Archive for the 'Historias' Category


Una gota antes del desbordamiento

Posted by sudranoel on 20th June 2007

Debo decir de entrada que no soy supersticioso. Lo quiero dejar en claro antes de explicar la siguiente teoría que para muchos será, sin lugar a dudas, una superstición: Todos los días, cuando me enfilo rumbo al trabajo, extrapolo cada uno de los pequeños acontecimientos para intentar imaginar como será mi día. Encontrar obstáculos en el camino simboliza que los toparé durante la jornada laboral. Por ejemplo, si no tengo que esperar a que cambien los semáforos, ni a que dejen de circular los autos, quiere decir que será un día sin obstáculos. Ver una liebre o una ardilla en el parque tiene una connotación positiva, algo así como que tendré una agradable sorpresa. Por otro lado, lo peor que me pueda pasar es que tenga que bajar los pies de los pedales de la bicicleta y quedar en alto total. Por eso siempre trato de mantenerme en movimiento, aunque sea en una dirección diferente de la que llevo.

Ayer, cuando iba en marcha al trabajo, un tranvía me bloqueó el paso y me ví obligado a frenar por completo. Asi pues, para evitar el tan temido toque de tierra, permanecí haciendo equilibrio circense en la bicicleta por un par de segundos. Justo en el momento en que pareciera desplomarme, el tranvía franqueó el paso, y tomé impulso con la inercia de la hasta entonces inminente caída. Mas adelante tuve que esperar unos instantes para poder rebasar a un señor en bicicleta, por que venían otros ciclistas en sentido opuesto. Por si fuera poco, en la última calle que tenía por cruzar, tuve que de plano bajar los pies y esperar a que pasara una larga caravana de vehículos ¡qué rabia! Mientras pensaba en mi teoría y trataba de imaginar lo que me deparaba la jornada después de encontrar tantos obstáculos, traté de convencerme que esa teoría era tan solo una superstición. “Tendrás un magnífico día” repetí en voz alta. El colofón de mi travesía fue el tener que buscar un lugar para aparcar la bicicleta por varios minutos. Cerrando el candado me ensucié las manos de grasa. ¡Qué clase de augurio!

En contraste el inicio de la semana había sido prometedor. El sistema que diseñamos (software y hardware) funcionó por primera vez en una configuración especial, convirtiéndose en algo único en su tipo. No existe pues ningún otro sistema sobre la tierra con esas características. Además ese acontecimiento coincidió con la visita de Steve Pawlowski, personaje emblemático de la firma y promotor del HPC (High Performance Computing). Se degustaba ya entonces una feliz oportunidad para hacer gala de los grandes avances alcanzados, pero …..

Entré al edificio con tranquilidad, todavía limpiándome la grasa de la bicicleta de las manos con una servilleta, mientras trataba de convencerme que lo que me sucedió en el camino no tenía relación alguna con lo que pasaría, y que el día sería magnífico. Había razones fundadas para que fuese así. Mi última contribución al sistema, el módulo Y, había sido alabado por todos los miembros del equipo al presentarlo un día antes. Sería entonces todo un placer poderlo mostrar personalmente a Steve.

En el pasillo me encontré a Elmar. Un día antes me había pedido que lo acompañara para hacer la presentación juntos, sobre todo por si hubiese preguntas sobre el módulo Y, y sería la primicia fuera de nuestro equipo del sistema. Sin decirme buenos días siquiera, sus primeras palabras, marinadas en un tono de angustia, fueron: “El módulo Y no funciona, ¿cambiaste algo?” en ese momento tuve la misma sensación que cuando el tranvía me bloqueó el paso.

Tragué saliva y desacredité sus palabras. Simplemente no era posible. Elmar no sólo había estado presente en el technical meeting, si no que el mismo había hecho varias piruetas de malabarista con el módulo Y para asegurar que funcionaba. Quzá sólo era algo que tuviese que ver con su entorno de trabajo, así que ya en mi escritorio probé el módulo en cuestión. Todo funcionaba exactamente como el día anterior. Por suerte no había perdido el equilibrio, y sin ningún tranvía cortándome el paso fuí con Elmar a que me mostrara la supuesta falla.

Elmar tenía razón. Su sistema había ejecutado mas de 4,000,000,000 ciclos de reloj y el módulo Y había dejado de funcionar misteriosamente. No uso corbata, pero de hacerlo me hubiera aflojado el nudo, y me dispuse a emprender una expedición de caza. El objetivo era erradicar el bug responsable del problema. Hoy en día, los errores en hardware o software son llamados de esa manera, por que en tiempos de las legendarias computadoras de bulbos como el ENIAC e incluso el UNIVAC, el calor que éstos desprendian atraía a los bugs (insectos), quienes al morir electrocutados causaban corto-circuitos y por ende fallas de funcionamiento en el sistema. Así pues, para corregir el comportamiento del sistema, había que encontrar y retirar los insectos. En la actualidad, ésta noble actividad es conocida como debugging.

Los últimos días los había consagrado a despiojar el mentado módulo Y, por ello me irritaba saber que algún insecto me hubiese pasado desapercibido y se columpiara en algún alambre, y tomando un cocktail se burlaba de mí. Para corregir la falla, tenía que correr simulaciones por algunas horas y luego alcanzar los 4 mil millones de ciclos de reloj en el sistema, todo ello antes de las 17:15 hrs, que sería el momento de la verdad. A las 17:10 encontré lo que parecía causar el problema, y ya sin tiempo para probar, registre los cambios, me puse la bata y salí corriendo para el laboratorio.

En el laboratorio estaban Elmar y Gregor muy tranquilos y relajados ya con todo el sistema en marcha. Gregor tenía una sonrisa de oreja a oreja que con sus mas de 2 metros de estatura lo convertía en un gigante bonachón. Elmar me informó que el módulo Y funcionaba de maravilla, y se rehusaron a escucharme. Por aquella máxima de “no compongas lo que todavía funciona” dejé de insistir. Después de 30 minutos de agonizante espera, llegó Steve escoltado por todos los directivos, entre ellos mi jefe, que querían presenciar la Premiere mundial. Steve tomo el palco de lujo. Con su excelente dicción y gran agilidad al hablar, Elmar presentó nuestro trabajo. Desde la charla que Steve había dado una hora antes, me había percatado que es un personaje poco expresivo. Por suerte la atención de todos se centraba en lo que hacía Elmar y nadie notó mi cara de angustia cuándo él presionó el botón que mostraba los resultados del módulo Y. ¡Ahí estaban! ¡No daba crédito! ¡Casí grito y empiezo a saltar de júbilo! Las expresiones de asombro y las palabras de felicitación para el equipo me contuvieron de hacerlo. Todos los directivos se agolparon sobre el monitor para ver los resultados y reverenciar el sistema. Minutos mas tarde el grupo había dejado el laboratorio. Solamente quedamos Elmar, yo y nuestra gran sonrisa de satisfacción. El jefe de mi jefe regresó al laboratorio para extendernos la mano y felicitarnos personalmente.

Ya en calma y sin presión hicimos otra prueba. ¡El módulo Y no funcionó! Sólo el pensar que eso pudo haber pasado durante la presentación nos provocó angustia de nuevo. Mas tarde encontré al insecto responsable del problema columpiándose muy campante, no en el módulo Y, si no en el módulo F. Ese engreído bellaco convertía una variable de 64 bits a otra de 32 bits y luego se la daba muy ufano al módulo Y como si fuera una de 64 bits. Así pues, al exceder el sistema el límite de 4,294,967,295 ciclos de reloj, dejaba de funcionar. Si hubiésemos hecho una prueba más antes de la presentación eso habría ocurrido y hubiese terminado todo en una penosa catástrofe.

¿Verdad que no es superstición mi teoría de los obstáculos?

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Carrera nocturna o de cómo llegué a ser Angela Schwarz

Posted by sudranoel on 16th June 2007

Una noche tibia de verano después de llover. La ciudad de Braunschweig ebulle de vida. Por todos lados hay corredores con números al pecho. Mujeres y hombres de todas las edades reunidos detrás de la línea de salida, esperan impacientes y nerviosos salir a galope. Bromean, cantan y ríen. Los mas ambiciosos tratan de colocarse al frente para salir disparados con el camino libre. Prefiero quedarme en el corazón de la multitud e imaginar historias y argumentos uniendo a todos esos personajes. Por ejemplo, a un extremo del pelotón se oye a una mujer girtar: “Johann !” El hombre frente a mi se vuelve y levanta la mano. La mujer se filtra por las porosidades de la mulchedumbre y justo frente a mi casi me lleva en el abrazo abrasante que prendió a Johann. Quizá es el reencuentro de un amor perdido, o eran tal vez amantes que en su beso de despedida pretendiendo ser amuleto para la carrera compartieron su intimidad aislándose de la multitud por el tiempo en que el efímero ósculo duró.

Un disparo al aire desata gritos de júbilo y aplausos, poniendo la masa en movimiento. Aunque uno no quisisera moverse, sería arrastrado por el gran caudal, en cuyo cauce los espectadores se degañotan con gritos de apoyo. La música de una orquesta de metales casi me arranca una lágrima de alegría por estar ahí, viviendo ese momento, si bien en realidad no soy yo el que está ahi metido. Es Angela Schwarz.

Angela corré al paso de sus compañeros de equipo y toma una paso de flotación. Veo por sus ojos, siento los latidos de su corazón, y sincronizo mi respirar al suyo. Sigo el ágil paso de Thorsten y Klaus entre intrincadas callejuelas mediavales. De ser yo no tendría ninguna posibilidad. Tan sólo he trotado una sóla vez este año. Por suerte somos ella, quién de seguro ha entrenado y se ha preparado bien. Entre la multitud escucho que gritan mi nombre varias veces. Alcanzo a reconocer algunos rostros, pero a menudo solo escucho las voces gritando mi nombre y arengándome en español a mantener el paso. Correspondo agitando la mano en todo lo alto. Pero todos se equivocan. No soy yo, soy Angela Schwarz.

El sprint final es definitorio para que Angela obtenga un magnífico resultado: 5ª lugar de su categoría, 8ª lugar del equipo (de 24 integrantes), y 13ª de todas las mujeres. Cruzando la meta he dejado de ser ella. Ahora puedo sentir la lluvia refrescante en mi porpia piel. Mi segundo trote del año ha terminado.

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¿Qué son las despedidas?

Posted by sudranoel on 28th May 2007

Despedirse es algo normal. Es tan normal como encotrar personas, siendo una parte inmanente de ello. Lo hacemos todos los días. A veces nos despedimos sabiendo que el nuevo encuentro será pronto, y aveces lo hacemos con incertidumbre de que ocurra, lo que conlleva un dolor intrínseco. Si no existe un vínculo con la persona, despedirse no tiene importancia alguna, pero ¿qué sucede cuándo ese vínculo existe?

La semana pasada fué de despedidas concientes e inconcientes. Primero Hendrick nos dejó. Así pues, la orden secreta de la C.S. en el trabajo ha perdido un miembro. Un taiwanés, un marroquí y un mexicano tendrán que continuar solos en su misión de resguardar grandes arcanos. Después que Démeter nos dejó para irse a La Haya, y Andreas hiciera lo propio rumbo a München, Hendrik había venido a ocupar su sitio. Trajo mucho dinamismo por ser el miembro más jovén. De ojos vivaces y muy risueño para ser alemán, siempre viste con un toque de clase. Su rito iniciático cimbró los fundamentos de la C.S. No conoció a sus predecesores, quiénes le resultaban seres legendarios al escuchar las historas épicas sobre ellos. Ahora él mismo se enfundará en un mito para quién merezca ocupar su sitio. No abandona la compañía, si no se traslada a dónde está la mera mata, al corazón del Sillicon Valley. Fuera de la C.S. Hendrick y yo nos encontrábamos sobre la duela para jugar squash y protagonizábamos batallas encarnizadas. Juventud vs experiencia. Dadas mis prerrogativas de haber sido fundador de la C.S., he recibido su membresía a su otrora gimnasio como tributo y ritual de despedida, que por cierto tiene una vista espectacular de la ciudad antigua, mientras uno se relaja después del sauna. Frente a ese gimnasio fue que nos depedimos.

El jueves Adamou llegó a despedirse de mí. Termina sus prácticas oficialmente el 31 de mayo y ya tiene un contrato a partir del primero de junio en Augsburg, la tierra natal de Bertolt Brecht. Tuve el privilegio de ser su tutor. Generamos una sinergia que rindió frutos. Indudablemente los dos aprendimos mucho el uno del otro. Hace una semana los del trabajo jugamos futbol contra MDM (no confundir por favor con AMD). Perdimos en el último minuto. Después del juego me encontraba furioso, mas que por el resultado, por la forma en que jugamos, y particularmente en que yo jugué. Mientras todos tomaban cerveza en el centro del campo, me aislé sentándome sobre el césped lejos de la muchedumbre luciendo en la faz mi característica mirada de asesino a manera de muralla. El único que no respetó esa muralla fué Adamou. Con una gran naturalidad se me acercó y se sentó a mi lado. Hablamos un poco sobre el juego. Manchas negras de tierra y verdes de pasto decoraban su hacía poco blanco e inmaculado uniforme como insignias de combate. ¿Quién si no él merecía haber sido condecorado ese día? Él fué un baluarte en la defensa y sin duda quién mas territorio había cubierto. De no haber sido por él no hubiera sido necesario esperar al último minuto para decidir el juego. Sentado como un niño y con una brizna de pasto entre sus manos, me contaba que en Camerún, su tierra natal, existen más de 200 lenguas y dialectos, por lo que al encontrarse con otro camerunés, tienen que hablar en francés, ya que la probabilidad que sus lenguas sean las mismas es casi nula. Con una amplia sonrisa, y sin separar su mirada de la brizna en sus manos, luego me contó que el primer lugar remoto sobre la tierra que escuchó nombrar fué México, durante el campeonato mundial en el 86 ¿dónde estará México? se preguntaba él. En ese momento se encontraron nuestras miradas y sonreímos, de la misma forma en que ocurrió el jueves al estrechar las manos afectuosamente para despedirnos en mi oficina.

La tercera y última despedida de la semana se dió en un sueño. Me encontraba en un festejo al aire libre. Había música y la gente bailaba. A lo lejos distinguí entre la multitud a Niklas que bailaba alegremente con Wiebke. En el mundo real perdí misteriosamente el contacto con ambos hace un año. Niklas había regresado de México y me había traído una botella de tequila. Compartimos unos tragos entre historias diversas y nos despedimos como siempre, con la esperanza de reencontrarnos pronto, sin embargo parece ser qu fué para siempre. Ha sido la última vez que los vi en persona. A la postre me enteré que se habían mudado a Berlín sin decir palabra. Desconozco su motivación, y ciertamente me causó un gran dolor. De vuelta al sueño. Por alguna razón tenía que pasar entre la multitud cerca de ellos, pero no quería encontrar su miradas. De Wiebke sólo intuí su presencia, pero a mi paso frente a ellos alcancé a ver un rostro radiante de Niklas con el rabillo del ojo. Cuando pensaba haberlos dejado atrás, sentí una mano sobre mi hombro. Al volverme Niklas me abrazó con una franca sonrisa. Era sin duda la despedida que faltaba. Ahora me siento mucho mas tranquilo.

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Una noche borrascosa en Berín.

Posted by sudranoel on 23rd May 2007

¿Estamos muy lejos? pregunto. El viento me responde al arrancarle el mapa de las manos estrellándomelo en la cara. Buscamos refugio bajo un puente cerca de Alexander-Platz. Ella examina el mapa mientras trata de alisarlo, pero no encuentra la calle. Harta de detener el mapa con fuerza, anuncia: “voy a preguntar en éste café” y desaprece en un santiamén dejándome a la intemperie con el mapa arrugado en la mano. Con el inconfundible palacio municipal rojo y la descomunal estatura de la torre de televisión a nuestras espaldas logro ubicar nuestra posición e identifico la dierección en que debiéramos hacernos a la marcha. Ella sale del café y desde la puerte corrobora con su pulgar el rumbo.

Nos enfilamos hacia nuestro destino. A unos metros de haber abandonado el puente, empieza a llover. Abrimos los paraguas. Ahora es mas difícil ver el mapa, por que cada uno lleva en una mano el paraguas y en la otra su maleta. Por si fuera poco, caminar con el paraguas abierto en contra del viento es extremadamente difícil. Me parecía que por cada paso que avanzaba retrocedía dos. Vacilo por un instante. Me doy la vuelta señalando mi intención de regresar bajo el puente. Ella asiente con la cabeza. En ese momento el viento cambia de dirección. Así pues, en el intento de retornar al refugio fué que llegamos a la puerta del hotel que buscábamos. Pareciera que alguna fuerza sobrenatural nos usaba para entretenerse. Al cerrar el paraguas justo antes de dar el paso para cruzar la puerta, la última ráfaga lo volteó con furia, y me llevó de regreso a la tormenta. Luché para ponerme en contra del viento y así lograr que el paraguas retomara su forma. Por fin logramos cruzar el umbral de la puerta sanos y salvos. Escurro el paraguas y me percató que él no había conseguido llegar incólume.

Nos presentamos frente a la recepcionista empapados y con los cabellos revueltos. Como si nuestra apariencia no le inmutase en lo mas mínimo nos dice:”Buenas noches. Bienvenidos al hotel Norecuerdoelnombre. ¿Qué puedo hacer por ustedes?” Mi compañera le responde con gran tranquilidad: “Tenemos una habitación reservada a nombre de K. y A.” Un gesto de incredulidad invade su rostro. Revisa en el sistema y dice: “¡Ah! la suite en el último piso” y nos entrega la llave sonriendo. Ahora los incrédulos éramos nosotros. De pronto os vientos nos eran propicios ¿cómo habíamos logrado tener una suite prácticamente en un penthouse? ¿era acaso la recepcionista la mismísima fortuna imperatrix mundi que ahora nos sonreía?

Abrimos la puerta de la suite como si se tratara de la cámara de un tesoro. Quedamos deslumbrados al encender la luz y descubrir que había aún varias puertas por abrir. Al tiempo que abrimos una a una cada puerta iba creciendo nuestra sorpresa. Un recibidor, una sala de estar, una cocina, un cuarto de baño con jacuzzi, y una amplísima recámara. Elevamos pues los brazos al cielo para rendir tributo a la generosidad de la vida y nos abrazamos eufóricos. ¡Qué fin de semana nos espera!

La cama está impecablemente tendida. Sobre el escritorio había bebidas y bolsas con botanas. “Deben ser parte del servi-bar, y las dejan ahí como olvidadas para que casi sin querer las consumas” expliqué. Después de escrutinar visualmente el amplio territoro con lentitud, nuestros ojos descubrieron dos maletas. En un lugar así, y dada nuestra buena fortuna, sólo podían ser cofres de tesoro. Seguramente estaría repletos de doblones españoles. Pero no lo estaban. Tenían ropa. Mi mente trató de buscar una explicación: siendo la habitación tan amplía, seguro que el último huésped las olvidó. Mas me tardé en elaborar que en deshecahr mi conjetura, por que esa y la ropa que encontramos en el armario era sin duda el equipaje de alguién que andaba de vacaiones en Europa por lo menos dos semanas.

Llamamos a la recepción. Igual que nosotros no lo podían creer. Simplemente no era posible, no había nadie registrado en el sistema. Nos preguntaron si las maletas tenían algún nombre o dirección. Efectivamente había una tarjeta con los datos: Ricardo Iglesias, México.

¿Estaba Ricardo en nuestro cuarto? ¿o nosotros en el suyo? No lo puedo decir. Tampoco el personal del hotel podía. Terminaron por cambiarnos de habitación; primero a una mas pequeña pero con un insoportoble hedor a gato, y tras nuestra reclamación terminamos en una similar a la primera pero no en el penthouse, si no 5 pisos abajo de dónde pernoctaba Ricardo.
Así fué como casi conozco a un compatriota a miles de kilómetros de México.

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Desde 1429

Posted by sudranoel on 6th May 2007

Hace varios ayeres era siempre todo un gran acontecimiento ir a visitar a mi tía María Luisa en su trabajo. No recuerdo exactamente de qué área ella era responsable, pero siendo ingeniera química seguramente controlaba alguna parte del proceso de producción de las “chaparritas el naranjo”. Tratábase pues de un refresco sin gas muy popular entre los niños de aquél entonces que era embotellado en un pequeño envase. De ahí el nombre de chaparritas. Lllegábamos a buscarla entre los matraces, probetas y otros tarantines de laboratorio, y luego nos conducía por toda la fábrica explicándonos el proceso. El recorrido terminaba invariablemente en una bacanal de azúcar pintada. Probábamos todas la variantes y frecuentemente llevábamos una o dos cajas a casa.

Esos fueron los únicos excesos que tuve durante los primeros 10 años de mi vida. Luego vinieron 18 años vida monástica consagrados al estudio y al deporte. Ni a través de burlas ni de recomendaciones ninguno de mis amigos pudo convencerme de probar el alcohol. No obstante, me reblandecí cuando por primera vez vine a Europa, concretamente a Austria. Traía en mis alforjas una botella de vino mezcal, mejor conocido como tequila, como obsequio para mis anfitriones. Por un momento me sentí muy incómodo por llevar un producto que no era capaz de probar yo mismo. Queriendo a la vez obsequiarles el gusto de beber tequila original con un mexicano original, no decliné su invitación para acompañarlos, y le dí fondo al caballito frente a mí. Al año siguiente conocí a una alemana quién me sedujo para degustar por primera vez el espumoso néctar de la cerveza. No detallaré ahora la forma en que lo hizo.

Los tiempos cambian. El tequila, y la cerveza han confluído en mi experiencia hasta llegar al mes pasado, periodo en el que he presenciado in situ sus procesos de fabricación, como alguna vez lo hice con las chaparritas.

Sin duda alguna la cerveza es parte de Alemania. Suele ser un lubricante para la rígida y oxidada forma de socializar. Tal vez por ello es un gran objeto de culto y tradición. Precisamente a manera de evento de socialización con los colegas del trabajo, visité recientemente una cervecería en Wittingen. Aunque ya no pertenezo al equipo que pretendía estrechar los nexos de sus colaboradores, recibí la invitación. A si mismo mi actual jefe estuvo de acuerdo en que asistiera asi que un día libre en una cervecería ¿a quién le dan pan que llore?

Desde el momento en que bajamos del tren es de notarse el manto aromático de cerveza que cubre Wittingen. Me transportó al paso por el puente de Marina Naciona frente a la fábrica de grupo Modelo, productores de la cerveza Corona en la ciudad de México, dónde el aire contaminado es sometido por el mismo olor a cerveza.
Tanques

Tubos

Nos guiaron por toda la fábrica con explicaciones detalladas del proceso. La cervecería en cuestión se jacta de ser la cervecería privada más antigua de Alemania, habiendo sido fundada en 1429, y que la receta empleada data de aquella fecha. A través de la jungla de tanques cónico-cilíndricos, tubos, y bandas mecánicas llegamos hasta el sitio dónde se embotella la cerveza. Al igual que en la fábrica de “las chaparritas” es la sala con mas dinamismo. Botellas suben, bajan chocan, bailan, y se apretujan para terminar transportando el preciado líquido.

Ballet de botellas

Me gustaría detallar un poco el proceso, sin embargo no entendí una sóla palabra. Entre el dialecto del guía y la repicante maquinaria, fuera de palabras aisladas, el discurso era ininteligible. Ya en una sala con menos decibeles de fondo, nos resumió el proceso con generosidad y benevolencia: “Hemos visto la forma en que se produce la cerveza manualmente. Hoy en día sólo hay que alimentar las máquinas con agua, lúpulo y cebada y esperar una semana a que salga cerveza del otro lado”. Eso es todo lo que aprendí de la visita. No se recomienda preparar cerveza en casa usando ésta receta.

La original 1429Llegó la hora del festín. La verdadera razón de nuestra visita a la cervecería. El vivaracho y extrovertido vietnamés Thang (conocido también como string thang en las bajas esferas), se sentó a mi derecha. Soberano y dueño de su juicio me dió indicaciones de detenerlo si es que intentara ligarse a las meseras (todas sobre los 45 años). Lo ataría pues a la silla como Ulises al mástil al paso de la isla de las sirenas. Probamos la primera rubia, le siguió la morena y luego una pelirroja. Thang, con su visión aguda, identificó en la mesa vecina una cerveza embotellada (todas las que habíamos probado hasta el momento eran de barril). La etiqueta era roja y azul y se alcanzaba a distinguir un número. Lo comisioné para que le preguntara a la mesera, aunque deteniéndole las manos. La mesera nos dijo: ” se trata de la 1429 (el año de la fundación). Es una cerveza clara pilsner con 5,6% de alcohol, pero un sabor muy suave”. Sin pensarlo dos veces pedimos que aquella rubia con carácter nos acompañara la siguiente ronda. Apenas la mesera se había dado la vuelta cuando Thang grita a los cuatro vientos intentando parafrasear la explicación recibida sobre la 1429: “Hey Jungs, knall aber voll rein!” (algo así como: “¡Chavos, es explosiva pero se pasa bien!”). La cantinera lo escucha, se vuelve hacia nosotros e indignada tal vez por la omisión de palabras concretas que había empleado, como el contenido de alcohol o la referencia a la suavidad del sabor, o que tal vez pensaba que la expresión se refería a ella misma, le replica con gesto duro “¡Yo no dije eso!” . Ese ademán nos arranca una carcajada.

El lubricante social surte efecto. Al principio todo es compostura. Mientras se van consumiendo la cervezas se comparten mas intimidades. Hay colegas con quienes sólo se puede hablar usando el conjunto de instrucciones del P56c, sus extensiones de 64 bits, o en el mejor de los casos en puro y llano hexadecimal. El alcohol parece humanizarlos. Por ejemplo uno de ellos, una verdadera máquina de sintetizar net lists, con cabello largo y crespado como de micrófono, lentes redondos y la carne de las encías que se le prolongan entre los incisivos, habló por primera vez conmigo sobre algo que no tuviera que ver con el trabajo. Me preguntó por la forma de ser de la vida en México y las razones que me habían traído a Alemania. Me confesó también que nunca ha estado lejos del terruño dónde nació. Me pareció distinguir en su rostro un anhelo por salir a recorrer el mundo.

Emprendimos el regreso con una caminata hacia la estación de trenes. Bert y Michael, mi ex-jefe y quién me había invitado a la expedición, parecían escolapios de secundaria acarreando sendos six-packs en cada mano ¡Vaya ingenieros especializados! Algunos como yo, seguramente también versados en visitar refresquerías durante su infancia, con toda alevosía, y ventaja pensaron con antelación en llevar bolsos a su espaldas, los cuales retacamos con el botín. Así pues en el tren no carecimos de fluídas…conversaciones. Thang por ejemplo hablaba indistintamente con veinteañeras y sexagenarias.

Las imágenes que aquí presento, por alguna misteriosa razón están mas enfocadas que como las tengo registradas en mis recuerdos. Doy mi palabra que no han recibido tratamiento digital.

Ahora con mi nuevo equipo de trabajo tengo un evento similar dentro de dos semanas. Visitaremos el museo de la computación en Paderborn, para rematar en un Biergarten. Ya reseñaré.

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Encuentros en el castillo Richmond

Posted by sudranoel on 23rd April 2007

Antes de proceder a lo anecdótico me permito presentar la frialdad de los hechos:

La ciudad de Braunschweig ostenta durante el 2007 el título de ciudad de la ciencia. Algunas de las razones que respaldan ese nombramiento son la presencia de Universidades e institutos de investigación así como de empresas líderes en el mercado, favoreciendo así que la la región de Braunschweig ocupe el lugar número uno de patentes registradas en Baja Sajonia y el número 7 en Alemania. Además esta región tiene la inversión en investigción más alta de toda la Unión Europea, que asciende a 7% del PIB.

No sin razón, cada vez mas investigadores de toda Alemania y en general del mundo son atraídos a Braunschweig. Para facilitar la integración y adaptación de éstos últimos a la ciudad, recientemente ha surgido la iniciativa de dar la bienvenida a los investigadores extranjeros año con año por parte del goberno local, a través de eventos especiales.

Aunque para nada soy recién llegado a Braunschweig, (estoy aquí desde el 2003) me invitaron al igual que el año anterior a participar en éste evento en su segunda edición. En ésta ocasión tuvo lugar en el castillo Richmond, que fué construído para la princesa y duquesa Augusta (1737-1813) y nombrado en honor al hogar de la princesa en Inglaterra, el parque Richmond junto al Támesis.

En un día radiante Skonja y yo llegamos al castillo Richmond. La primera sorpresa resultó ver a Michelle parada en la puerta. La última vez que la había visto había sido unas horas antes bailando la última pieza de salsa la noche anterior en una fiesta. En el primer momento no nos reconocimos a la luz del día -sobra decir que de noche todos los gatos somos pardos- pero reímos y nos saludamos con mucha naturalidad al caer en cuenta quiénes éramos.

Todavía mis oídos escuchaban el funky jazz tocado en vivo la noche anterior en la fiesta. Aún caminaba al compás de timbas y percusiones salsísticas mientras cruzaba el salón oval hasta llegar al salón de los espejos. En éste lugar tocaba un grupo de música renacentista con instrumentos originales y vestimenta a la usanza de la época, lo que me ayudó a descender y sincronizarme con la belleza del lugar.

Entre madrigales y polifonías renacentistas hicimos un recorrido por el sitio escuchando datos históricos y anécdotas. Un detalle curioso de ese salón “de los espejos” es que aquellos espejos que le dan nombre no se encontraban posicionados frente a frente, como era costumbre de la época, para tener la ilusión de un espacio más amplio, si no estaban todos dirigidos hacia las ventanas con la finalidad de lograr la ilusión al visitante de encontrarse rodeado de la naturaleza de los jardines.

Se anunció el discurso del Wirtschaftsdezernent (algo así como director de economía), el señor Joachim -Roth, y se pidió a los invitados pasaran a sentarse. Así lo hicimos. En ese momento nos dimos cuenta que todos los invitados tenían no solamente sus nombres escritos en la etiquetas adheridas a las solapas, como Skonja y yo, si no títulos cuasi nobiliarios, nombres completos y empresas de afiliación. El señor sentado a mi derecha, se volvió hacia nosotros e hizo el intento de aproximarse a nuestras etiquetas para poder captar de un golpe de vista toda la información que pudiese de la que esperaba ver ahí desplegada. Al encontrar solamente “Sonja” y “Luis” escritos con letras grandes, nos saludó amablemente por nuestros nombres y con una gran sonrisa aprobando nuestra desfachatez. Antes de que se presentara alcancé a ver su nombre, que de inmediato me resultó conocido. Se trataba nada menos que del señor Joachim Hempel, quién es el Domprediger (o el predicador de la catedral) una figura pública en la ciudad. Herr Hempel a su vez nos presentó a la dama a su derecha, Frau Friederike Harlfinger, nada menos que la alcaldesa o Bürgermeisterin de la ciudad de Braunschweig.

Hablamos sobre la forma en que llegué a Alemania, especialmente a Braunschweig. Desde luego que los referí a ésta tlapalería para más detalles sobre esa historia. Fué entonces cuando herr Nikolaus Lange, director del centro de investigación y desarrollo de la firma de semiconductores Intel, se me acercó para presentarme con un reportero del periódico local Braunschweiger Zeitung, quién quería entrevistar a alguno de los especialistas asistentes que hubiese tenido la experiencia de arribar a la ciudad procedente de otro país. Así pues, sin hacerme mucho del rogar, le concedí la entrevista. Para asegurar que mi nombre apareciese bien escrito en los encabezados y primeras planas, no se lo deletreé si no que le dí de inmediato una tarjeta de presentación. La entrevista transcurrió de una forma muy fluída. Le externé mis pareceres y opiniones de lo que se podía mejorar para el siguiente encuentro, como por ejemplo contar con la presencia de asociaciones deportivas y del sector salud. Mi interlocutor valoró mucho mis comentarios remarcando en el aire su certeza con el dedo índice. Por esa razón yo ya olía la fama, la respiraba, la acariciaba. Podía ver mi nombre escrito en la primera plana señalándome como “el hombre que revolucionó la vida a los especialistas extranjeros en Braunschweig”, y pensaba que desde el día siguinete tendría que abandonar el edificio del trabajo por la puerta trasera, para evitar a la multitud de adolescentes luchando por obtener un autógrafo o una prenda mía…

A través de Michael, un compañero del trabajo, conocí a Susana, una española, y a su familia. Así mismo conocí también a David, un compatriota con su familia. Al hablarle sobre éste changarro Susana me comentó enseguida de la existencia del canal de literatura, el cuál yo no conocía hasta ese momento, siendo algo más de lo atesorado ese día. De ésta manera el evento cumplió uno de sus mayores objetivos que es favorecer y extender las redes sociales de los especialistas extranjeros en la región en los planos privado y profesional.

Fué sin lugar a dudas un día magnífico y lleno de encuentros. Hablando de encuentros, en el transcurso de la misma semana tuve otro encuentro importante: Shekhar Borkar, reconocido Intel Fellow y director del Microprocessor Technology Lab nos visitó. Tuve la oportunidad de hacerle una demostración de los últimos avances de nuestro proyecto en tecnologías many-core. Un sentimiento curioso me invadió estando una vez frente a él enfundado en mi bata blanca; ¿que le podía presentar de nuevo a alguién con más de 60 artículos científicos publicados y con mas de 40 patentes registradas? Con un chiste por aquí y una broma por allá logré mantener el control y no sucumbir ante los nervios. Al final se mostró muy complacido con nuestro trabajo.

Para cerrar esa semana de celebridades, mi mismo jefe se convirtió en una. Ha sido nombrado el primer Principal Engineer (uno de los títulos técnicos mas altos que confiere nuestra empresa) de Alemania, y uno los los pocos que hay en Europa. En el momento en que se anunció su nombramiento, él se encontraba en Israel, así que no tuvimos la oportunidad de brindar a su salud. (a propósito de “brindar”, no se pierdan la historia de la próxima semana).

La gran pregunta de la semana fué ¿El estar próximo a tantas personalidades era acaso una señal de que yo sería el siguiente en alcanzar la fama?

Ya había estado cerca de ella hace 2 años, cuando después de una sesión de 3 horas de photo-shooting con Herr Lange en uno de los laboratorio mas grandes de telecomunicaciones de Europa de aquellos días, daba por hecho que publicarían una foto mía en el renombrado semanario Der Spiegel” (tal vez la publicación mas importante de Alemania). El fotógrafo mostraba mas interés por mí que por quién debría tenerlo, y créanme, no era precisamente un interés profesional. Prácticamente me sentía como su musa inspiradora. Fui fotografíado desde todos mis ángulos. Creo que existen mas fotos de mi persona tomadas durante esas tres horas que las tomadas en los últimos treinta años. Si el fotógrafo hubiese podido decidir la foto a publicarse, seguramente hubiera elegido no sólo aquella en dónde parece que no llevo encima nada más que la bata del laboratorio, si no por lo menos otras 5 imágenes. A final de cuentas la foto para el artículo fué seleccionada por algún editor: Como era de esperarse, Herr Lange en primer plano frente a la cámara con un mexicano, reconocible tan sólo por su sensual oreja derecha, trabajando al fondo.

El lunes pasado por un momento me pareció degustar finalmente las mieles de la fama al creer ser citado en la prensa. Ciertamente no se trataba de ningún encabezado o primera plana, pero no dejaba de ser emocionante. Releyendo el artículo en cuestión con calma y detenimiento caí en cuenta que alguién con un nombre muy parecido al mío, un tal herr Azura, que también es mexicano y que plagió mis palabras, era quién había sido citado en un artículo del Braunschweiger Zeitung.

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Turismo en el tiempo y otras dimensiones

Posted by sudranoel on 3rd April 2007

Un plácido vuelo por KLM vía Amsterdam me trajo hasta la ciudad de México. Esta vez, el único episodio digno de narrar ha sido que mi laptop cayó al suelo y rebotó en progresión armónica durante la revisión del equipaje de mano gracias a la ineptitud de una empleada. Por suerte no sufrió daños, aunque por seguridad pedí hablar con el supervisor para que me diera un número telefónico en caso de detectarlos mas adelante, una vez que el sistema fuera probado a fondo. Cuando lo hice, el rostro de la empleada cambió por completo. Sin siquiera ofrecerme una disculpa trató de desentenderse. Éste pequeño episodio parecía ser el umbral de un túnel del tiempo apuntando hacía lo sucedido hace un año, aunque resultaba pecata minuta en comparación.

No obstante, esa clase de túneles del tiempo sin duda existen entre México y Alemania….

Muchas personas frecuentemente me preguntan la razón de llevar mi reloj siete minutos adelantado, a lo que suelo responder: “me gusta vivir el futuro antes que los demás”. Desde la primera vez que vine a México después de haber movido mi lugar de residencia a Alemania, me percaté que en cierta forma un viaje así es como un viaje en el tiempo. Llegaba en ese entonces hablando de maravillas tecnológicas aún no vistas en estas latitudes, como lo eran los mensajes de texto (SMS) por celular, la tecnología GMS, los PDAs, Internet por cable o la electrónica en los autos. Mis referencias y relatos a programas de televisión como Big Brother eran tomados como hechos fantásticos e imposibles. Hubiera podido también pensarse que mis narraciones sobre temas como separación de basura o radares de velocidad en las calles habían sido sustraídas junto con el gran hermano de 1984 de George Orwell.

Ésta vez, al llegar a la casa de mi padre me sorprendió encontrar dos depósitos de basura; uno para restos orgánicos y el otro para los inorgánicos. También la Timba me explicó que ya existen radares para medir la velocidad de los autos en las vías rápidas y la forma en que éstos operan. Así mismo, los objetos fantásticos descritos en el párrafo anterior, son aquí también cosa del pasado.

Existe pues una brecha temporal indudablemente. En materia de tecnología la estimo en alrededor de 3 años, que son despreciables en comparación con la brecha temporal en la sociedad, aunque Alemania dista mucho aún de ser Jauja en ese sentido. Es tan sólo uno de los universos posibles a raíz de las decisiones que son tomadas el día de hoy. Así que en teoría, al existir esa brecha se podría aprovechar la ventaja de ir a la zaga y no cometer los mismos errores. Todos aquellos que hemos tenido nuestro reloj, no siete, si no 5 años adelantado, tendríamos que asumir la responsabilidad de ayudar a tomar esas decisiones, retroalimentando a nuestros paises con las experiencias adquiridas fuera. Dejo aquí la puerta abierta a sugerencias y reflexiones sobre cómo hacerlo.

En lo personal, estar en ésta casa de nuevo, no solamente es un viaje en el tiempo, si no también a través de otra dimensión. Muchas cosas están en el mismo sitio en que las dejé. Mis libros, mis herramientas, las cartas de aceptación de Universidades que recibí de Europa… La vida que hasta entonces había llevado se congeló en ese instante formando un punto de bifurcación hacia la vida que pude haber tenido en México y a mi vida actual. Así pues, retomar esa bifurcación me permite adentrarme unos cuantos pasos hacia el otro camino atisbando en esa “otra vida”, es decir, prácticamente me transformo en alguien mas (como en la película Being John Malkovich) En esa otra persona, que no es en realidad una fotografía del que escribe plasmada sobre el recuerdo de mis amigos y personas cercanas, puedo sentirme tan fresco y rozagante como en aquél entonces, con todos esos sueños y temores antes de brincar la grandes aguas, pero sobre todo siento con intensidad el fuerte anhelo por mi vida actual.

.Bueno, pues viajar entre dos vidas y llevar el reloj unos cuantos minutos adelantado es una clase de turismo sui generis que puedo recomendar ampliamente.

¿Qué agencia de viajes lo ofrece? No pierdan sintonía de la Tlapalería Brunsviga.

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El café de los cicleros

Posted by sudranoel on 18th February 2007

La cuenta regresiva ha comenzado. Faltan unos cuantos días para embarcarme a México. Apenas puedo creer que en una semana estaré otra vez tomando un café sentado en una banca frente a “El Jarocho” en Coyoacán, respirando el aire aquél dónde se mezcla el olor del café recién tostado con el olor de las rosas frescas que venden en la calle. De seguro ese escenario enmarcará amenas conversaciones con amigos, sobre todo con cicleros (neologismo introducido por mi madre para designar a todos aquellos ciclistas mal hablados y albureros que habían transmutado a su refinado hijo en uno de ellos).

Recrearemos la ceremonia de todos los domingos en que, al haber terminado nuestra vuelta matutina, en esa misma banca tomábamos alguna de las especialidades como capuchas, moka, cortao o express para acompañar la evocación de todos los acontecimientos ocurridos en la ruta: que si Rubéncio (aka Benni Tallaninni) había aguantado el infernal ritmo del primer grupo en la subida frente a Televisa, o que si durante el descenso Erinco Bigotone había alcanzado los 75 km por hora sobre el velocípedo, o la mancuerna que habían hecho Pepino Moretoni y Luiggi Lasagna para que el primero ganara el sprint final, o de como en su primer salida Joules embistió las rejas que dividen los carriles del periférico, con casco y bicicleta prestados, que por cierto era la legendaria “roña” de el güi. Todos esos temas eran hablados, desmenuzados y degustados a fondo junto con el café. Los episodios épicos eran luego decorados con recuerdos de pasajes chuscso, verbi gratia, el día en que Rubén quería impresionar a Mariana mostrándole como la bicleta era una extensión de su cuerpo y podía con ella esperar el siga en un semáforo sin avanzar o bajar los pies de los pedales, haciendo plena gala de equilibrio circense. Aunque nosotros estábamos habituados a observarlo hacer esos malabares, no lo estábamos a verlo revolcarse en el suelo tratando de zafar los pies de los pedales para levantarse después del azote que blandió desde lo alto de su extensión corporal como había ocurrido ese día. El pasaje se ha inmortalizado con el nombre de El marianazo.

Si mal no recuerdo, quién inició con el ritual del café fué Enrique. Cuándo me uní al grupo formado por el inge, Pepe, Juan Carlos, aka el güi, y el mismo Enrique, la tradición ya existía. En esos tiempos primígenios solíamos aconsejar en el café a Pepe para ganarse los favores de la jocosa, que era la candidata número uno para hacerla su pareja. Cada quién ofrecía su análisis detallado y lecturas de la situación para ayudarlo a lograr su objetivo. A final de cuentas terminó con Carolina, la hermana de la jocosa, así que sin lugar a dudas, aunque erramos el blanco, nuestra contribución se tradujo en un éxito rotundo.

También en ese foro se fraguaban los planes para la siguiente semana. Decidíamos entoces si es que saldríamos a carretera, y dependiendo de nuestro estado físico determinábamos la ruta. Ésta podría ser un recorrido normal, como los 70 km de ida y vuelta al mirador La Loma, los 80 km a Tres Marías, o también rutas que solo podían haber sido ideadas por un inquisidor, como irse a Tres Marías por Topilejo, con un ascenso Brutal, o ir y vovler a Cuernavaca el mismo día, o la temible vuelta a Tenango del aire, dónde en la bajada se podían alcanzar hasta 80 km por hora con el gran reto de tomar a esa velocidad una curva de casi 90 grados a la izquierda, en la cuál alguna vez nuestro Pepino Moretoni, nombrado aquí antes como Pepe, ganara su mote al aventarse un triple mortal al frente con todo y bicicleta al voladero. Fuera de algunos moretones y rasguños así como del gran impacto emocional para él y para mí, que lo vi desde atrás sostener ingrávido el manillar de su bicicleta en su camino rumbo al vacío con los pies a dos metros sobre mi cabeza, afortunadamente no pasó nada. No me pregunten como es que salió ileso, por que no atestigüé el aterrizaje. Eso sí, la horquilla de la bicicleta se deformó, así que el regreso a casa fué todo un calvario.

El ritual comenzaba realmente desde la noche del sábado, en que, a manera de velación de armas, Moretoni y yo nos reuníamos para limpiar las bicicletas rayo por rayo y hacer todos los ajustes mecánicos necesarios para alcanzar nuestro mejor rendimiento. Ajustábamos chicotes y cambios, engrasábamos los baleros y nivelábamos los rines. De fondo musical teníamos el programa de radio “El jazz, música de nuestro tiempo” transmitido en la estación opus 94, donde por ejemplo, por primera vez escuché al rey del cool Miles Davis. A esa hora también transmitían semanalmente un programa llamado “gato macho” que eran entrevistas al pintor José Luis Cuevas hechas por Carime Lara, mujer de voz aterciopelada. Durante la entrevista, el maestro Cuevas contaba de su vida, inspiración, y sus relaciones con las mujeres, sobre todo de su paso por Paris, cosa que a mí me servía para forjar varias estampas de la vieja Europa. y anhelarlas.

Esas mañanas domingueras eran sin duda también muy coloridas para los transeutes de Coyoacán, quienes al encontrarnos hablando acaloradamente, veían en nosotros a seres espaciales que portaban cascos aerodinámicos, lentes de realidad virtual, y estaban ataviados con ropa ajustada de colores mallativos… perdón, quise decir llamativos. Nuestra forma de caminar también llamaba la atención; las placas de enganche a los pedales que llevábamos en la suela de los zapatos, hacian que todo el peso lo tuviéramos que apoyar sobre los talones. La mejor forma de describir nuestro andar, la escuché venir de una señora que, no sin dejo de respeto hacia nosotros, decía:”Mira hijo, esos muchachos caminan como pollos espinados”. Era también muy traicionera esa forma inusual de caminar. Por ejemplo, durante una pausa para rellenar las ánforas, caminábamos frente a un comercio para retomar las bicicletas. Nos sabíamos además observados por un grupo de damas jóvenes. Con plena conciencia de que nuestros atuendos multicolores y nuestra piel tostada por el sol las hipnotizaba, avanzaba yo con seguridad fingiendo no advertir su presencia procurando pues extraviar la mirada en el horizonte. Lo que en realidad no advertí fué que había agua derramada sobre el suelo. Así repentinamente sobre el horizonte pude reconocer mis pies calzados en esos desgraciados zapatos de ciclismo. El dolor del aterrizaje fué mayúsculo, pero despreciable comparado al del orgullo lacerado por las risas de las jóvenes damas.

La inspiración la tomábamos de las hazañas de los grandes ciclistas de entonces, que llegaban hasta nosotros a través de revistas españolas, ya que no había mucha cobertura del ciclismo europeo en México. Muy por encima de todos estaba Miguel Induraín quién dominaba el mundo del ciclismo en el equipo Banesto, le seguían corredores que teníamos en alta estima como Gianni Bugno y Laurent Fignon, por haber rodado algún domingo junto con ellos. En ese entonces Bugno era campeón mundial y ostentaba el suéter arcoiris. Así como siempre recordaremos a Induraín vestido de amarillo en el Tour de France, a Claudio Ciapucci lo visualizamos enfundado en el jersey moteado de lider de montaña, y a Mario Cipollini con el verde de combatividad. A todos ellos los seguimos muy de cerca en varias etapas. Los sentíamos como si fueran de nosotros. Conocíamos su rictus de dolor en las contrareloj individual o en el mítico ascenso a través de las 21 curvas de la muerte hacia el puerto de primera categoría Alpe d’Huez siguiendo a los fantasmas de Eddie MErckx “el caníbal” o Fausto Coppi “il campionissimo” mientras los espectadores gritaban sus nombres y corrían a su lado para motivarlos. Así pues era nuestro sueño presenciar una etapa de le tour.

En el café conocimos a Memo aka Lucas, quién recibió su mote por usar zapatillas de la marca Look, quién a la postre se nos unió y continuó con la tradición de “el cafecito” con un gran número de nuevos integrantes cuando el núcleo original ya se había dispersado. De todos los innumerables cicleros que conocí ahí, recuerdo especialmente a Paulina, una de las pocas mujeres que salía a rodar con nosotros y era sobrina del escritor mexicano Ricardo Garibay. La útima vez que la vi fue en el pozole que me hizo mi familia antes de venir a Alemania. Mientras vivía en Stuttgart recibí una postal de ella desde el lago Tahoe, que me alegró una mañana. Poco después Memo me escribió para avisarme que Paulina había perdido la vida al haber sido arrollada por un auto mientras entrenaba con la bicicleta. Lamentablemente en México el ciclismo es una actividad de alto riesgo, principalmente por la falta de precaución de los automovilistas. Tras seis años de su deceso seguimos recordando a Paulina con cariño. Me quito el sombrero pues para rendirle pequeño tributo.

Después del café participar en “el premio de montaña” era el amén en la ceremonia de los cicleros, aunque no era precisamente un ascenso prolongado a la montaña, si no mas bien un corto sprint en ascenso al puente de Tlalpan y División del Norte. En esa prueba Moretoni era imbatible. Rubencio y yo estuvimos cerca de doblegarlo, pero siempre en el último instante sacaba fuerzas explosivas no se de dónde y aceleraba para pasarnos en el último palmo de terreno. Desde entonces ese puente lleva el nombre de Pepino Moretoni.

Así eran mis domingos de ciclero. Ahora me conformaré con encontrar en Coyoacán a mis amigos para tomar un café y recordar esos tiempos en que devorábamos kilómetros.

Luiggi Lasagna.

P:D: Pido disculpa a todos los cicleros de hueso colorado, por no haber utilizado ni una sola mala palabra para escribir éstas líneas. Tampoco encontrarán por más que le busquen ni una expresión de doble sentido. No es que quiera traicionar mi vena de ciclero. Digamos que no solamente he perdido la condición sobre la bicicleta…..

…aunque para ser honesto, creo que no lo he olvidado. Es como andar en bicicleta.

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Don Pinto y Pintito

Posted by sudranoel on 10th November 2006

Esta historia ha de comenzar en un tren. Es pues en un tren que va un caluroso día de verano de Brno, la ciudad natal de Gödel y Kundera, a Viena. Dos pasajeros hablan sobre ferrocarriles que existieron hace 50 años y transportaban petróleo en la costa del golfo de México.

“Mi papá nos llevaba a mi hermano José y a mí en su armón mientras revisaba la carga de los vagones” dice uno de ellos. “Él era inspector de combustibles. De pequeño no podía recordar el título, así que le decía inspector de comestibles” añade. Una imagen pasa por la mente del otro pasajero: un hombre alto y bien vestido guía un vehículo sobre los rieles del ferrocarril. Lo acompañan dos chiquillos felices a mas no poder. Llevan el cabello revuelto por el viento sobre sus caras, y ven pasar el mundo ante ellos a gran velocidad.

“Mi papá nació en 1879, igual que Einstein” dice el primero con un cierto tono de orgullo. “Era hijo de hacendados españoles radicados en Tantoyuca, Veracruz. Antes de la revolución, de hecho antes que terminara el siglo XIX, dejó a sus padres y la hacienda, para escapar así al matrimonio arreglado que ya le tenían. Él, como no quería casarse con esa doncella, por que a su parecer le olían los sobacos, se va a Isla Mujeres para trabajar como chiclero, extrayendo la resina directamente de los árboles”. Termina la historia diciendo “Tu abuelo sabía montar a caballo. De hecho tenía caballos en la hacienda. Pero a final de cuentas cambió los caballos por los ferrocarriles”.

El otro pasajero se siente vinculado con su abuelo, al que nunca conoció. “Pero si es lo mismo que hiciste tú. Cambiaste los ferrocarriles por las computadoras.” acota.

Los dos pasajeros son don Pinto y Pintito en un viaje por Alemania, la República Checa y Austria en 2006, siguiendo los pasos de los grandes músicos, por que es la música una de las cosas que mas los une.

Don Pinto es ingeniero civil, y al igual que su padre, trabajó con ferrocarriles. Más bien creando infraestructura para los ferrocarriles, como puentes y alcantarillas del tren Chihuahua al Pacífico. Durante ese periodo, a finales de los sesentas, es cuando conoce a la mamá de Pintito en la Secretaría de Obras Públicas. Mas tarde, en gran parte por su afición a las matemáticas, cambia de actividad, llegando así a la Comisión Federal de Electricidad para convertirse en uno de los programadores de las primeras computadoras que llegaron a México, aquellos sistemas IBM-360.

Ya en los setentas, Pintito tuvo la oportunidad de conocer aquellas máquinas monstruosas al visitar a su Padre en el trabajo cuando tenía cuatro o cinco años. La impresión que tuvo era seguramente muy similar a la que el mismo don Pinto tendría al ver la primera locomotora mientras acompañaba a su padre en el trabajo. Pintitio observaba con atención los pisos falsos bajo los cuáles corria un sinnúmero de cables, los lectores electromecánicos de tarjetas perforadas, las unidades de cintas magnéticas y a las personas que ahí trabajaban. No tenía palabras para poder describir la fascinación que sentía por ese entorno. Le gustaría poder entender para que servía toda esa parafernalia.

Muy probablemente notaba don Pinto la inquietud de Pintito por comprender esas máquinas. Así pues, cada vez que un circuito dejaba de funcionar, un programa almacenado en tarjetas perforadas perdía el orden, o una cinta magnética era cortada, llevaba las piezas inservibles a casa para dárselas a Pintito, quién con gran atención trataba de imaginar la manera en que deberían funcionar.

Un buen día decidió Pintito empezar a construir un robot con todas las piezas que tenía. Lo primero que hizo fué dibujar los planos conformados por la estructura hasta los detalles finales, como cámaras de televisión en los ojos, para transmitir lo que el robot veía en su caminar por el mundo. Pintito armó pues la estructura con las partes de una vieja autopista de juguete. Poco a poco iba integrando los circuitos dañados, mas con fines decorativos que funcionales. Lo guardaba debajo de su cama junto con seres imaginarios, como los jalominos y las escapamáticas. En su imaginación el robot funcionaba de verdad. Cuando tenían visitas, sobre todo de niños, don Pinto le pedía a Pintito que les mostrara el armazón del robot. En un tono muy serio, los dos les explicaban a las visitas como funcionaría una vez que estuviese terminado. Los dos estaban orgullosos del robot, pero sobre todo uno del otro.

Tiempo después don Pinto le regaló a Pintito una computadora de verdad cuándo éste tenía 13 años. En ese momento le enseña las bases de la programación. En realidad Pintito no quería una computadora, si no una consola de juegos, como un Atari o Intellevison. Tener una computadora en aquellos tiempos no era del todo malo, por que en teoría era posible jugar si se tenía el software adecuado. Pero para esa Timex-Sinclair 2048 (la versión americana del Sinclair Spectrum) no había software en México. Lo que sí era fácil de conseguir, eran libros para programarla, de la editorial española Gustavo Gili. La cosa era bastante clara: para poder hacer sus propios juegos, Pintito tendría que aprender a programar. Así lo hizo. A los catorce años, motivado por jugar, podia programar en ensamblador del procesador Z80. ¿Habrá sido acaso todo un truco didáctico de don Pinto?

Si asi lo era, entonces don Pinto lo hacía muy bien, por que nunca le dijo a Pintito que tenía que leer o escuchar música clásica. Cuando Pintito veía a su padre pasar mucho tiempo con los libros y escuchando sus discos, se preguntaba qué había tan interesante en ello, y así él mismo fué leyendo los libros de su padre y escuchando su colección musical.

Un buen día Pintito descubrió entre los discos un tesoro que cambiaría su vida: la novena sinfonía de Beethoven. Era una grabación de colección bajo el sello Deutsche Gramaphon, dirigida por Herbert von Karajan al frente de la filarmónica de Berlin. Su descubrimiento mas grande no fueron las escalas trepidantes del primer movimiento allegro ma non troppo un poco maestoso, ni tampoco los fieros redobles de los timbales del scherzo, ni la magistral coda lírica del tercer movimiento. Su descubrimiento mas grande fue el texto en alemán de la oda a la Alegría escrito por Schiller. Pintito quedó igual de estupefacto ante ese lenguaje críptico que ante las enormes computadoras del trabajo de don Pinto. Todos los sentimientos desencadenados por esa obra monumental despertaronle el deseo de algún día poder entender ese idioma. Sin darse cuenta estaba dando el primer paso rumbo a Alemania.

Durante largo tiempo, mientras pintito estudiaba la carrera de ingeniería electrónica, don Pinto y Pintito se separaron, tal vez por ser tan parecidos. No hablaban de lo que les gustaba, de música, de computadoras, tampoco jugaban ajedrez juntos, ni mucho menos hablaban de sus sentimientos. Los dos ocultaban su gran sensibilidad bajo una máscara de dureza. Quizá por miedo a que el otro supiera exactamente lo que el uno pensaba.

Pintito pudo concretar en el año 2000 su sueño de ir a Alemania, no obstante por caprichos de la vida, don Pinto no había podido visitarlo desde hace seis años. El verano del 2006 fue la oportunidad para ambos de reencontrarse. No solamente hablaban de trenes, y viajaban en tren, si no que corrían tras los trenes. Hasta parecía un ritual. En cada ciudad, no sentían el paso del tiempo en la sobremesa por la amena conversación, hasta que uno de los dos hacía notar que en ese momento tenían que irse para alcanzar el tren. Pagaban la cuenta, tomaban las maletas y echaban a correr.

Después de un arduo día lleno de emociones en Praga, don Pinto y Pintito tomaban unos tequilas en una taberna. Don Pinto contaba como muchas personas aseguraban que él era de carácter huraño y poco amistoso. Sin embargo no se daban cuenta de su sensibilidad y atención para las finezas. Era una alusión involuntaria al testamento de Heiligenstadt de Beethoven, que los dos pudieron leer juntos días después en la casa dónde fue escrito. Mas tarde, mientras hablaban de un disco compacto de los trios de Schubert que había sido secuestrado por Pintito en su última visita a México, con voz temblorosa y entrecortada, don Pinto decía “es que cuando escuchas el “Notturno” el sentimiento es tan profundo, que te dan ganas de ….” Pinttito lo interrumpió colocando la mano sobre el hombro de su padre, lo vió directo en los ojos y no dijo nada. Ambos lo sabian y lo habían sentido, pero era algo tan íntimo, que no lo habían compartido con nadie.

Pintito sabe que está en Alemania gracias a don Pinto y el interés que despertó en él a temprana edad. Por ello quiere agradecérselo y mostrarle que de no ser por él, no hubiera sido posible lograrlo. Así es como se invierten los papeles: Pintito lleva a don Pinto a los laboratorios de la firma de semiconductores líder del mercado, qué es dónde él trabaja en el aea de investigación, y le muestra como desarrollan la tecnología de los próximos 10 años. Don Pinto lo observa todo con gran atención, cómo hace varios años ha hecho Pintito, quién lo único que desea es darle las gracias a su padre, y hacerlo sentir todo como un logro propio. Como cuando presentaban el robot de Pintito a los niños, los dos vuelven a sentir ese inefable orgullo mutuo.

Llegó también el momento de despedirse. Don pinto lleva puesto un sombrero tirolés que le sienta bien. La compañera de Pintito, a quién deben sus nombres, y quién ha estado con ellos gran parte del tiempo, está presente también en la despedida. Los tres se abrazan y con lágrimas en sus rostros hacen planes para encontrarse muy pronto. La figura de don Pinto con el sombrero tirolés pasa con un lento andar nostálgico por el umbral del tunel rumbo al avión, para luego diluirse en la radiante luz de la mañana. Pintito solo dice: “Gracias papá”.

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A veinte años

Posted by sudranoel on 15th June 2006

Ayer pensé en ella. No es nada nuevo, lo hago todos los días. Ayer, 14 de junio, un día especial, fue su cumpleaños y le canté las mañanitas con mariachi. Estoy seguro que me escuchó.

También hace veinte años fue un día especial, no sólo por que ella estaba conmigo, ni por que juntos festejábamos su cumpleaños, ni por el mundial que se celebraba en México. Había otra razón.

En ese entonces, en 1986, estaba Miguel Ángel por primera vez en Europa. Fue sin duda un viaje que lo marcó, en compañía de su amigo Agustín, impulsándolo a viajar y conocer otras culturas. Aún no nos conocíamos, pero sin saberlo su viaje era el principio de mi viaje. Años después, mientras estudiábamos alemán juntos en México, de sus manos recibí el tríptico del programa de maestría que me trajo a Alemania. Al dármelo me dijo con sencillez: “toma, tal vez te pudiera interesar”, sin imaginar que la fuerza contenida en esa entrega me proyectaría a brincar sobre las grandes aguas.

En nuestras conversaciones, dónde solemos movernos libremente en tiempo y espacio, frecuentemente el intercambio de historias nos alimenta e inspira para nuevas empresas. Alguna vez me relataba un hecho particular de aquél primer viaje a Europa. Absorto y maravillado por el viejo mundo, no prestaba mucha atención a los temas de actualidad. Solamente a su paso por Paris, justamente el 14 de junio de 1986, leyó fugazmente un encabezado en los periódicos que decía: “¡Ha muerto el inmortal!”.

Su relato me conmocionó. Desde entonces, Jorge Luis Borges, aquél inmortal nos ha unido. Antes de ir a visitarme a Stuttgart, me envió su ficcionario con otro amigo. La dedicatoria me llegó profundo. De el oro de los tigres encontré un poema en el ficcionario que en más de un sentido es un vínculo con Miguel Ángel, aún sobre la distancia indómita y a veces silenciosa: por distintos caminos los dos buscamos la lengua alemana, y fué a través de ella que nos conocimos. Juntos visitamos la torre de Hölderlin en Tubingia. Nos deleitamos con poemas de Angelus Silesius. En Alemania, los dos nos sentimos como Heine en Paris. A Schiller y a Goethe también los visitamos en Weimar, y tantas otras cosas mas.

Al idioma alemán.

Mi destino es la lengua castellana,
El bronce de Francisco de Quevedo,
Pero en la lenta noche caminada,
Me exaltan otras músicas más íntimas.
Alguna me fue dada por la sangre-
Oh voz de Shakespeare y de la Escritura-,
Otras por el azar, que es dadivoso,
Pero a ti, dulce lengua de Alemania,
Te he elegido y buscado, solitario.
A través de vigilias y gramáticas,
De la jungla de las declinaciones,
Del diccionario, que no acierta nunca
Con el matiz preciso, fui acercándome.
Mis noches están llenas de Virgilio,
Dije una vez; también pude haber dicho
de Hölderlin y de Angelus Silesius.
Heine me dio sus altos ruiseñores;
Goethe, la suerte de un amor tardío,
A la vez indulgente y mercenario;
Keller, la rosa que una mano deja
En la mano de un muerto que la amaba
Y que nunca sabrá si es blanca o roja.
Tú, lengua de Alemania, eres tu obra
Capital: el amor entrelazado
de las voces compuestas, las vocales
Abiertas, los sonidos que permiten
El estudioso hexámetro del griego
Y tu rumor de selvas y de noches.
Te tuve alguna vez. Hoy, en la linde
De los años cansados, te diviso
Lejana como el álgebra y la luna.

Jorge Luis Borges
en El oro de los tigres, 1972.

A veinte años de la muerte del inmortal en Ginebra, cada una de sus líneas me estremece no sólo por su grandeza, contundencia y precisión, si no por ser recordatorios de la próxima visita de Miguel Ángel y de que ella celebraba aquél día su cumpleaños.

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