Toño tenía una chamarra roja. Mas bien era un rompevientos. En alguna pausa entre clases, le preguntaba por el origen de su chamarra. Como la palabra “Norway” estaba impresa sobre ella, siempre asumimos que venía de Noruega. Nuestro pasatiempo era inventarle una historia a la chamarra. No recuerdo la versión final, pro era algo así: “La chamarra es noruega, hecha en Singapur, llevada a América por un australiano de padres cubanos que estudió en Oxford…”. Ese era todo el contacto multicultural que teníamos, o por lo menos yo tenía en aquellos tiempos.

Me viene a la mente por que justo hace un año viví en carne propia el comienzo de una historia similar. La sinopsis es la siguiente: Un mexicano que vive en Alemania y que trabaja para una empresa estadounidense, va a Tokyo a visitar a un amigo tailandés que conoció en Stuttgart, y a un mexicano al que todavía no conoce, en Aichi, dónde se celebra a la sazón la feria mundial. De regreso casi pierde el avión por irse de parranda con un australiano, un japonés, un inglés, un alemán y su amigo tailandés.

Desde hacía años quería conocer Japón. Ya de niño aprendí a hacer figuras de origami. Con el paso del tiempo aprendí a cocinar especialidades japonesas. Luego , estando en Alemania, me inicié en el milenario juego del go, el juego de estrategia más antiguo sobre la tierra y mas complejo que el ajedrez. Crucé el umbral de no retorno tan sólo por despecho, al querer extender mis conocimientos de francés y darme cuenta que los cursos en la Universidad estaban llenos, me inscribí en un curso de japonés. Ese fué el inicio del viaje a la tierra del sol naciente.

El 2005 fué un año difícil, un año de altibajos. De regreso en Alemania trás haber pasado la Navidad en México, sonó mi teléfono. Era la llamada que desde hacía 5 años tanto temía recibir para darme la noticia que mi madre había muerto. Al día siguiente estaba de nueva cuenta en México al lado de mi padre. Dos semanas después regresé a Alemania bastante decaído. En el trabajo encontré sobre mi escritorio un reconocimiento por mi desempeño el año anterior, lo que me subió un poco la moral. No obstante, ese mismo día se anunció la cancelación del proyecto en que trabajabamos, poniendo en riesgo los empleos de todos los ingenieros que trabajábamos en ese sitio. Un panorama nada alentador.

Estando en México para las exequias de mi madre, recibimos la aceptación de un artículo enviado a un congreso en Japón, y la invitación para presentar el trabajo. Pattara, el co-autor de ese trabajo, de origen tailandés, vivía en Tokyo y me preguntó si yo podría ir a presentarlo pudiendo así aprovechar la oportunidad y visitarloa él también. No lo pensé mucho y acepté.

En mayo de ese año, después de varios meses de zozobra se anunció no sólo que la empresa dónde trabajo no cerraría en Braunschweig, si no que incluso tendría una expansión. También en esos días corrí por primera vez un medio maratón. Todo iba cuesta arriba. En unos días estaría en camino hacia dónde nace el sol.
Me aboqué a realizar los preparativos para el viaje. Primero para la conferencia, Andreas y Mohamed, dos amigos del trabajo, me habían ayudado a compactar todo y presentarlo en los 20 minutos que tendría a disposición. Skonja se la recetó varias veces para pulir detalles de selección de palabras e interacción con el auiditorio.

Sobre el viaje en sí había recibido también sabios consejos de Daniel san, mitad alemán y mitad japonés, quién me sugirió visitar las 5 ciudades del Shogun, a saber: Nara, Kyoto, Nikko, Kamakura y Tokyo. Pattara me recomendó comprar el Japan Rail Pass y asi poder viajar en el shinkansen o tren bala a precios razonables. Solamente es posible comprarlo fuera de Japón. Tres días antes de la partida, vi con Skonja la película Lost in translation.A partir de entonces estaba realmente nervioso por el viaje, sobre todo me estremeció la escena dónde una característica voz femenina japonesa automatizada dice por el altavoz: Welcome to the international Narita airport.

Unas horas antes de mi partida Yaotzin me pasó por teléfono los datos para contactar a su hermano, quién por coincidencia desde hacía unas semanas trabajaba en el pabellón de México en la feria mundial de Aichi.

Todo listo para el viaje. Las primeras piedras estaban ya sobre el tablero.