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II.Quattroball: La justa y el jolgorio

Posted by sudranoel on 10th July 2007

Las tiendas de campaña estaban ya en pié. Eran una alfombra multicolor sobre el verde de la pradera alrrededor del campo de la contienda, donde se erguían también las porterías de handball, que esperaban pacientemente ser el centro de atracción al día siguiente. Aún era más llamativa la urdidumbre de música, voces, cantos y olor a carne asada de los campamentos.

Hicimos una ronda de reconocimiento. Se hablaba con todo mundo sobre la competición. Todos querían tantear el terreno. A lo lejos una voz cantaba en ostinato. “¿De dónde vienen?”. La voz se acercaba. “Nosotros venimos de Braunschweig”. El tipo que canta parece que ha tomado demasiado. “Estamos en el grupo A y es la primera vez que participamos”. El tipo que pretende cantar (mas bien emite sonidos guturales) está muy cerca de nosotros. “Hay equipos que entrenan todo el año para éste torneo.”. Siento una mano sobre mi hombro y por el grito desafinado solamente puede ser aquél. Lo saludo y mágicamente deja de cantar para conversar con nosotros. Desde su primera palabra nos llega un tufo a cerveza que embriagaría a un búfalo salvaje. A pesar de ello el tipo podía conversar. “A nuestro equipo no le importa la competencia. Sólo estamos aquí por el jolgorio”, nos decía. “Sólo por curiosidad..” pregunté, “¿en que grupo está tu equipo?”. “En al A”, nos dijo. Nuestras miradas se iluminaron pensando que si el resto del equipo estaba en el mismo estado que ese jovenzuelo, teníamos un rival menos del cuál preocuparnos. “¿Cómo se llama tu equipo?”. Se irguió para responder con aire de orgullo “El reuma de Carlos”. Todos nos miramos conteniendo la risa. Alguien pregunta “¿quién es Carlos?”. El chico se encoje de hombros y sigue su camino. Apenas ha dado unos pasos y retoma sus cánticos. Ahora puedo entender lo que dice: “¡El reuma! ¡el reuma! ¡el reuma de Carlos!”.

La lluvia extingue los cantos y el fuego de los asadores. Con el fuego también se extingue la luz del día. Después de una cena de carbohidratos nos internamos en las tiendas de campaña y nos metemos en los sacos de dormir. Una de las tiendas tiene todavía lodo fresco del festival-Hurricane, (el festival de pop y rock mas grande de Europa) celebrado una semana antes en las cercanías de Hamburgo. Tal vez ello invocó la presencia de Thor esa noche, para que dejara caer su trueno y furia líquida sobre las frágiles tiendas. El golpeteo arrítmico de la tormenta sobre la lona era la única voz que se escuchaba en el campamento. Llovía a cantaros sin tregua. El agua escurría y me parece que buscaba frenéticamente como entrar sin conseguirlo. Encapullado en el tibio saco de dormir me maravillé de poder estar seco. Ese fué mi último pensamiento aquella noche en medio de la tormenta.

A la mañana siguiente nos encasquetamos las casacas azules que nos daban nombre y fuimos a ver el rol de juegos. ¿Contrá quién nos tocará jugar? ¿con qué deporte iniciaremos? “Blue men group vs El reuma de Carlos - Volleyball” . Gritamos de júbilo. Antes de desayunar nos encontramos con nuestros refuerzos de Munich: Sabine, Anja, Nina y Frank. Éste último hablaba muy bien español, con un acento sudamericano. De hecho lo daba por chileno. Sabine era su novia y la entrenadora de Handball de Anja y Nina, ambas educadoras de jardín de niños. Ahora estábamos completos. nos aguardaban ocho juegos ese día; dos por cada deporte.

Empezamos a tambor batiente. El juego inagural de Volleyball contra “El reuma de Carlos” fué ciertamente un jolgorio. Al terminar el partido nuestro azul se fundió con su naranja y bramamos su grito de batalla con vehemencia: “¡El reuma! ¡el reuma! ¡el reuma de Carlos!”

El siguiente juego era de baloncesto. Estaba pues en mi elemento, aunque sabía que encararíamos rivales fuertes. La región de Bamberg es basquetbolera de abolengo. Antes del salto inicial, los del otro equipo nos vieron hacia arriba y preguntaron: “¿cómo es que están tan grandotes?”. Teníamos un promedio de estatura decente, algo como 1.85 m. El silbatazo inicial desató la ráfaga sobre la duela. Ese juego también lo ganamos.

Llegaría para mí la hora de la verdad. Jugaríamos Handball. Antes de que me explicaran las reglas calentamos lanzando la pelotita. Al principio se me escurría de las manos, pero me acostumbré a ella rápidamente. Sabine esbozó la estrategia, y me incluyó en la alineación titular. Mi divisa era estirar los brazos en la defensa. Notamos que el equipo rival no contaba con mujeres, pero eso no alteró la alineación de Sabine con las dos pequeñas y dulces rubias dieciochoañeras al frente. Al lado de aquellos mastodontes eran unas muñequitas de aparador. El juego inició. A pesar de estar acostumbrado a los deportes rudos de contacto, como el football americano, mi recato basquetbolero me impedía mover los pivotes al avanzar y someter prácticamente a los atacantes. Por fortuna el ejemplo me lo dieron aquellas dos dulzuras que sobre el césped se transformaron en bestias iracundas de pelea. Se dejaban ir con enjundia y sin piedad sobre la línea defensora como arietes con catapulta. Nada de canciones infantiles. Nada de campanas de cristal sobre ellas. Al atacar sus ojos azules tendrían el rojo destello de Aldebarán y a su mirada temería el mismísimo Lucifer. La primera vez que me dieron el balón al ataqué, sorprendí a la defensa que esperaba me dejará ir de lleno, y a un escaso metro de dónde se encontraba su línea me impulsé con el brazo extendido superñe su línea, fustigué como látigo desde lo alto. El balón se le coló al portero entre las piernas. Ese fué nuestro primer gol en Handball, y el motivo de que le tomara gusto. Cada vez hacía el disparo mejor, sobre todo por que iba perfeccionando el gesto de sarraceno sanguinario. Nina y Anja anotaron muchos goles también. Ese juego lo ganamos por un gol.

Con un inicio bastante promisorio marchábamos invictos. Pero vendría el maldito fútbol donde nos han puesto un baile de antología. 7-0 fué el resultado final. La frustración por el resultado nos desconcetró de tal forma que perdimos el siguiente juego de volleyball por errores innecesarios. En otras condiciones hubiésemos ganado sin problema. Ganar en baloncesto nos alzó un poco la moral, pero enfrentamos un equipo de Handball que nos hizo volver a la realidad. Además vendría otra vez el tormento del futbol al final de la jornada: 6-0. Sin palabras.

En una pizzeria nos encontramos al primer equipo de fútbol que nos apaleó. Con acento bávaro nos dijeron que iban en último lugar. De hecho, ese juego de fútbol era el único que habían ganado hasta el momento. Incluso “el reuma de Carlos” estaba mejor clasificado que ellos. También nos hicieron saber, el otro equipo que nos ganó en futbol era nada menos que el campeón regional de futbol.

Clasificamos al grupo D para disputar estar entre los 50 mejores equipos, de un total de 100, al día siguiente. Estábamos de verdad aporreados después de 8 horas de deporte. Por cierto, nunca me había cambiado tantas veces de zapatos en un día; zapatos para jugar volleyball y handaball en el césped, zapatos con tachones para fútbol, zapatos para básquetbol sobre duela…

El domingo quedamos tablas en volleyball (ganamos uno y perdimos uno). Igualmente sucedió en handball. Un hecho sobresaliente fué que festejamos nuestro único gol anotado por Frank en fútbol como si hubiese sido el del campeonato. Además el último juego lo perdimos nada mas 2-0. ¡Por lo menos ya se escucha como marcador de fútbol! En basketball nuestra intención era mantener el invicto, pero tuvimos un deja vu a la inversa: Antes del salto inicial, vimos a los del otro equipo hacia arriba y les preguntamos: “¿cómo es que están tan grandotes?”. Tenían un promedio de estatura de 1.98 m. También quedamos tablas pues.

Después de otras 8 horas de deporte el domingo emprendimos el regreso a Braunschweig bastante mermados físicamente. Yo, que era el que sin duda en mejor estado físico se encontraba (no gemía al caminar), tenía una lesión en las extremidades por cada deporte, a excepción del Handball de donde milagrosamente había salido indemne. En el auto, cuando nadie hablaba ya por el cansancio, transmitieron por el radio el tema de Rocky. Esa fanfarría de trompetas a la usanza romana nos levanto la moral. La tarareamos a coro, reimos y nos hizo sentir victoriosos. Así perjuramos que regresaríamos el año entrante.

Historia relacionada:

I.Quatroball: Con Werner a Werneck

Nota al margen: Si algún lector quiere reforzar nuestro equipo para el próximo año (del 5 al 6 de julio del 2008) es cordialmente bienvenido. Aqui hay mas fotos del evento.

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Una noche borrascosa en Berín.

Posted by sudranoel on 23rd May 2007

¿Estamos muy lejos? pregunto. El viento me responde al arrancarle el mapa de las manos estrellándomelo en la cara. Buscamos refugio bajo un puente cerca de Alexander-Platz. Ella examina el mapa mientras trata de alisarlo, pero no encuentra la calle. Harta de detener el mapa con fuerza, anuncia: “voy a preguntar en éste café” y desaprece en un santiamén dejándome a la intemperie con el mapa arrugado en la mano. Con el inconfundible palacio municipal rojo y la descomunal estatura de la torre de televisión a nuestras espaldas logro ubicar nuestra posición e identifico la dierección en que debiéramos hacernos a la marcha. Ella sale del café y desde la puerte corrobora con su pulgar el rumbo.

Nos enfilamos hacia nuestro destino. A unos metros de haber abandonado el puente, empieza a llover. Abrimos los paraguas. Ahora es mas difícil ver el mapa, por que cada uno lleva en una mano el paraguas y en la otra su maleta. Por si fuera poco, caminar con el paraguas abierto en contra del viento es extremadamente difícil. Me parecía que por cada paso que avanzaba retrocedía dos. Vacilo por un instante. Me doy la vuelta señalando mi intención de regresar bajo el puente. Ella asiente con la cabeza. En ese momento el viento cambia de dirección. Así pues, en el intento de retornar al refugio fué que llegamos a la puerta del hotel que buscábamos. Pareciera que alguna fuerza sobrenatural nos usaba para entretenerse. Al cerrar el paraguas justo antes de dar el paso para cruzar la puerta, la última ráfaga lo volteó con furia, y me llevó de regreso a la tormenta. Luché para ponerme en contra del viento y así lograr que el paraguas retomara su forma. Por fin logramos cruzar el umbral de la puerta sanos y salvos. Escurro el paraguas y me percató que él no había conseguido llegar incólume.

Nos presentamos frente a la recepcionista empapados y con los cabellos revueltos. Como si nuestra apariencia no le inmutase en lo mas mínimo nos dice:”Buenas noches. Bienvenidos al hotel Norecuerdoelnombre. ¿Qué puedo hacer por ustedes?” Mi compañera le responde con gran tranquilidad: “Tenemos una habitación reservada a nombre de K. y A.” Un gesto de incredulidad invade su rostro. Revisa en el sistema y dice: “¡Ah! la suite en el último piso” y nos entrega la llave sonriendo. Ahora los incrédulos éramos nosotros. De pronto os vientos nos eran propicios ¿cómo habíamos logrado tener una suite prácticamente en un penthouse? ¿era acaso la recepcionista la mismísima fortuna imperatrix mundi que ahora nos sonreía?

Abrimos la puerta de la suite como si se tratara de la cámara de un tesoro. Quedamos deslumbrados al encender la luz y descubrir que había aún varias puertas por abrir. Al tiempo que abrimos una a una cada puerta iba creciendo nuestra sorpresa. Un recibidor, una sala de estar, una cocina, un cuarto de baño con jacuzzi, y una amplísima recámara. Elevamos pues los brazos al cielo para rendir tributo a la generosidad de la vida y nos abrazamos eufóricos. ¡Qué fin de semana nos espera!

La cama está impecablemente tendida. Sobre el escritorio había bebidas y bolsas con botanas. “Deben ser parte del servi-bar, y las dejan ahí como olvidadas para que casi sin querer las consumas” expliqué. Después de escrutinar visualmente el amplio territoro con lentitud, nuestros ojos descubrieron dos maletas. En un lugar así, y dada nuestra buena fortuna, sólo podían ser cofres de tesoro. Seguramente estaría repletos de doblones españoles. Pero no lo estaban. Tenían ropa. Mi mente trató de buscar una explicación: siendo la habitación tan amplía, seguro que el último huésped las olvidó. Mas me tardé en elaborar que en deshecahr mi conjetura, por que esa y la ropa que encontramos en el armario era sin duda el equipaje de alguién que andaba de vacaiones en Europa por lo menos dos semanas.

Llamamos a la recepción. Igual que nosotros no lo podían creer. Simplemente no era posible, no había nadie registrado en el sistema. Nos preguntaron si las maletas tenían algún nombre o dirección. Efectivamente había una tarjeta con los datos: Ricardo Iglesias, México.

¿Estaba Ricardo en nuestro cuarto? ¿o nosotros en el suyo? No lo puedo decir. Tampoco el personal del hotel podía. Terminaron por cambiarnos de habitación; primero a una mas pequeña pero con un insoportoble hedor a gato, y tras nuestra reclamación terminamos en una similar a la primera pero no en el penthouse, si no 5 pisos abajo de dónde pernoctaba Ricardo.
Así fué como casi conozco a un compatriota a miles de kilómetros de México.

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Desde 1429

Posted by sudranoel on 6th May 2007

Hace varios ayeres era siempre todo un gran acontecimiento ir a visitar a mi tía María Luisa en su trabajo. No recuerdo exactamente de qué área ella era responsable, pero siendo ingeniera química seguramente controlaba alguna parte del proceso de producción de las “chaparritas el naranjo”. Tratábase pues de un refresco sin gas muy popular entre los niños de aquél entonces que era embotellado en un pequeño envase. De ahí el nombre de chaparritas. Lllegábamos a buscarla entre los matraces, probetas y otros tarantines de laboratorio, y luego nos conducía por toda la fábrica explicándonos el proceso. El recorrido terminaba invariablemente en una bacanal de azúcar pintada. Probábamos todas la variantes y frecuentemente llevábamos una o dos cajas a casa.

Esos fueron los únicos excesos que tuve durante los primeros 10 años de mi vida. Luego vinieron 18 años vida monástica consagrados al estudio y al deporte. Ni a través de burlas ni de recomendaciones ninguno de mis amigos pudo convencerme de probar el alcohol. No obstante, me reblandecí cuando por primera vez vine a Europa, concretamente a Austria. Traía en mis alforjas una botella de vino mezcal, mejor conocido como tequila, como obsequio para mis anfitriones. Por un momento me sentí muy incómodo por llevar un producto que no era capaz de probar yo mismo. Queriendo a la vez obsequiarles el gusto de beber tequila original con un mexicano original, no decliné su invitación para acompañarlos, y le dí fondo al caballito frente a mí. Al año siguiente conocí a una alemana quién me sedujo para degustar por primera vez el espumoso néctar de la cerveza. No detallaré ahora la forma en que lo hizo.

Los tiempos cambian. El tequila, y la cerveza han confluído en mi experiencia hasta llegar al mes pasado, periodo en el que he presenciado in situ sus procesos de fabricación, como alguna vez lo hice con las chaparritas.

Sin duda alguna la cerveza es parte de Alemania. Suele ser un lubricante para la rígida y oxidada forma de socializar. Tal vez por ello es un gran objeto de culto y tradición. Precisamente a manera de evento de socialización con los colegas del trabajo, visité recientemente una cervecería en Wittingen. Aunque ya no pertenezo al equipo que pretendía estrechar los nexos de sus colaboradores, recibí la invitación. A si mismo mi actual jefe estuvo de acuerdo en que asistiera asi que un día libre en una cervecería ¿a quién le dan pan que llore?

Desde el momento en que bajamos del tren es de notarse el manto aromático de cerveza que cubre Wittingen. Me transportó al paso por el puente de Marina Naciona frente a la fábrica de grupo Modelo, productores de la cerveza Corona en la ciudad de México, dónde el aire contaminado es sometido por el mismo olor a cerveza.
Tanques

Tubos

Nos guiaron por toda la fábrica con explicaciones detalladas del proceso. La cervecería en cuestión se jacta de ser la cervecería privada más antigua de Alemania, habiendo sido fundada en 1429, y que la receta empleada data de aquella fecha. A través de la jungla de tanques cónico-cilíndricos, tubos, y bandas mecánicas llegamos hasta el sitio dónde se embotella la cerveza. Al igual que en la fábrica de “las chaparritas” es la sala con mas dinamismo. Botellas suben, bajan chocan, bailan, y se apretujan para terminar transportando el preciado líquido.

Ballet de botellas

Me gustaría detallar un poco el proceso, sin embargo no entendí una sóla palabra. Entre el dialecto del guía y la repicante maquinaria, fuera de palabras aisladas, el discurso era ininteligible. Ya en una sala con menos decibeles de fondo, nos resumió el proceso con generosidad y benevolencia: “Hemos visto la forma en que se produce la cerveza manualmente. Hoy en día sólo hay que alimentar las máquinas con agua, lúpulo y cebada y esperar una semana a que salga cerveza del otro lado”. Eso es todo lo que aprendí de la visita. No se recomienda preparar cerveza en casa usando ésta receta.

La original 1429Llegó la hora del festín. La verdadera razón de nuestra visita a la cervecería. El vivaracho y extrovertido vietnamés Thang (conocido también como string thang en las bajas esferas), se sentó a mi derecha. Soberano y dueño de su juicio me dió indicaciones de detenerlo si es que intentara ligarse a las meseras (todas sobre los 45 años). Lo ataría pues a la silla como Ulises al mástil al paso de la isla de las sirenas. Probamos la primera rubia, le siguió la morena y luego una pelirroja. Thang, con su visión aguda, identificó en la mesa vecina una cerveza embotellada (todas las que habíamos probado hasta el momento eran de barril). La etiqueta era roja y azul y se alcanzaba a distinguir un número. Lo comisioné para que le preguntara a la mesera, aunque deteniéndole las manos. La mesera nos dijo: ” se trata de la 1429 (el año de la fundación). Es una cerveza clara pilsner con 5,6% de alcohol, pero un sabor muy suave”. Sin pensarlo dos veces pedimos que aquella rubia con carácter nos acompañara la siguiente ronda. Apenas la mesera se había dado la vuelta cuando Thang grita a los cuatro vientos intentando parafrasear la explicación recibida sobre la 1429: “Hey Jungs, knall aber voll rein!” (algo así como: “¡Chavos, es explosiva pero se pasa bien!”). La cantinera lo escucha, se vuelve hacia nosotros e indignada tal vez por la omisión de palabras concretas que había empleado, como el contenido de alcohol o la referencia a la suavidad del sabor, o que tal vez pensaba que la expresión se refería a ella misma, le replica con gesto duro “¡Yo no dije eso!” . Ese ademán nos arranca una carcajada.

El lubricante social surte efecto. Al principio todo es compostura. Mientras se van consumiendo la cervezas se comparten mas intimidades. Hay colegas con quienes sólo se puede hablar usando el conjunto de instrucciones del P56c, sus extensiones de 64 bits, o en el mejor de los casos en puro y llano hexadecimal. El alcohol parece humanizarlos. Por ejemplo uno de ellos, una verdadera máquina de sintetizar net lists, con cabello largo y crespado como de micrófono, lentes redondos y la carne de las encías que se le prolongan entre los incisivos, habló por primera vez conmigo sobre algo que no tuviera que ver con el trabajo. Me preguntó por la forma de ser de la vida en México y las razones que me habían traído a Alemania. Me confesó también que nunca ha estado lejos del terruño dónde nació. Me pareció distinguir en su rostro un anhelo por salir a recorrer el mundo.

Emprendimos el regreso con una caminata hacia la estación de trenes. Bert y Michael, mi ex-jefe y quién me había invitado a la expedición, parecían escolapios de secundaria acarreando sendos six-packs en cada mano ¡Vaya ingenieros especializados! Algunos como yo, seguramente también versados en visitar refresquerías durante su infancia, con toda alevosía, y ventaja pensaron con antelación en llevar bolsos a su espaldas, los cuales retacamos con el botín. Así pues en el tren no carecimos de fluídas…conversaciones. Thang por ejemplo hablaba indistintamente con veinteañeras y sexagenarias.

Las imágenes que aquí presento, por alguna misteriosa razón están mas enfocadas que como las tengo registradas en mis recuerdos. Doy mi palabra que no han recibido tratamiento digital.

Ahora con mi nuevo equipo de trabajo tengo un evento similar dentro de dos semanas. Visitaremos el museo de la computación en Paderborn, para rematar en un Biergarten. Ya reseñaré.

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Sente – Acción en el área 56

Posted by sudranoel on 27th May 2006

Durante una escala en la nublada Londres atravieso el aeropuerto de Heathrow. Me llama la atención, que en comparación con Alemania todo se ve mas viejo, descuidado y polvoriento. Ya en el avión, saqué El libro de la imaginación de Edmundo Valadés que me había recomendado Miguel Ángel. Me disponía pues para apoltronarme en la butaca y degustar su lectura, cuando el muchacho de aspecto japonés a mi lado, al ver el libro, me pregunta en español si vengo de España. Me sorprendió su castellano tan fluído.

Conversamos un buen rato en español. Cuando se presentó oficialmente y me dió su tarjeta, empezó a hablar en inglés. En la tarjeta había un “56” impreso en el fondo, y un gorila digital con cara de sorpresa en primer plano. Se presentó como desarrollador de animaciones en 3D, es decir digtal artist. Curiosamente él pensaba, a juzgar por el tamaño del maletín de mi laptop que era tan grande como el suyo, podía alojar a un oordenador similar al suyo, y por ende yo también me podría dedicar a crear esos mundos virtuales. Esa era la verdadera razón por la que había iniciado la conversación conmigo, aceptó. Eso de las animaciones en 3D lo intenté alguna vez hace muchos años. Nada en forma sólo experimentos. Recientemente había realizado un par de audivisuales. De esa manera tuvimos un tema en común de todos modos y mucha tela de dónde cortar.

Acababa de terminar sus estudios en la German Film School. Ciertamente había nacido en Japón. Siendo aún muy pequeño se mudó con su familia a Hamburgo en Alemania. “¡Yo vivo en Braunschweig!” dije y los dos sorprendidos continuamos la conversación en alemán. Se dirigía a Tokyo a visitar a su familia unos días, pero su objetivo principal era conseguir trabajo en Korea. Me contó también que en Estados Unidos había conocido a varios mexicanos, y que en Hamburgo ¡había aprendido a bailar salsa!

La chica japonesa al otro lado de mi asiento, nos preguntó en japonés de qué pais veníamos. Por suerte mi oxidado japonés alcanzó para responderle. En ese instante recordé la chamarra roja de Toño, e hice consciente todas las vueltas al mundo complertadas en lo que iba de la conversación.

Goro se llamaba el cosmopolita artista de 3D. Por eso el “56” en su tarjeta (5 es go en japonés y 6 roku o ro). Ese detalle era el primer atisbo en su océano de creatividad. Tenía muy claro lo primero por hacer al llegar a Tokyo: ir a Akihabara, el barrio dónde se encuentran tiendas de computadoras y aparatos electrónicos a granel, con la intención de comprar una tableta para dibujar a mano alzada. De inmediato anote el dato en mi libreta, lo que desató añoranzas por los tiempos en que solía recorrer la calle de República del Salvador en el corazón de la ciudad de México, en busca de componentes electrónicos tienda por tienda.

Mientras nos aproximábamos a Tokyo, fuí conociendo más a Goro. Hablábamos sobre cómo era posible crear esos mundos y personajes virtuales. A través del detalle del tamaño de mi maletín reconocí que trataba con un agudo observador, así le dije: “ Me imagino que gran parte del proceso creativo consiste en observar con atención personajes reales ¿cierto?” Los ojos se le iluminaron y con el dedo índice extendido como para señalar el punto preciso en un mapa imaginario, exclamó “¡exacto!”

Poco a poco fuí descubriendo el tsunami de creatividad que lleva dentro. De movimientos parcos y reservados, con una sencillez equiparable en magnitud a su genio creador, relataba cómo podía dar vida a cosas que no existen: “Una vez que conoces los movimientos de una figura, debes conocer tus herramientas, es decir software como Maya o XSI. El resto es simple”.

Para probar esa “simplicidad” echó a volar su ordenador y me mostró algunas animaciones que había realizado. Me quedé sin palabras.

Las animaciones en el orden que me las presentó son las siguientes

“A Hard Day’s Night” – 9.8 MB


“Kong and Bird” – 14.9 MB


Roger The Cat” – 6.5 MB


“The Orkbabies ” - 35 MB


“Interview With Carl Hawkins” – 12.1 MB


“The Beauty Of Life” – 35.9 MB

Para ver los videos, hacer click con el botón derecho del ratón sobre el nombre y seleccionar “guardar como”. Todos los archivos están en formato mov.

Es necesario tener Quicktime instalado :

Todas éstas animaciones son propiedad de Goro Fujita y se encuentran en su página: http://www.area-56.de/

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Fuseki - El comienzo de la partida

Posted by sudranoel on 25th May 2006

Toño tenía una chamarra roja. Mas bien era un rompevientos. En alguna pausa entre clases, le preguntaba por el origen de su chamarra. Como la palabra “Norway” estaba impresa sobre ella, siempre asumimos que venía de Noruega. Nuestro pasatiempo era inventarle una historia a la chamarra. No recuerdo la versión final, pro era algo así: “La chamarra es noruega, hecha en Singapur, llevada a América por un australiano de padres cubanos que estudió en Oxford…”. Ese era todo el contacto multicultural que teníamos, o por lo menos yo tenía en aquellos tiempos.

Me viene a la mente por que justo hace un año viví en carne propia el comienzo de una historia similar. La sinopsis es la siguiente: Un mexicano que vive en Alemania y que trabaja para una empresa estadounidense, va a Tokyo a visitar a un amigo tailandés que conoció en Stuttgart, y a un mexicano al que todavía no conoce, en Aichi, dónde se celebra a la sazón la feria mundial. De regreso casi pierde el avión por irse de parranda con un australiano, un japonés, un inglés, un alemán y su amigo tailandés.

Desde hacía años quería conocer Japón. Ya de niño aprendí a hacer figuras de origami. Con el paso del tiempo aprendí a cocinar especialidades japonesas. Luego , estando en Alemania, me inicié en el milenario juego del go, el juego de estrategia más antiguo sobre la tierra y mas complejo que el ajedrez. Crucé el umbral de no retorno tan sólo por despecho, al querer extender mis conocimientos de francés y darme cuenta que los cursos en la Universidad estaban llenos, me inscribí en un curso de japonés. Ese fué el inicio del viaje a la tierra del sol naciente.

El 2005 fué un año difícil, un año de altibajos. De regreso en Alemania trás haber pasado la Navidad en México, sonó mi teléfono. Era la llamada que desde hacía 5 años tanto temía recibir para darme la noticia que mi madre había muerto. Al día siguiente estaba de nueva cuenta en México al lado de mi padre. Dos semanas después regresé a Alemania bastante decaído. En el trabajo encontré sobre mi escritorio un reconocimiento por mi desempeño el año anterior, lo que me subió un poco la moral. No obstante, ese mismo día se anunció la cancelación del proyecto en que trabajabamos, poniendo en riesgo los empleos de todos los ingenieros que trabajábamos en ese sitio. Un panorama nada alentador.

Estando en México para las exequias de mi madre, recibimos la aceptación de un artículo enviado a un congreso en Japón, y la invitación para presentar el trabajo. Pattara, el co-autor de ese trabajo, de origen tailandés, vivía en Tokyo y me preguntó si yo podría ir a presentarlo pudiendo así aprovechar la oportunidad y visitarloa él también. No lo pensé mucho y acepté.

En mayo de ese año, después de varios meses de zozobra se anunció no sólo que la empresa dónde trabajo no cerraría en Braunschweig, si no que incluso tendría una expansión. También en esos días corrí por primera vez un medio maratón. Todo iba cuesta arriba. En unos días estaría en camino hacia dónde nace el sol.
Me aboqué a realizar los preparativos para el viaje. Primero para la conferencia, Andreas y Mohamed, dos amigos del trabajo, me habían ayudado a compactar todo y presentarlo en los 20 minutos que tendría a disposición. Skonja se la recetó varias veces para pulir detalles de selección de palabras e interacción con el auiditorio.

Sobre el viaje en sí había recibido también sabios consejos de Daniel san, mitad alemán y mitad japonés, quién me sugirió visitar las 5 ciudades del Shogun, a saber: Nara, Kyoto, Nikko, Kamakura y Tokyo. Pattara me recomendó comprar el Japan Rail Pass y asi poder viajar en el shinkansen o tren bala a precios razonables. Solamente es posible comprarlo fuera de Japón. Tres días antes de la partida, vi con Skonja la película Lost in translation.A partir de entonces estaba realmente nervioso por el viaje, sobre todo me estremeció la escena dónde una característica voz femenina japonesa automatizada dice por el altavoz: Welcome to the international Narita airport.

Unas horas antes de mi partida Yaotzin me pasó por teléfono los datos para contactar a su hermano, quién por coincidencia desde hacía unas semanas trabajaba en el pabellón de México en la feria mundial de Aichi.

Todo listo para el viaje. Las primeras piedras estaban ya sobre el tablero.

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