo el cielo azul intenso impregnado por un sol radiante. Pasa por mi mente un viejo recuerdo; Al llegar a Alemania hace 8 años, durante los primeros días soleados de la temporada, me sorprendía que todas las personas querían tomar café en las terrazas, o andar en bicicleta, o simplemente tenderse al sol sobre el césped. Alguien me preguntó alguna vez mientras me quedaba solo en la sala de computadoras: “El sol brilla, ¿por qué no sales a disfrutarlo?”. Yo no veía nada de especial en ello. “Ese es justamente el trabajo del sol y la cosa mas normal del mundo” pensaba. Tuve que pasar el primer invierno para descubrir mi gran error. “Ni hablar”, me digo “tenemos que pasar la siguiente hora de nuestras vidas en esta aula hablando del status de nuestro proyecto”.

A las dos con cinco minutos nadie mas ha llegado. Es algo inusual. Franz pergunta: “¿Dónde están los demás?” . Alguien responde: “Tal vez en Okercabana comiendo un helado”. Okercabana es la playa artificial al lado del Oker, ubicada en el parque de la ciudad, a unos pasos de nuestras oficinas. Al pronunciarse en alemán, se escucha algo así como “Okacabana”, aludiendo a la plaza de Río, Copacabana. Bien pudo haberse llamado “Okapulco”.
Franz voltea a ver el primer folio de su presentación y dice: “Bueno, vamos a cancelar la reunión. ¡Los invito un helado!”.

Nadie contradijo al jefe. Cruzamos el parque en caravana. Quién nos haya visto pudo haber pensado que se trataba de un equipo de baloncesto, con cuatros integrantes por encima de los 2 metros. Ya en el paraíso por un camino de madera llegamos a pedir nuestros helados, para luego hundir los pies en la blanca arena y finalmente tendernos en los camastros. Por alguna misteriosa razón estaban todos los miembros del equipo, ahí sí. La escena era genial por reunir a todos esos sesudos ingenieros de diseño, verlos relajarse y refrescarse con la brisa del Oker y las notas de acid jazz. Durante esa hora al sol sobre la arena blanca no se contaminó el aire puro con palabras sobre el trabajo. Solamente chistes, bromas y anécdotas animaban la conversación. Faltó poco para que ordenáramos la primera cerveza después del helado. Así pues, esa tentación hizo que el regreso al trabajo, ya de por sí difícil, fuera una labor de titanes. Pero con todo profesionalismo, a las tres de la tarde todos estábamos de regreso en nuestros lugares, cumpliendo así la proeza.

Okercabana

Pero habría revancha. Una vez terminada la jornada laboral, dos colegas pasaron por mí para saldar esa afrenta con las espumosas.

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Cultivo una rosa blanca

Posted by sudranoel on 19th November 2007

Una trade de domingo en la bañera. Tengo en mis manos un ejemplar de “El arte de la fuga” de Sergio Pitol, y lo degusto junto con un Bordeaux Haut Médoc. No hay mejor forma de separarse del mundo y de reponerse de la intensa semana. La escena que protagonizo ahora, con el libro y la copa de vino al lado, la había tenido ya hace un par de semanas en una librería, cuando el título de la obra de Pitol, más que saltar ante mis ojos, sedujo desde el anaquél mis oídos al recrear cánones y fugas de la obra homónima de Bach. Skonja reconoció de inmediato el gran aprecio que ya le había tomado, mientras lo hojeaba, y me lo obsequió el día de mi cumpleaños, junto con otro de Paul Auster “Travels in the Scriptorium” que me acompaña por lo pronto cuando voy al sauna. Ha sido un acierto contundente.

A menudo suele ser más significativa la historia del un libro cómo objeto que la historia, o historias que relata. ¿Acaso no todas las historias de los libros podrían dar pié a nuevos volúmnes? Así mismo todas las botellas de vino contienen historias que se decantan en nuestras vidas, y a su vez esas historias pedirán ser escritas, bebidas y degustadas. Esa escena en la bañera es pues el principio de un perpetuum mobile.

Leo y bebo despacio. Aspiro las historias e imágenes. Me siento inmerso en la trama, que no es otra cosa que la historia de su vida. Me identifico con su alma peregrina, la necesidad fisiológica de viajar, descubrir, vivir y el fuerte anhelo por devorar el mundo, pero también el imperativo de sentarse a contemplarlo y escribir por dar testimonio a la eterna mutación de la vida. El arsenal cultural que despliega me remite repetidamente a librerías para proveerme de Joyce, Conrad, James, o a libros ya leídos. Todas esas voces armonizan en punctum contra punctum. Redescubro personajes que creía conocer desde hace tiempo, cómo a Thomas Mann, Borges o Cortázar. Antes de que el narrador llegue a hacer referencia y tributo a sus maestros, una voz dentro de mí ya me preguntaba desde cuándo estoy familiarizado con los personajes y las obras citadas. En el momento en que la palabra “maestro” aparece sobre el papel, emerge del agua la respuesta a mi voz interior: los conozco gracias a mi maestro Rodrigo Giles.

El profesor Giles me dió clases de español, que eran cursos de literatura española y latinoamericana, en la escuela secundaria. Era el profesor titular de nuestro grupo, tercero “B”. Su espeso bigote caído y afilado en las puntas, le daba un cierto aire a Günther Grass, aunque de figura más esbelta. Entraba en las mañanas con su andar parsimonioso a nuestro salón. Sin decir nada tomaba una caja de gises de colores y dibujaba en el pizarrón letras diversas, rostros de personajes y objetos por 10 o 15 minutos. Esa obra en la que invertía gran empeño, pero sobre todo corazón, era un retrato, una alusión, o el título mismo del tema de la clase. Al terminar la obra, rompía él su silencio y empezaba a darnos santo y seña de los personajes. Su obra, que era una especie de mandala, no sólo por el silencio meditativo con que era ejecutada, si no por que a final de la clase tenía que ser borrada para ceder su lugar en el pizarrón al conocimiento abstracto, y por lo regular no tan colorido, de la trigonometría y otros menesteres. En ocasiones algunos maestros de las clases subsecuentes no se atrevían a cumplir la sentencia e indultaban la obra por el tiempo que duraría su clase. Así que cuando escucho los nombres de Miguel de Unamuno, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Benito Pérez Galdós, Leandro Fernández de Moratín, Pío Baroja o León Felipe, brotan frente a mis ojos los colores que los bañaban cuándo los ví escritos o retratados en el pizarrón por primera vez.

No estoy seguro si a través de él tuve el primer contacto con los escritores mexicanos como Carlos Fuentes, Juan Rulfo u Octavio Paz. Muy probablemente así fué, pero no los afiancé en el subconsiente si no hasta un par de años más tarde en el curso de literatura mexicana impartido en la preparatoria por Laura Marta, otra maestra que recuerdo con gran aprecio. Al profesor Giles lo relaciono más con la literatura española, y latinoamericana (aunque tampoco recuerdo haber escuchado de él los nombres de Borges o Cortázar). Nos presentaba con gran soltura el siglo de oro español, la generación del 98 o la de el 27. A propósito de ésta última, recuerdo que narraba con gran solemnidad el haber leído un poema durante las exequias del poeta español León Felipe en la ciudad de México. Nunca olvidaré esa voz entrecortada por la tristeza y el orgullo.

Era sin duda una persona muy creativa. Para el día de muertos solía hacer adaptaciones a los versos del Don Juan Tenorio, con los sucesos escolares cotidianos, haciendo ver en una humorística vestimenta de gala, las situaciones mas banales. El climax de ese celebración era sin lugar a dudas las calaveras, esos pícaros versos mexicanos humorísticos, que desacatan la autoridad escatológica de la muerte, personificándola y haciéndola partícipe en historias dónde hasta incluso puede resultar embaucada por el vivaz aquél a quién la clavera le ha sido dedicada. Esos versos eran escritos para los otros profesores con gran agudeza y genialidad. Al ser leídos maestros, alumnos y directores nos desternillábamos de risa.

La primera rima que aprendí con él, sin ser alusión literaria alguna, tenía un principio chusco y un resabio moralizante. Por suerte (sólo) recuerdo la primera estrofa:

Clemente le dijo a Alejo:
camarada, para reir te aconsejo
que al sombrero de aquél viejo
le tires una pedrada

Ese fué el punto de partida para leer y memorizar varios poemas. Algunos los recitaríamos individualmente, y con otros haríamos lo propio en grupo. Bajo éste último rubro, ensayamos y presentamos a dos voces si no mal recuerdo (hombres y mujeres) el poemá Sensemayá de Nicolás Guillén. De inmediato le tomé enorme apreció al poema por dos razones: lo vinculé con la pieza homónima de Silvestre Revueltas, y a su vez, la poesía coral en sí, me pareció la versión poética del muralismo pictórico, por su magnificencia, sus escalas titánicas y su esplendor.

Sin duda el poema que más relaciono con el profesor Giles, y que me ha acompañado por diversas etapas de la vida es “Cultivo una rosa blanca” de José Martí. un verdadero himno de hermandad, que bien pudiera ser un mantra budista. Me permito citarlo:

Cultivo una rosa blanca,
en junio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo una rosa blanca.

El profesor Giles fué quién en alguna ocasión me bautizó como “el monje”, no sólo por mis votos de celibato de aquél entonces (que decir que yo no era el único), si no, y mas bien, por ser muy callado en sus clases. Viéndolo en retrospectiva, era debido a qué encontraba muy interesantes los temas, y su forma de presentarlos. Sin llegar a ser sobresaliente en sus cursos ni mucho menos, siempre hacía mis deberes con entusiasmo, aunque en ese entonces no leía tanto, como se esperaba de nosotros. Si bien no cubrí todas las lecturas obligatorias durante aquél periodo escolar, las completé por gusto y voluntad propia en las vacaciones, y no han dejado de darme pautas para explorar los mares literarios. Son como muelles donde poder atracar para reabastecerse y luego volver a zarpar con otros derroteros.

Un buen día el profesor Giles y yo rompimos lanzas, a causa de una personificación de Benito Juárez, que él me había encomendado para conmemorar su natalicio el 21 de Marzo (tema en contrapunto: Bach nació también el mismo día), a lo que me negué rotundamente. Primero; no me preguntó si quería, y segundo; alguién me metío en la cabeza que de hacerlo, ciertos compañeros se burlarían de mi por el resto de la eternidad. Algo había de cierto, ya que no me había seleccionado por mi engagement político, si no por mi tez morena, y al ser el único en el grupo con ese color de tez, parecía que no tuviese elección. Pero ¿por qué razón aquellos mequetrefes harían mofa de mí? En ese momento me percaté por primera vez del racismo al indígena que existe en México, especialmente dentro de una escuela particular. Así pues mis principios de rebeldía adolescentes me dictaron oponerme a ello. Por un momento fuí amenazado con medidas disciplinarias extremas, como ser reprobado en el curso, pero cuál humanista cabal que es, después de unos días de tensión rectificó la injusticia y acepto mi decisión, dado que borrar el racismo de un plumazo no era posible. Pocas veces aprendiz y lector aprenden una lección de la vida simultáneamente. Al hacerlo el segundo deja de ser sólo un modelo y muestra al primero su lado humano. Una razón para apreciarlo más.

Lo más valioso es que mostró ser congruente con su enseñanza de cultivar una rosa blanca.

Hará unos diez años lo encontré por casualidad en la calle. Me reconoció de inmediato, aunque dudo que recordara mi nombre. Conversamos e intercambiamos teléfonos. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

Sus clases me hicieron ver la policromía del mundo y despertaron en mí el anhelo de conocerlo. Así un buen día hubo que soltar amarras para llegar hasta esta bañera.

Un caluroso saludo lleno de gratitud al profesor Giles dónde sea que se encuentre.

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Ritual de luz

Posted by sudranoel on 21st October 2007

Hier ist die deutsche Version.

Una reunión secreta. Una fiesta. Un ritual de luz.

Cuatro alquimistas son congregados. Cada uno ha recibido una contraseña que tendrán que usar para acceder al recinto. Están escritas en un lenguaje extraño. Comenzarán el ritual adorando al conejo en la luna (usagi tsuki no) y procederán a ensamblar las 4 contraseñas para formar el sortilegio del gran brujo Maxwell. Al hacerlo, se producirá una chispa refulgente iluminando la noche.

Tras conjurar a la luz como aliada, los alquimistas siguen con la ingestión de brebajes, la bacanal, la orgía y la catársis que mantienen la celebración levitando hasta en el último recoveco de la noche antes que el primer rayo de luz del amanecer disolviese el conciliábulo mágicamente. En ese momento se conviertió justo en lo que es ahora; tan sólo un recuerdo ingrávido.

En la víspera de conmemorar el día en que ví la luz por primera vez, encuentro ésta pieza arqueológica y me pregunto ¿no es acaso toda fiesta de cumpleaños un ritual de luz?

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Grecia en imágenes

Posted by sudranoel on 2nd September 2007

Después de pasar unos días en Grecia regreso muy repuesto. Antes de contar todo lo que hay por contar al respecto quiero presentar algunas de las imágenes del viaje como entremés.

Para ver las demás imágenes, hacer click en la foto anterior o aquí.

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Los cuatro forasteros

Posted by sudranoel on 24th July 2007

En un lugar de Baviera de cuyo nombre no quiero acordarme, cuatro forasteros buscaban dónde saciar su hambre feroz, tras 8 horas de actividades deportivas, durante las cuales habían comido sólo bananas, barras energéticas y potajes semejantes. Fué así que llegaron a la única pizzeria del minúsculo pueblo dónde se llevaba a cabo la competencia. Al entrar se percatan desilusionados de que todas las mesas a la vista se encuentran ocupadas o reservedas. Sin darse por vencidos, antes de dejar el local preguntan a la camarera por alguna mesa disponible. Ella mira el reloj, y los conduce a una mesa al fondo para cuatro personas. Enciende la vela, y retira el letrero de “reservado” que ahí se posaba.

Los cuatro forasteros procedentes de las capitales de los cuatro continentes esperaban ansiosos las cartas del menú. Después de una espera de quince minutos las recibieron. Amir, el de Theran, de inmediato sugirió pedir las bebidas, una vez que habían visto el retraso. Lo secundaron Mike el tres dedos de Colonia, y Sudranoel de México, D.F. Solamente Khaled, el de Estocolmo (que por razones inescrutables fungía como capital de Tunez), decidió esperar para ordenar. Craso error. El camarero no apareció con las bebidas si no hasta 45 minutos después. Pidieron entonces cada uno sendas pizzas para saciar su apetito voraz. El camarero les dijo que la pizza tardaría de 20 a 30 minutos y se evaporó.

La espera fué larga. Mientras conjeturaban sobre las causas de la tardanza, al mismo tiempo buscaban algo comestible a su alrrededor. Tal vez la mesa tenga alguna parte suave, pensaban. Khaled sugirió probar con sal y pimienta. Mientras tanto el tres dedos interceptó al camarero siciliano para pedirle una canasta de pan de pizza para apaciguar el hambre.

Pasaron otros cuarenta minutos. Entonces el camarero supuestamente apenado, se acercó a la mesa olvidada onde los forasteros esperaban para decirles que la pizza tenía un retraso y tardaría por lo menos otros 20 minutos. Era claro un eufemismo para decir: “he olvidaado su pizza y ahora mismo la meteré al horno”.

Estaban  hambrientos pero de buen talante. Por ello no se levantaron de la mesa en ese momento. Seguían haciendo bromas y reviviendo las experiencias del día cuando repentinamente algo inesperado sucedió: Una hora y media después de su llegada, arribó a su mesa una canasta de pan de pizza, pero no de manos del camarero, si no de los vecinos de mesa que se compadecieron de aquellos miserables. Al principio los forasteros rechazaron la oferta tratando de mostrar un cierto nivel de urbanidad. No obstante, el vecino, seguramente intranquilo por los ojos de aquellos fijos en la comida, no tuvo que insistir mucho para que aceptaran la canasta. El hambre es canija. En ese instante terminaron las conversaciones y volaron migajas por doquier. Al cabo de unos minutos la canasta estaba vacía. Recibieron entonces otra dotación recopilada por los mismos vecinos.

Los otros vecinos comíen sus pizzas inquietos bajo la mirada filosa cual escalpelo de los forasteros. Soportoban estoicos los chistes y bromas de éstos, por saber que habían llegado después y recibido sus platillos antes. Cuando estaban a punto de cubrir sus platos con las manos dadas las amenazantes miradas, sucedió el milagro: El camarero llegó con las pizzas para los forasteros. Tras unos breves minutos de burbujeo, los platos vacíos emulaban los restos de un cervatillo saliendo a flote tras haber caído a un río infestado de pirañas.

Khaled y el tres dedos hablaban en italiano con el camarero. Tras las negociaciones recibieron una grappa y un espresso para los 4 forasteros por cuenta de la casa. Al final obtuvo el siciliano una generosa propina en forma de chistes y bromas, que tuvo a bien aceptar, ya que era conciente de merecer en realidad sólo gritos e insultos.

Los forasteros encontraron a unos de sus contrincantes en la mesa que anteriormente estaba ocupada por aquellos caritativos sexagenarios que les habían dado las dos canastas con pan de pizza. Los reconocieron de inmediato. ¡Eran aquellos que los habían acribillado 7-0 en fútbol quitándoles el invicto! Se saludaron a la usanza con el servus bávaro. El tres dedos les preguntó en tono amigable qué lugar habían obtenido hasta ese momento. Todos respondieron a coro con una sonrisa socarrona: “En último”. Agregaron: “El único juego que pudimos ganar fué en fútbol contra ustedes, pero como lo disfrutamos”. Esa sentencia habia sido el postre de los forasteros.

Historia relacionada: La justa y el Jolgorio.

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II.Quattroball: La justa y el jolgorio

Posted by sudranoel on 10th July 2007

Las tiendas de campaña estaban ya en pié. Eran una alfombra multicolor sobre el verde de la pradera alrrededor del campo de la contienda, donde se erguían también las porterías de handball, que esperaban pacientemente ser el centro de atracción al día siguiente. Aún era más llamativa la urdidumbre de música, voces, cantos y olor a carne asada de los campamentos.

Hicimos una ronda de reconocimiento. Se hablaba con todo mundo sobre la competición. Todos querían tantear el terreno. A lo lejos una voz cantaba en ostinato. “¿De dónde vienen?”. La voz se acercaba. “Nosotros venimos de Braunschweig”. El tipo que canta parece que ha tomado demasiado. “Estamos en el grupo A y es la primera vez que participamos”. El tipo que pretende cantar (mas bien emite sonidos guturales) está muy cerca de nosotros. “Hay equipos que entrenan todo el año para éste torneo.”. Siento una mano sobre mi hombro y por el grito desafinado solamente puede ser aquél. Lo saludo y mágicamente deja de cantar para conversar con nosotros. Desde su primera palabra nos llega un tufo a cerveza que embriagaría a un búfalo salvaje. A pesar de ello el tipo podía conversar. “A nuestro equipo no le importa la competencia. Sólo estamos aquí por el jolgorio”, nos decía. “Sólo por curiosidad..” pregunté, “¿en que grupo está tu equipo?”. “En al A”, nos dijo. Nuestras miradas se iluminaron pensando que si el resto del equipo estaba en el mismo estado que ese jovenzuelo, teníamos un rival menos del cuál preocuparnos. “¿Cómo se llama tu equipo?”. Se irguió para responder con aire de orgullo “El reuma de Carlos”. Todos nos miramos conteniendo la risa. Alguien pregunta “¿quién es Carlos?”. El chico se encoje de hombros y sigue su camino. Apenas ha dado unos pasos y retoma sus cánticos. Ahora puedo entender lo que dice: “¡El reuma! ¡el reuma! ¡el reuma de Carlos!”.

La lluvia extingue los cantos y el fuego de los asadores. Con el fuego también se extingue la luz del día. Después de una cena de carbohidratos nos internamos en las tiendas de campaña y nos metemos en los sacos de dormir. Una de las tiendas tiene todavía lodo fresco del festival-Hurricane, (el festival de pop y rock mas grande de Europa) celebrado una semana antes en las cercanías de Hamburgo. Tal vez ello invocó la presencia de Thor esa noche, para que dejara caer su trueno y furia líquida sobre las frágiles tiendas. El golpeteo arrítmico de la tormenta sobre la lona era la única voz que se escuchaba en el campamento. Llovía a cantaros sin tregua. El agua escurría y me parece que buscaba frenéticamente como entrar sin conseguirlo. Encapullado en el tibio saco de dormir me maravillé de poder estar seco. Ese fué mi último pensamiento aquella noche en medio de la tormenta.

A la mañana siguiente nos encasquetamos las casacas azules que nos daban nombre y fuimos a ver el rol de juegos. ¿Contrá quién nos tocará jugar? ¿con qué deporte iniciaremos? “Blue men group vs El reuma de Carlos - Volleyball” . Gritamos de júbilo. Antes de desayunar nos encontramos con nuestros refuerzos de Munich: Sabine, Anja, Nina y Frank. Éste último hablaba muy bien español, con un acento sudamericano. De hecho lo daba por chileno. Sabine era su novia y la entrenadora de Handball de Anja y Nina, ambas educadoras de jardín de niños. Ahora estábamos completos. nos aguardaban ocho juegos ese día; dos por cada deporte.

Empezamos a tambor batiente. El juego inagural de Volleyball contra “El reuma de Carlos” fué ciertamente un jolgorio. Al terminar el partido nuestro azul se fundió con su naranja y bramamos su grito de batalla con vehemencia: “¡El reuma! ¡el reuma! ¡el reuma de Carlos!”

El siguiente juego era de baloncesto. Estaba pues en mi elemento, aunque sabía que encararíamos rivales fuertes. La región de Bamberg es basquetbolera de abolengo. Antes del salto inicial, los del otro equipo nos vieron hacia arriba y preguntaron: “¿cómo es que están tan grandotes?”. Teníamos un promedio de estatura decente, algo como 1.85 m. El silbatazo inicial desató la ráfaga sobre la duela. Ese juego también lo ganamos.

Llegaría para mí la hora de la verdad. Jugaríamos Handball. Antes de que me explicaran las reglas calentamos lanzando la pelotita. Al principio se me escurría de las manos, pero me acostumbré a ella rápidamente. Sabine esbozó la estrategia, y me incluyó en la alineación titular. Mi divisa era estirar los brazos en la defensa. Notamos que el equipo rival no contaba con mujeres, pero eso no alteró la alineación de Sabine con las dos pequeñas y dulces rubias dieciochoañeras al frente. Al lado de aquellos mastodontes eran unas muñequitas de aparador. El juego inició. A pesar de estar acostumbrado a los deportes rudos de contacto, como el football americano, mi recato basquetbolero me impedía mover los pivotes al avanzar y someter prácticamente a los atacantes. Por fortuna el ejemplo me lo dieron aquellas dos dulzuras que sobre el césped se transformaron en bestias iracundas de pelea. Se dejaban ir con enjundia y sin piedad sobre la línea defensora como arietes con catapulta. Nada de canciones infantiles. Nada de campanas de cristal sobre ellas. Al atacar sus ojos azules tendrían el rojo destello de Aldebarán y a su mirada temería el mismísimo Lucifer. La primera vez que me dieron el balón al ataqué, sorprendí a la defensa que esperaba me dejará ir de lleno, y a un escaso metro de dónde se encontraba su línea me impulsé con el brazo extendido superñe su línea, fustigué como látigo desde lo alto. El balón se le coló al portero entre las piernas. Ese fué nuestro primer gol en Handball, y el motivo de que le tomara gusto. Cada vez hacía el disparo mejor, sobre todo por que iba perfeccionando el gesto de sarraceno sanguinario. Nina y Anja anotaron muchos goles también. Ese juego lo ganamos por un gol.

Con un inicio bastante promisorio marchábamos invictos. Pero vendría el maldito fútbol donde nos han puesto un baile de antología. 7-0 fué el resultado final. La frustración por el resultado nos desconcetró de tal forma que perdimos el siguiente juego de volleyball por errores innecesarios. En otras condiciones hubiésemos ganado sin problema. Ganar en baloncesto nos alzó un poco la moral, pero enfrentamos un equipo de Handball que nos hizo volver a la realidad. Además vendría otra vez el tormento del futbol al final de la jornada: 6-0. Sin palabras.

En una pizzeria nos encontramos al primer equipo de fútbol que nos apaleó. Con acento bávaro nos dijeron que iban en último lugar. De hecho, ese juego de fútbol era el único que habían ganado hasta el momento. Incluso “el reuma de Carlos” estaba mejor clasificado que ellos. También nos hicieron saber, el otro equipo que nos ganó en futbol era nada menos que el campeón regional de futbol.

Clasificamos al grupo D para disputar estar entre los 50 mejores equipos, de un total de 100, al día siguiente. Estábamos de verdad aporreados después de 8 horas de deporte. Por cierto, nunca me había cambiado tantas veces de zapatos en un día; zapatos para jugar volleyball y handaball en el césped, zapatos con tachones para fútbol, zapatos para básquetbol sobre duela…

El domingo quedamos tablas en volleyball (ganamos uno y perdimos uno). Igualmente sucedió en handball. Un hecho sobresaliente fué que festejamos nuestro único gol anotado por Frank en fútbol como si hubiese sido el del campeonato. Además el último juego lo perdimos nada mas 2-0. ¡Por lo menos ya se escucha como marcador de fútbol! En basketball nuestra intención era mantener el invicto, pero tuvimos un deja vu a la inversa: Antes del salto inicial, vimos a los del otro equipo hacia arriba y les preguntamos: “¿cómo es que están tan grandotes?”. Tenían un promedio de estatura de 1.98 m. También quedamos tablas pues.

Después de otras 8 horas de deporte el domingo emprendimos el regreso a Braunschweig bastante mermados físicamente. Yo, que era el que sin duda en mejor estado físico se encontraba (no gemía al caminar), tenía una lesión en las extremidades por cada deporte, a excepción del Handball de donde milagrosamente había salido indemne. En el auto, cuando nadie hablaba ya por el cansancio, transmitieron por el radio el tema de Rocky. Esa fanfarría de trompetas a la usanza romana nos levanto la moral. La tarareamos a coro, reimos y nos hizo sentir victoriosos. Así perjuramos que regresaríamos el año entrante.

Historia relacionada:

I.Quatroball: Con Werner a Werneck

Nota al margen: Si algún lector quiere reforzar nuestro equipo para el próximo año (del 5 al 6 de julio del 2008) es cordialmente bienvenido. Aqui hay mas fotos del evento.

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I.Quattroball: Con Werner a Werneck

Posted by sudranoel on 7th July 2007

Werner conducía por el carril de la derecha. Habíamos conversado casi dos horas, lo que nos había dado tiempo para conocernos mejor. Nos aguardaban por lo menos otras tres horas de camino hasta Memmelsdorf. Durante esa pausa contemplaba la frondosa vegetación de Hessen. Repentinamente sentí que nos cargábamos demasiado a la derecha. Íbamos ya sobre el acotamiento cuando Werner rectificó el rumbo bruscamente. Con la misma brusquedad me volví hacia él. Ahí iba él, conduciendo y al mismo tiempo llevaba una hoja impresa de papel y un lápiz en la mano, corroborando y corrigiendo los resultados de su algoritmo para la asignación de árbitros a los partidos del Quattroball, que había escrito la madrugada anterior. Werner nació muy cerca de Memmelsdorf, el sitio de la justa y dónde ahora viven sus padres. Desde hace años él y su hermano Dieter son los principales organizadores del evento. Werner fué entonces el que nos alborotó a participar en el torneo. Él había trabajado demasiado en la firma durante las últimas semanas, por lo que prácticamente sólo le quedaban los tiempos muertos para organizar el Quattroball.

Para entender por qué Werner hacía ese tipo de cosas, es necesario conocerlo un poco más. Pareciera tener votos de pobreza cuál caballero templario, pero no, pobre no es. En realidad es que vive con lo estrictamente ncesario, gasta lo estrictamente necesario y viste lo estrictamente necesario. Es la única persona que conozco que en invierno, con temperaturas bajo cero, llega al trabajo en bicicleta vistiendo una camiseta de algodón, pantalones cortos, calcetines de lana y sandalias. No más. Si uso el adjetivo “austero” para describir su auto quedaré corto. Los artículos de lujo con que está equipado son un reproductor de cassettes y un radio de onda corta para comunicarse con su padre. A pesar de que es un hombre que contribuye a desarrollar la tecnología del futuro, su auto y su vestimenta carecen de modernidad, y pudiera pensarse que de alguna manera se han transportado desde los años setenta hasta nuestros días. Así es Werner, alguien que aprovecha todos sus recursos al máximo y si puede hacer dos cosas a la vez, seguro que las hará.

En contraste a la austeridad de su apariencia física está su gran intelecto. En el área técnica es de las mentes mas brillantes que conozco, y es además un tipo perfeccionista. Por si fuera poco tiene una gran seguridad sobre sí mismo que a veces raya en la arrogancia. Tal vez por ello siempre había optado por tratarlo con lejanía.
Durante el trayecto descubrí su faceta de buen conversador. Por suerte había dejado los resultados de su programa de lado, y conversaba conmigo. Háblamos de música, deporte, tecnología, y dese luego al pasar por Kassel, dónde se lleva a cabo la Documenta, la exposición de arte contemporáneo mas importante del mundo, disertamos sobre el papel del arte en nuestra sociedad. Ya en territorio bávaro y muy cerca de nuestro destino final, me llevó al poblado de Werneck para visitar el castillo de Werneck, obra del arquitecto Balthasar Neumann y pieza exquisita del arte barroco, transformado hoy en día en un hospital. Debo reconocer que no había visto jamás una obra de Neumann. Su nombre me era familiar por que su efigie estaba impresa en los viejos billetes de 50 marcos.

Llegamos a Memmelsdorf. Un pueblo de unos 3,000 habitantes, que una vez al año capta la atención de Alemania por el el tradiconal evento que se celebra desde 1986. Muchos equipos, como nosotros, vienen de puntos distantes y algunos hasta de otros paises. Encontramos sin problemas entre la multitud a nuestros compañeros de equipo el blue man group: Mike, Amir y Khaled. Después de cuadrar la logística Werner se despidió para continuar con la elaboración del rol de juegos.

Los campamentos se levantaban ágilmente entre el bullicio, aunque una tormenta se cernía sobre nuestras cabezas esa noche del viernes.

Fin de la primera parte.

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