Archive for the 'Narrativa' Category

Cultivo una rosa blanca

Posted by sudranoel on 19th November 2007

Una trade de domingo en la bañera. Tengo en mis manos un ejemplar de “El arte de la fuga” de Sergio Pitol, y lo degusto junto con un Bordeaux Haut Médoc. No hay mejor forma de separarse del mundo y de reponerse de la intensa semana. La escena que protagonizo ahora, con el libro y la copa de vino al lado, la había tenido ya hace un par de semanas en una librería, cuando el título de la obra de Pitol, más que saltar ante mis ojos, sedujo desde el anaquél mis oídos al recrear cánones y fugas de la obra homónima de Bach. Skonja reconoció de inmediato el gran aprecio que ya le había tomado, mientras lo hojeaba, y me lo obsequió el día de mi cumpleaños, junto con otro de Paul Auster “Travels in the Scriptorium” que me acompaña por lo pronto cuando voy al sauna. Ha sido un acierto contundente.

A menudo suele ser más significativa la historia del un libro cómo objeto que la historia, o historias que relata. ¿Acaso no todas las historias de los libros podrían dar pié a nuevos volúmnes? Así mismo todas las botellas de vino contienen historias que se decantan en nuestras vidas, y a su vez esas historias pedirán ser escritas, bebidas y degustadas. Esa escena en la bañera es pues el principio de un perpetuum mobile.

Leo y bebo despacio. Aspiro las historias e imágenes. Me siento inmerso en la trama, que no es otra cosa que la historia de su vida. Me identifico con su alma peregrina, la necesidad fisiológica de viajar, descubrir, vivir y el fuerte anhelo por devorar el mundo, pero también el imperativo de sentarse a contemplarlo y escribir por dar testimonio a la eterna mutación de la vida. El arsenal cultural que despliega me remite repetidamente a librerías para proveerme de Joyce, Conrad, James, o a libros ya leídos. Todas esas voces armonizan en punctum contra punctum. Redescubro personajes que creía conocer desde hace tiempo, cómo a Thomas Mann, Borges o Cortázar. Antes de que el narrador llegue a hacer referencia y tributo a sus maestros, una voz dentro de mí ya me preguntaba desde cuándo estoy familiarizado con los personajes y las obras citadas. En el momento en que la palabra “maestro” aparece sobre el papel, emerge del agua la respuesta a mi voz interior: los conozco gracias a mi maestro Rodrigo Giles.

El profesor Giles me dió clases de español, que eran cursos de literatura española y latinoamericana, en la escuela secundaria. Era el profesor titular de nuestro grupo, tercero “B”. Su espeso bigote caído y afilado en las puntas, le daba un cierto aire a Günther Grass, aunque de figura más esbelta. Entraba en las mañanas con su andar parsimonioso a nuestro salón. Sin decir nada tomaba una caja de gises de colores y dibujaba en el pizarrón letras diversas, rostros de personajes y objetos por 10 o 15 minutos. Esa obra en la que invertía gran empeño, pero sobre todo corazón, era un retrato, una alusión, o el título mismo del tema de la clase. Al terminar la obra, rompía él su silencio y empezaba a darnos santo y seña de los personajes. Su obra, que era una especie de mandala, no sólo por el silencio meditativo con que era ejecutada, si no por que a final de la clase tenía que ser borrada para ceder su lugar en el pizarrón al conocimiento abstracto, y por lo regular no tan colorido, de la trigonometría y otros menesteres. En ocasiones algunos maestros de las clases subsecuentes no se atrevían a cumplir la sentencia e indultaban la obra por el tiempo que duraría su clase. Así que cuando escucho los nombres de Miguel de Unamuno, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Benito Pérez Galdós, Leandro Fernández de Moratín, Pío Baroja o León Felipe, brotan frente a mis ojos los colores que los bañaban cuándo los ví escritos o retratados en el pizarrón por primera vez.

No estoy seguro si a través de él tuve el primer contacto con los escritores mexicanos como Carlos Fuentes, Juan Rulfo u Octavio Paz. Muy probablemente así fué, pero no los afiancé en el subconsiente si no hasta un par de años más tarde en el curso de literatura mexicana impartido en la preparatoria por Laura Marta, otra maestra que recuerdo con gran aprecio. Al profesor Giles lo relaciono más con la literatura española, y latinoamericana (aunque tampoco recuerdo haber escuchado de él los nombres de Borges o Cortázar). Nos presentaba con gran soltura el siglo de oro español, la generación del 98 o la de el 27. A propósito de ésta última, recuerdo que narraba con gran solemnidad el haber leído un poema durante las exequias del poeta español León Felipe en la ciudad de México. Nunca olvidaré esa voz entrecortada por la tristeza y el orgullo.

Era sin duda una persona muy creativa. Para el día de muertos solía hacer adaptaciones a los versos del Don Juan Tenorio, con los sucesos escolares cotidianos, haciendo ver en una humorística vestimenta de gala, las situaciones mas banales. El climax de ese celebración era sin lugar a dudas las calaveras, esos pícaros versos mexicanos humorísticos, que desacatan la autoridad escatológica de la muerte, personificándola y haciéndola partícipe en historias dónde hasta incluso puede resultar embaucada por el vivaz aquél a quién la clavera le ha sido dedicada. Esos versos eran escritos para los otros profesores con gran agudeza y genialidad. Al ser leídos maestros, alumnos y directores nos desternillábamos de risa.

La primera rima que aprendí con él, sin ser alusión literaria alguna, tenía un principio chusco y un resabio moralizante. Por suerte (sólo) recuerdo la primera estrofa:

Clemente le dijo a Alejo:
camarada, para reir te aconsejo
que al sombrero de aquél viejo
le tires una pedrada

Ese fué el punto de partida para leer y memorizar varios poemas. Algunos los recitaríamos individualmente, y con otros haríamos lo propio en grupo. Bajo éste último rubro, ensayamos y presentamos a dos voces si no mal recuerdo (hombres y mujeres) el poemá Sensemayá de Nicolás Guillén. De inmediato le tomé enorme apreció al poema por dos razones: lo vinculé con la pieza homónima de Silvestre Revueltas, y a su vez, la poesía coral en sí, me pareció la versión poética del muralismo pictórico, por su magnificencia, sus escalas titánicas y su esplendor.

Sin duda el poema que más relaciono con el profesor Giles, y que me ha acompañado por diversas etapas de la vida es “Cultivo una rosa blanca” de José Martí. un verdadero himno de hermandad, que bien pudiera ser un mantra budista. Me permito citarlo:

Cultivo una rosa blanca,
en junio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo una rosa blanca.

El profesor Giles fué quién en alguna ocasión me bautizó como “el monje”, no sólo por mis votos de celibato de aquél entonces (que decir que yo no era el único), si no, y mas bien, por ser muy callado en sus clases. Viéndolo en retrospectiva, era debido a qué encontraba muy interesantes los temas, y su forma de presentarlos. Sin llegar a ser sobresaliente en sus cursos ni mucho menos, siempre hacía mis deberes con entusiasmo, aunque en ese entonces no leía tanto, como se esperaba de nosotros. Si bien no cubrí todas las lecturas obligatorias durante aquél periodo escolar, las completé por gusto y voluntad propia en las vacaciones, y no han dejado de darme pautas para explorar los mares literarios. Son como muelles donde poder atracar para reabastecerse y luego volver a zarpar con otros derroteros.

Un buen día el profesor Giles y yo rompimos lanzas, a causa de una personificación de Benito Juárez, que él me había encomendado para conmemorar su natalicio el 21 de Marzo (tema en contrapunto: Bach nació también el mismo día), a lo que me negué rotundamente. Primero; no me preguntó si quería, y segundo; alguién me metío en la cabeza que de hacerlo, ciertos compañeros se burlarían de mi por el resto de la eternidad. Algo había de cierto, ya que no me había seleccionado por mi engagement político, si no por mi tez morena, y al ser el único en el grupo con ese color de tez, parecía que no tuviese elección. Pero ¿por qué razón aquellos mequetrefes harían mofa de mí? En ese momento me percaté por primera vez del racismo al indígena que existe en México, especialmente dentro de una escuela particular. Así pues mis principios de rebeldía adolescentes me dictaron oponerme a ello. Por un momento fuí amenazado con medidas disciplinarias extremas, como ser reprobado en el curso, pero cuál humanista cabal que es, después de unos días de tensión rectificó la injusticia y acepto mi decisión, dado que borrar el racismo de un plumazo no era posible. Pocas veces aprendiz y lector aprenden una lección de la vida simultáneamente. Al hacerlo el segundo deja de ser sólo un modelo y muestra al primero su lado humano. Una razón para apreciarlo más.

Lo más valioso es que mostró ser congruente con su enseñanza de cultivar una rosa blanca.

Hará unos diez años lo encontré por casualidad en la calle. Me reconoció de inmediato, aunque dudo que recordara mi nombre. Conversamos e intercambiamos teléfonos. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

Sus clases me hicieron ver la policromía del mundo y despertaron en mí el anhelo de conocerlo. Así un buen día hubo que soltar amarras para llegar hasta esta bañera.

Un caluroso saludo lleno de gratitud al profesor Giles dónde sea que se encuentre.

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Carrera nocturna o de cómo llegué a ser Angela Schwarz

Posted by sudranoel on 16th June 2007

Una noche tibia de verano después de llover. La ciudad de Braunschweig ebulle de vida. Por todos lados hay corredores con números al pecho. Mujeres y hombres de todas las edades reunidos detrás de la línea de salida, esperan impacientes y nerviosos salir a galope. Bromean, cantan y ríen. Los mas ambiciosos tratan de colocarse al frente para salir disparados con el camino libre. Prefiero quedarme en el corazón de la multitud e imaginar historias y argumentos uniendo a todos esos personajes. Por ejemplo, a un extremo del pelotón se oye a una mujer girtar: “Johann !” El hombre frente a mi se vuelve y levanta la mano. La mujer se filtra por las porosidades de la mulchedumbre y justo frente a mi casi me lleva en el abrazo abrasante que prendió a Johann. Quizá es el reencuentro de un amor perdido, o eran tal vez amantes que en su beso de despedida pretendiendo ser amuleto para la carrera compartieron su intimidad aislándose de la multitud por el tiempo en que el efímero ósculo duró.

Un disparo al aire desata gritos de júbilo y aplausos, poniendo la masa en movimiento. Aunque uno no quisisera moverse, sería arrastrado por el gran caudal, en cuyo cauce los espectadores se degañotan con gritos de apoyo. La música de una orquesta de metales casi me arranca una lágrima de alegría por estar ahí, viviendo ese momento, si bien en realidad no soy yo el que está ahi metido. Es Angela Schwarz.

Angela corré al paso de sus compañeros de equipo y toma una paso de flotación. Veo por sus ojos, siento los latidos de su corazón, y sincronizo mi respirar al suyo. Sigo el ágil paso de Thorsten y Klaus entre intrincadas callejuelas mediavales. De ser yo no tendría ninguna posibilidad. Tan sólo he trotado una sóla vez este año. Por suerte somos ella, quién de seguro ha entrenado y se ha preparado bien. Entre la multitud escucho que gritan mi nombre varias veces. Alcanzo a reconocer algunos rostros, pero a menudo solo escucho las voces gritando mi nombre y arengándome en español a mantener el paso. Correspondo agitando la mano en todo lo alto. Pero todos se equivocan. No soy yo, soy Angela Schwarz.

El sprint final es definitorio para que Angela obtenga un magnífico resultado: 5ª lugar de su categoría, 8ª lugar del equipo (de 24 integrantes), y 13ª de todas las mujeres. Cruzando la meta he dejado de ser ella. Ahora puedo sentir la lluvia refrescante en mi porpia piel. Mi segundo trote del año ha terminado.

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Una noche borrascosa en Berín.

Posted by sudranoel on 23rd May 2007

¿Estamos muy lejos? pregunto. El viento me responde al arrancarle el mapa de las manos estrellándomelo en la cara. Buscamos refugio bajo un puente cerca de Alexander-Platz. Ella examina el mapa mientras trata de alisarlo, pero no encuentra la calle. Harta de detener el mapa con fuerza, anuncia: “voy a preguntar en éste café” y desaprece en un santiamén dejándome a la intemperie con el mapa arrugado en la mano. Con el inconfundible palacio municipal rojo y la descomunal estatura de la torre de televisión a nuestras espaldas logro ubicar nuestra posición e identifico la dierección en que debiéramos hacernos a la marcha. Ella sale del café y desde la puerte corrobora con su pulgar el rumbo.

Nos enfilamos hacia nuestro destino. A unos metros de haber abandonado el puente, empieza a llover. Abrimos los paraguas. Ahora es mas difícil ver el mapa, por que cada uno lleva en una mano el paraguas y en la otra su maleta. Por si fuera poco, caminar con el paraguas abierto en contra del viento es extremadamente difícil. Me parecía que por cada paso que avanzaba retrocedía dos. Vacilo por un instante. Me doy la vuelta señalando mi intención de regresar bajo el puente. Ella asiente con la cabeza. En ese momento el viento cambia de dirección. Así pues, en el intento de retornar al refugio fué que llegamos a la puerta del hotel que buscábamos. Pareciera que alguna fuerza sobrenatural nos usaba para entretenerse. Al cerrar el paraguas justo antes de dar el paso para cruzar la puerta, la última ráfaga lo volteó con furia, y me llevó de regreso a la tormenta. Luché para ponerme en contra del viento y así lograr que el paraguas retomara su forma. Por fin logramos cruzar el umbral de la puerta sanos y salvos. Escurro el paraguas y me percató que él no había conseguido llegar incólume.

Nos presentamos frente a la recepcionista empapados y con los cabellos revueltos. Como si nuestra apariencia no le inmutase en lo mas mínimo nos dice:”Buenas noches. Bienvenidos al hotel Norecuerdoelnombre. ¿Qué puedo hacer por ustedes?” Mi compañera le responde con gran tranquilidad: “Tenemos una habitación reservada a nombre de K. y A.” Un gesto de incredulidad invade su rostro. Revisa en el sistema y dice: “¡Ah! la suite en el último piso” y nos entrega la llave sonriendo. Ahora los incrédulos éramos nosotros. De pronto os vientos nos eran propicios ¿cómo habíamos logrado tener una suite prácticamente en un penthouse? ¿era acaso la recepcionista la mismísima fortuna imperatrix mundi que ahora nos sonreía?

Abrimos la puerta de la suite como si se tratara de la cámara de un tesoro. Quedamos deslumbrados al encender la luz y descubrir que había aún varias puertas por abrir. Al tiempo que abrimos una a una cada puerta iba creciendo nuestra sorpresa. Un recibidor, una sala de estar, una cocina, un cuarto de baño con jacuzzi, y una amplísima recámara. Elevamos pues los brazos al cielo para rendir tributo a la generosidad de la vida y nos abrazamos eufóricos. ¡Qué fin de semana nos espera!

La cama está impecablemente tendida. Sobre el escritorio había bebidas y bolsas con botanas. “Deben ser parte del servi-bar, y las dejan ahí como olvidadas para que casi sin querer las consumas” expliqué. Después de escrutinar visualmente el amplio territoro con lentitud, nuestros ojos descubrieron dos maletas. En un lugar así, y dada nuestra buena fortuna, sólo podían ser cofres de tesoro. Seguramente estaría repletos de doblones españoles. Pero no lo estaban. Tenían ropa. Mi mente trató de buscar una explicación: siendo la habitación tan amplía, seguro que el último huésped las olvidó. Mas me tardé en elaborar que en deshecahr mi conjetura, por que esa y la ropa que encontramos en el armario era sin duda el equipaje de alguién que andaba de vacaiones en Europa por lo menos dos semanas.

Llamamos a la recepción. Igual que nosotros no lo podían creer. Simplemente no era posible, no había nadie registrado en el sistema. Nos preguntaron si las maletas tenían algún nombre o dirección. Efectivamente había una tarjeta con los datos: Ricardo Iglesias, México.

¿Estaba Ricardo en nuestro cuarto? ¿o nosotros en el suyo? No lo puedo decir. Tampoco el personal del hotel podía. Terminaron por cambiarnos de habitación; primero a una mas pequeña pero con un insoportoble hedor a gato, y tras nuestra reclamación terminamos en una similar a la primera pero no en el penthouse, si no 5 pisos abajo de dónde pernoctaba Ricardo.
Así fué como casi conozco a un compatriota a miles de kilómetros de México.

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El café de los cicleros

Posted by sudranoel on 18th February 2007

La cuenta regresiva ha comenzado. Faltan unos cuantos días para embarcarme a México. Apenas puedo creer que en una semana estaré otra vez tomando un café sentado en una banca frente a “El Jarocho” en Coyoacán, respirando el aire aquél dónde se mezcla el olor del café recién tostado con el olor de las rosas frescas que venden en la calle. De seguro ese escenario enmarcará amenas conversaciones con amigos, sobre todo con cicleros (neologismo introducido por mi madre para designar a todos aquellos ciclistas mal hablados y albureros que habían transmutado a su refinado hijo en uno de ellos).

Recrearemos la ceremonia de todos los domingos en que, al haber terminado nuestra vuelta matutina, en esa misma banca tomábamos alguna de las especialidades como capuchas, moka, cortao o express para acompañar la evocación de todos los acontecimientos ocurridos en la ruta: que si Rubéncio (aka Benni Tallaninni) había aguantado el infernal ritmo del primer grupo en la subida frente a Televisa, o que si durante el descenso Erinco Bigotone había alcanzado los 75 km por hora sobre el velocípedo, o la mancuerna que habían hecho Pepino Moretoni y Luiggi Lasagna para que el primero ganara el sprint final, o de como en su primer salida Joules embistió las rejas que dividen los carriles del periférico, con casco y bicicleta prestados, que por cierto era la legendaria “roña” de el güi. Todos esos temas eran hablados, desmenuzados y degustados a fondo junto con el café. Los episodios épicos eran luego decorados con recuerdos de pasajes chuscso, verbi gratia, el día en que Rubén quería impresionar a Mariana mostrándole como la bicleta era una extensión de su cuerpo y podía con ella esperar el siga en un semáforo sin avanzar o bajar los pies de los pedales, haciendo plena gala de equilibrio circense. Aunque nosotros estábamos habituados a observarlo hacer esos malabares, no lo estábamos a verlo revolcarse en el suelo tratando de zafar los pies de los pedales para levantarse después del azote que blandió desde lo alto de su extensión corporal como había ocurrido ese día. El pasaje se ha inmortalizado con el nombre de El marianazo.

Si mal no recuerdo, quién inició con el ritual del café fué Enrique. Cuándo me uní al grupo formado por el inge, Pepe, Juan Carlos, aka el güi, y el mismo Enrique, la tradición ya existía. En esos tiempos primígenios solíamos aconsejar en el café a Pepe para ganarse los favores de la jocosa, que era la candidata número uno para hacerla su pareja. Cada quién ofrecía su análisis detallado y lecturas de la situación para ayudarlo a lograr su objetivo. A final de cuentas terminó con Carolina, la hermana de la jocosa, así que sin lugar a dudas, aunque erramos el blanco, nuestra contribución se tradujo en un éxito rotundo.

También en ese foro se fraguaban los planes para la siguiente semana. Decidíamos entoces si es que saldríamos a carretera, y dependiendo de nuestro estado físico determinábamos la ruta. Ésta podría ser un recorrido normal, como los 70 km de ida y vuelta al mirador La Loma, los 80 km a Tres Marías, o también rutas que solo podían haber sido ideadas por un inquisidor, como irse a Tres Marías por Topilejo, con un ascenso Brutal, o ir y vovler a Cuernavaca el mismo día, o la temible vuelta a Tenango del aire, dónde en la bajada se podían alcanzar hasta 80 km por hora con el gran reto de tomar a esa velocidad una curva de casi 90 grados a la izquierda, en la cuál alguna vez nuestro Pepino Moretoni, nombrado aquí antes como Pepe, ganara su mote al aventarse un triple mortal al frente con todo y bicicleta al voladero. Fuera de algunos moretones y rasguños así como del gran impacto emocional para él y para mí, que lo vi desde atrás sostener ingrávido el manillar de su bicicleta en su camino rumbo al vacío con los pies a dos metros sobre mi cabeza, afortunadamente no pasó nada. No me pregunten como es que salió ileso, por que no atestigüé el aterrizaje. Eso sí, la horquilla de la bicicleta se deformó, así que el regreso a casa fué todo un calvario.

El ritual comenzaba realmente desde la noche del sábado, en que, a manera de velación de armas, Moretoni y yo nos reuníamos para limpiar las bicicletas rayo por rayo y hacer todos los ajustes mecánicos necesarios para alcanzar nuestro mejor rendimiento. Ajustábamos chicotes y cambios, engrasábamos los baleros y nivelábamos los rines. De fondo musical teníamos el programa de radio “El jazz, música de nuestro tiempo” transmitido en la estación opus 94, donde por ejemplo, por primera vez escuché al rey del cool Miles Davis. A esa hora también transmitían semanalmente un programa llamado “gato macho” que eran entrevistas al pintor José Luis Cuevas hechas por Carime Lara, mujer de voz aterciopelada. Durante la entrevista, el maestro Cuevas contaba de su vida, inspiración, y sus relaciones con las mujeres, sobre todo de su paso por Paris, cosa que a mí me servía para forjar varias estampas de la vieja Europa. y anhelarlas.

Esas mañanas domingueras eran sin duda también muy coloridas para los transeutes de Coyoacán, quienes al encontrarnos hablando acaloradamente, veían en nosotros a seres espaciales que portaban cascos aerodinámicos, lentes de realidad virtual, y estaban ataviados con ropa ajustada de colores mallativos… perdón, quise decir llamativos. Nuestra forma de caminar también llamaba la atención; las placas de enganche a los pedales que llevábamos en la suela de los zapatos, hacian que todo el peso lo tuviéramos que apoyar sobre los talones. La mejor forma de describir nuestro andar, la escuché venir de una señora que, no sin dejo de respeto hacia nosotros, decía:”Mira hijo, esos muchachos caminan como pollos espinados”. Era también muy traicionera esa forma inusual de caminar. Por ejemplo, durante una pausa para rellenar las ánforas, caminábamos frente a un comercio para retomar las bicicletas. Nos sabíamos además observados por un grupo de damas jóvenes. Con plena conciencia de que nuestros atuendos multicolores y nuestra piel tostada por el sol las hipnotizaba, avanzaba yo con seguridad fingiendo no advertir su presencia procurando pues extraviar la mirada en el horizonte. Lo que en realidad no advertí fué que había agua derramada sobre el suelo. Así repentinamente sobre el horizonte pude reconocer mis pies calzados en esos desgraciados zapatos de ciclismo. El dolor del aterrizaje fué mayúsculo, pero despreciable comparado al del orgullo lacerado por las risas de las jóvenes damas.

La inspiración la tomábamos de las hazañas de los grandes ciclistas de entonces, que llegaban hasta nosotros a través de revistas españolas, ya que no había mucha cobertura del ciclismo europeo en México. Muy por encima de todos estaba Miguel Induraín quién dominaba el mundo del ciclismo en el equipo Banesto, le seguían corredores que teníamos en alta estima como Gianni Bugno y Laurent Fignon, por haber rodado algún domingo junto con ellos. En ese entonces Bugno era campeón mundial y ostentaba el suéter arcoiris. Así como siempre recordaremos a Induraín vestido de amarillo en el Tour de France, a Claudio Ciapucci lo visualizamos enfundado en el jersey moteado de lider de montaña, y a Mario Cipollini con el verde de combatividad. A todos ellos los seguimos muy de cerca en varias etapas. Los sentíamos como si fueran de nosotros. Conocíamos su rictus de dolor en las contrareloj individual o en el mítico ascenso a través de las 21 curvas de la muerte hacia el puerto de primera categoría Alpe d’Huez siguiendo a los fantasmas de Eddie MErckx “el caníbal” o Fausto Coppi “il campionissimo” mientras los espectadores gritaban sus nombres y corrían a su lado para motivarlos. Así pues era nuestro sueño presenciar una etapa de le tour.

En el café conocimos a Memo aka Lucas, quién recibió su mote por usar zapatillas de la marca Look, quién a la postre se nos unió y continuó con la tradición de “el cafecito” con un gran número de nuevos integrantes cuando el núcleo original ya se había dispersado. De todos los innumerables cicleros que conocí ahí, recuerdo especialmente a Paulina, una de las pocas mujeres que salía a rodar con nosotros y era sobrina del escritor mexicano Ricardo Garibay. La útima vez que la vi fue en el pozole que me hizo mi familia antes de venir a Alemania. Mientras vivía en Stuttgart recibí una postal de ella desde el lago Tahoe, que me alegró una mañana. Poco después Memo me escribió para avisarme que Paulina había perdido la vida al haber sido arrollada por un auto mientras entrenaba con la bicicleta. Lamentablemente en México el ciclismo es una actividad de alto riesgo, principalmente por la falta de precaución de los automovilistas. Tras seis años de su deceso seguimos recordando a Paulina con cariño. Me quito el sombrero pues para rendirle pequeño tributo.

Después del café participar en “el premio de montaña” era el amén en la ceremonia de los cicleros, aunque no era precisamente un ascenso prolongado a la montaña, si no mas bien un corto sprint en ascenso al puente de Tlalpan y División del Norte. En esa prueba Moretoni era imbatible. Rubencio y yo estuvimos cerca de doblegarlo, pero siempre en el último instante sacaba fuerzas explosivas no se de dónde y aceleraba para pasarnos en el último palmo de terreno. Desde entonces ese puente lleva el nombre de Pepino Moretoni.

Así eran mis domingos de ciclero. Ahora me conformaré con encontrar en Coyoacán a mis amigos para tomar un café y recordar esos tiempos en que devorábamos kilómetros.

Luiggi Lasagna.

P:D: Pido disculpa a todos los cicleros de hueso colorado, por no haber utilizado ni una sola mala palabra para escribir éstas líneas. Tampoco encontrarán por más que le busquen ni una expresión de doble sentido. No es que quiera traicionar mi vena de ciclero. Digamos que no solamente he perdido la condición sobre la bicicleta…..

…aunque para ser honesto, creo que no lo he olvidado. Es como andar en bicicleta.

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Don Pinto y Pintito

Posted by sudranoel on 10th November 2006

Esta historia ha de comenzar en un tren. Es pues en un tren que va un caluroso día de verano de Brno, la ciudad natal de Gödel y Kundera, a Viena. Dos pasajeros hablan sobre ferrocarriles que existieron hace 50 años y transportaban petróleo en la costa del golfo de México.

“Mi papá nos llevaba a mi hermano José y a mí en su armón mientras revisaba la carga de los vagones” dice uno de ellos. “Él era inspector de combustibles. De pequeño no podía recordar el título, así que le decía inspector de comestibles” añade. Una imagen pasa por la mente del otro pasajero: un hombre alto y bien vestido guía un vehículo sobre los rieles del ferrocarril. Lo acompañan dos chiquillos felices a mas no poder. Llevan el cabello revuelto por el viento sobre sus caras, y ven pasar el mundo ante ellos a gran velocidad.

“Mi papá nació en 1879, igual que Einstein” dice el primero con un cierto tono de orgullo. “Era hijo de hacendados españoles radicados en Tantoyuca, Veracruz. Antes de la revolución, de hecho antes que terminara el siglo XIX, dejó a sus padres y la hacienda, para escapar así al matrimonio arreglado que ya le tenían. Él, como no quería casarse con esa doncella, por que a su parecer le olían los sobacos, se va a Isla Mujeres para trabajar como chiclero, extrayendo la resina directamente de los árboles”. Termina la historia diciendo “Tu abuelo sabía montar a caballo. De hecho tenía caballos en la hacienda. Pero a final de cuentas cambió los caballos por los ferrocarriles”.

El otro pasajero se siente vinculado con su abuelo, al que nunca conoció. “Pero si es lo mismo que hiciste tú. Cambiaste los ferrocarriles por las computadoras.” acota.

Los dos pasajeros son don Pinto y Pintito en un viaje por Alemania, la República Checa y Austria en 2006, siguiendo los pasos de los grandes músicos, por que es la música una de las cosas que mas los une.

Don Pinto es ingeniero civil, y al igual que su padre, trabajó con ferrocarriles. Más bien creando infraestructura para los ferrocarriles, como puentes y alcantarillas del tren Chihuahua al Pacífico. Durante ese periodo, a finales de los sesentas, es cuando conoce a la mamá de Pintito en la Secretaría de Obras Públicas. Mas tarde, en gran parte por su afición a las matemáticas, cambia de actividad, llegando así a la Comisión Federal de Electricidad para convertirse en uno de los programadores de las primeras computadoras que llegaron a México, aquellos sistemas IBM-360.

Ya en los setentas, Pintito tuvo la oportunidad de conocer aquellas máquinas monstruosas al visitar a su Padre en el trabajo cuando tenía cuatro o cinco años. La impresión que tuvo era seguramente muy similar a la que el mismo don Pinto tendría al ver la primera locomotora mientras acompañaba a su padre en el trabajo. Pintitio observaba con atención los pisos falsos bajo los cuáles corria un sinnúmero de cables, los lectores electromecánicos de tarjetas perforadas, las unidades de cintas magnéticas y a las personas que ahí trabajaban. No tenía palabras para poder describir la fascinación que sentía por ese entorno. Le gustaría poder entender para que servía toda esa parafernalia.

Muy probablemente notaba don Pinto la inquietud de Pintito por comprender esas máquinas. Así pues, cada vez que un circuito dejaba de funcionar, un programa almacenado en tarjetas perforadas perdía el orden, o una cinta magnética era cortada, llevaba las piezas inservibles a casa para dárselas a Pintito, quién con gran atención trataba de imaginar la manera en que deberían funcionar.

Un buen día decidió Pintito empezar a construir un robot con todas las piezas que tenía. Lo primero que hizo fué dibujar los planos conformados por la estructura hasta los detalles finales, como cámaras de televisión en los ojos, para transmitir lo que el robot veía en su caminar por el mundo. Pintito armó pues la estructura con las partes de una vieja autopista de juguete. Poco a poco iba integrando los circuitos dañados, mas con fines decorativos que funcionales. Lo guardaba debajo de su cama junto con seres imaginarios, como los jalominos y las escapamáticas. En su imaginación el robot funcionaba de verdad. Cuando tenían visitas, sobre todo de niños, don Pinto le pedía a Pintito que les mostrara el armazón del robot. En un tono muy serio, los dos les explicaban a las visitas como funcionaría una vez que estuviese terminado. Los dos estaban orgullosos del robot, pero sobre todo uno del otro.

Tiempo después don Pinto le regaló a Pintito una computadora de verdad cuándo éste tenía 13 años. En ese momento le enseña las bases de la programación. En realidad Pintito no quería una computadora, si no una consola de juegos, como un Atari o Intellevison. Tener una computadora en aquellos tiempos no era del todo malo, por que en teoría era posible jugar si se tenía el software adecuado. Pero para esa Timex-Sinclair 2048 (la versión americana del Sinclair Spectrum) no había software en México. Lo que sí era fácil de conseguir, eran libros para programarla, de la editorial española Gustavo Gili. La cosa era bastante clara: para poder hacer sus propios juegos, Pintito tendría que aprender a programar. Así lo hizo. A los catorce años, motivado por jugar, podia programar en ensamblador del procesador Z80. ¿Habrá sido acaso todo un truco didáctico de don Pinto?

Si asi lo era, entonces don Pinto lo hacía muy bien, por que nunca le dijo a Pintito que tenía que leer o escuchar música clásica. Cuando Pintito veía a su padre pasar mucho tiempo con los libros y escuchando sus discos, se preguntaba qué había tan interesante en ello, y así él mismo fué leyendo los libros de su padre y escuchando su colección musical.

Un buen día Pintito descubrió entre los discos un tesoro que cambiaría su vida: la novena sinfonía de Beethoven. Era una grabación de colección bajo el sello Deutsche Gramaphon, dirigida por Herbert von Karajan al frente de la filarmónica de Berlin. Su descubrimiento mas grande no fueron las escalas trepidantes del primer movimiento allegro ma non troppo un poco maestoso, ni tampoco los fieros redobles de los timbales del scherzo, ni la magistral coda lírica del tercer movimiento. Su descubrimiento mas grande fue el texto en alemán de la oda a la Alegría escrito por Schiller. Pintito quedó igual de estupefacto ante ese lenguaje críptico que ante las enormes computadoras del trabajo de don Pinto. Todos los sentimientos desencadenados por esa obra monumental despertaronle el deseo de algún día poder entender ese idioma. Sin darse cuenta estaba dando el primer paso rumbo a Alemania.

Durante largo tiempo, mientras pintito estudiaba la carrera de ingeniería electrónica, don Pinto y Pintito se separaron, tal vez por ser tan parecidos. No hablaban de lo que les gustaba, de música, de computadoras, tampoco jugaban ajedrez juntos, ni mucho menos hablaban de sus sentimientos. Los dos ocultaban su gran sensibilidad bajo una máscara de dureza. Quizá por miedo a que el otro supiera exactamente lo que el uno pensaba.

Pintito pudo concretar en el año 2000 su sueño de ir a Alemania, no obstante por caprichos de la vida, don Pinto no había podido visitarlo desde hace seis años. El verano del 2006 fue la oportunidad para ambos de reencontrarse. No solamente hablaban de trenes, y viajaban en tren, si no que corrían tras los trenes. Hasta parecía un ritual. En cada ciudad, no sentían el paso del tiempo en la sobremesa por la amena conversación, hasta que uno de los dos hacía notar que en ese momento tenían que irse para alcanzar el tren. Pagaban la cuenta, tomaban las maletas y echaban a correr.

Después de un arduo día lleno de emociones en Praga, don Pinto y Pintito tomaban unos tequilas en una taberna. Don Pinto contaba como muchas personas aseguraban que él era de carácter huraño y poco amistoso. Sin embargo no se daban cuenta de su sensibilidad y atención para las finezas. Era una alusión involuntaria al testamento de Heiligenstadt de Beethoven, que los dos pudieron leer juntos días después en la casa dónde fue escrito. Mas tarde, mientras hablaban de un disco compacto de los trios de Schubert que había sido secuestrado por Pintito en su última visita a México, con voz temblorosa y entrecortada, don Pinto decía “es que cuando escuchas el “Notturno” el sentimiento es tan profundo, que te dan ganas de ….” Pinttito lo interrumpió colocando la mano sobre el hombro de su padre, lo vió directo en los ojos y no dijo nada. Ambos lo sabian y lo habían sentido, pero era algo tan íntimo, que no lo habían compartido con nadie.

Pintito sabe que está en Alemania gracias a don Pinto y el interés que despertó en él a temprana edad. Por ello quiere agradecérselo y mostrarle que de no ser por él, no hubiera sido posible lograrlo. Así es como se invierten los papeles: Pintito lleva a don Pinto a los laboratorios de la firma de semiconductores líder del mercado, qué es dónde él trabaja en el aea de investigación, y le muestra como desarrollan la tecnología de los próximos 10 años. Don Pinto lo observa todo con gran atención, cómo hace varios años ha hecho Pintito, quién lo único que desea es darle las gracias a su padre, y hacerlo sentir todo como un logro propio. Como cuando presentaban el robot de Pintito a los niños, los dos vuelven a sentir ese inefable orgullo mutuo.

Llegó también el momento de despedirse. Don pinto lleva puesto un sombrero tirolés que le sienta bien. La compañera de Pintito, a quién deben sus nombres, y quién ha estado con ellos gran parte del tiempo, está presente también en la despedida. Los tres se abrazan y con lágrimas en sus rostros hacen planes para encontrarse muy pronto. La figura de don Pinto con el sombrero tirolés pasa con un lento andar nostálgico por el umbral del tunel rumbo al avión, para luego diluirse en la radiante luz de la mañana. Pintito solo dice: “Gracias papá”.

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Después de la lluvia

Posted by sudranoel on 3rd June 2006

Un sublime recuerdo ingrávido la abstraía estando en la playa bajo el sol. Sentía el agua turquesa del oleaje sobre su piel bronceada, y con la rodilla hundida en la arena lo evocaba vivamente. No podía distinguir la brisa fresca de las caricias que él le dejó grabadas bajo la piel como remembranza. A pesar de su ausencia, sentía su cercanía. Lo podía entonces respirar y acariciar suavemente.

Con nostalgia recreaba aquél encuentro en el bosque una tarde de verano, apenas un par de días atrás. Había llovido y se respiraba un cálido aire húmedo mezclado con un aroma a tierra mojada. Desde su refugio él la observó lentamente levantarse del nicho que la había resguardado de la tormenta. Extendió sus brazos al cielo y con una sonrisa estiró una pierna dibujando la estampa de una bailarina de ballet. Con sus pies descalzos sobre la hierba fresca se contorneaba en una exquisita danza consagrada a la comunión de su cuerpo con la naturaleza. Creía hacerlo para si misma, por que no adivinaba la proximidad de su amante. El suave elegante baile envolvía una semilla erótica que rápidamente adquirió grandes dimensiones transformándose en una avalancha voluptuosa. La voluntad de resistir se derritió. Entonces salió de su escondite y sin que ella lo mirase todavía, se fue acercándole lentamente.

Ella escuchó las leves inmersiones de sus pies en los charcos de agua a cada paso. Eso la hizo volverse para mirarlo de frente. De inmediato lo reconoció obsequiándole una amplia sonrisa mientras continuaba trazando con su cuerpo finas líneas curvas en el aire. Él permaneció inmóvil por un instante contemplándola. Al salir de su letargo atina a llegar hasta dónde ella.

Se pensó como un árbol que permitía aproximarsele a alguien hasta su tronco abrazándolo con las hojas de su copa en el seno de su intimidad. Es justamente con las hojas de un árbol, que proyectaban juegos de sombras sobre su tersa piel perlada, con lo que él la toca por primera vez. El roce de las hojas en su espalda le produjo una descarga de bienestar. Él continuó deslizando las hojas hasta llegar a sus hombros, y luego su cuello. En ese punto sus labios sustituyen a las hojas rozando levemente todo lo largo del cuello. Poco después encuentran la boca y cierran la excursión con un profundo beso.

En el momento mismo que el primer contorno oculto por un ligero vestido veraniego es desvelado, ambos se estremecen ante lo que inevitablemente ocurrirá. Al siguiente instante, el vestido que contenía aquella esbelta silueta femenina, yace informe en el suelo. Sobre el pubis hay un estrecho sendero señalando el rumbo. A manera de Adán en el paraíso, él también deshoja su figura sin dejar de besarla apasionadamente. Su respiración es muy pesada y profunda. En un parpadeo se separan para degustar visualmente el entremés de sus cuerpos desnudos. Los redondos pechos, como pendientes frutos maduros, yerguen sus puntas invitándolo, casi exigiéndole ser humedecidos y succionados por su boca cálida. Sin manera de escapar a tal mandato los complace a mas no poder con jugueteos de su lengua. Sus piernas flaquean. Ella se tumba de espaldas sobre la hierba mientras sus exhalaciones corrompen el silencio espiritual. Una breve pausa. Él permanece de pié. Ella no puede aguantar más, y eleva sus piernas al aire suplicando que él la tome. Siendo el dueño de la situación, da un decidido paso hacia adelante y le tiende el brazo. Arrastrada por las alas del deseo que buscan saciarse devorando pasión masculina, sujeta la mano extendida para tomar impulso y levantarse en un santiamén. Sin soltarla le toma la otra girándola como figura de baile, hasta que ella queda de espaldas a él. Sus manos en todo lo alto son conducidas a posarse sobre la corteza de un roble. Su sexo es un dulce higo jugoso a reventar situado en el acceso del placer. De un momento a otro las llamas del fuego pasional lo consumen todo. Gritos y jadeos son su crepitar. Los dos vibran juntos, como si fueran ya uno mismo. Las vibraciones escalan paulatinamente hasta el punto en que son lanzados al aire por una explosión resonante y quedan suspendidos electrificándose.

Ahora todo es calma. Han descendido como burbujas de jabón hasta tocar el suelo. Los dos se recuestan. Ella se acurruca y de inmediato queda dormida plácidamente. Poco después despierta sobre las hojas a su lado, y se voltea para besarlo en la frente tomándolo entre sus brazos. A partir de ahora estarán estrechamente unidos por una fuerza magna inmune a la distancia. Saben que pronto tendrán que despedirse sin fecha de reencuentro. Antes de terminar aquél largo abrazo, sus últimas palabras al despedirse fueron: “lleva contigo éste abrazo a casa”.

Desde el mar se percata de evocar en realidad al bosque, por que esa inolvidable tarde, junto con todos los sentimientos desencadenados, quedaron grabados allá.

Fotografía: Skonja

Texto: Leonardo

Las fotografías conforman la exposición “Baum Bilder” y son presentadas por cortesía de Skonja.

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