La cuenta regresiva ha comenzado. Faltan unos cuantos días para embarcarme a México. Apenas puedo creer que en una semana estaré otra vez tomando un café sentado en una banca frente a “El Jarocho” en Coyoacán, respirando el aire aquél dónde se mezcla el olor del café recién tostado con el olor de las rosas frescas que venden en la calle. De seguro ese escenario enmarcará amenas conversaciones con amigos, sobre todo con cicleros (neologismo introducido por mi madre para designar a todos aquellos ciclistas mal hablados y albureros que habían transmutado a su refinado hijo en uno de ellos).

Recrearemos la ceremonia de todos los domingos en que, al haber terminado nuestra vuelta matutina, en esa misma banca tomábamos alguna de las especialidades como capuchas, moka, cortao o express para acompañar la evocación de todos los acontecimientos ocurridos en la ruta: que si Rubéncio (aka Benni Tallaninni) había aguantado el infernal ritmo del primer grupo en la subida frente a Televisa, o que si durante el descenso Erinco Bigotone había alcanzado los 75 km por hora sobre el velocípedo, o la mancuerna que habían hecho Pepino Moretoni y Luiggi Lasagna para que el primero ganara el sprint final, o de como en su primer salida Joules embistió las rejas que dividen los carriles del periférico, con casco y bicicleta prestados, que por cierto era la legendaria “roña” de el güi. Todos esos temas eran hablados, desmenuzados y degustados a fondo junto con el café. Los episodios épicos eran luego decorados con recuerdos de pasajes chuscso, verbi gratia, el día en que Rubén quería impresionar a Mariana mostrándole como la bicleta era una extensión de su cuerpo y podía con ella esperar el siga en un semáforo sin avanzar o bajar los pies de los pedales, haciendo plena gala de equilibrio circense. Aunque nosotros estábamos habituados a observarlo hacer esos malabares, no lo estábamos a verlo revolcarse en el suelo tratando de zafar los pies de los pedales para levantarse después del azote que blandió desde lo alto de su extensión corporal como había ocurrido ese día. El pasaje se ha inmortalizado con el nombre de El marianazo.

Si mal no recuerdo, quién inició con el ritual del café fué Enrique. Cuándo me uní al grupo formado por el inge, Pepe, Juan Carlos, aka el güi, y el mismo Enrique, la tradición ya existía. En esos tiempos primígenios solíamos aconsejar en el café a Pepe para ganarse los favores de la jocosa, que era la candidata número uno para hacerla su pareja. Cada quién ofrecía su análisis detallado y lecturas de la situación para ayudarlo a lograr su objetivo. A final de cuentas terminó con Carolina, la hermana de la jocosa, así que sin lugar a dudas, aunque erramos el blanco, nuestra contribución se tradujo en un éxito rotundo.

También en ese foro se fraguaban los planes para la siguiente semana. Decidíamos entoces si es que saldríamos a carretera, y dependiendo de nuestro estado físico determinábamos la ruta. Ésta podría ser un recorrido normal, como los 70 km de ida y vuelta al mirador La Loma, los 80 km a Tres Marías, o también rutas que solo podían haber sido ideadas por un inquisidor, como irse a Tres Marías por Topilejo, con un ascenso Brutal, o ir y vovler a Cuernavaca el mismo día, o la temible vuelta a Tenango del aire, dónde en la bajada se podían alcanzar hasta 80 km por hora con el gran reto de tomar a esa velocidad una curva de casi 90 grados a la izquierda, en la cuál alguna vez nuestro Pepino Moretoni, nombrado aquí antes como Pepe, ganara su mote al aventarse un triple mortal al frente con todo y bicicleta al voladero. Fuera de algunos moretones y rasguños así como del gran impacto emocional para él y para mí, que lo vi desde atrás sostener ingrávido el manillar de su bicicleta en su camino rumbo al vacío con los pies a dos metros sobre mi cabeza, afortunadamente no pasó nada. No me pregunten como es que salió ileso, por que no atestigüé el aterrizaje. Eso sí, la horquilla de la bicicleta se deformó, así que el regreso a casa fué todo un calvario.

El ritual comenzaba realmente desde la noche del sábado, en que, a manera de velación de armas, Moretoni y yo nos reuníamos para limpiar las bicicletas rayo por rayo y hacer todos los ajustes mecánicos necesarios para alcanzar nuestro mejor rendimiento. Ajustábamos chicotes y cambios, engrasábamos los baleros y nivelábamos los rines. De fondo musical teníamos el programa de radio “El jazz, música de nuestro tiempo” transmitido en la estación opus 94, donde por ejemplo, por primera vez escuché al rey del cool Miles Davis. A esa hora también transmitían semanalmente un programa llamado “gato macho” que eran entrevistas al pintor José Luis Cuevas hechas por Carime Lara, mujer de voz aterciopelada. Durante la entrevista, el maestro Cuevas contaba de su vida, inspiración, y sus relaciones con las mujeres, sobre todo de su paso por Paris, cosa que a mí me servía para forjar varias estampas de la vieja Europa y anhelarlas.

Esas mañanas domingueras eran sin duda también muy coloridas para los transeutes de Coyoacán, quienes al encontrarnos hablando acaloradamente, veían en nosotros a seres espaciales que portaban cascos aerodinámicos, lentes de realidad virtual, y estaban ataviados con ropa ajustada de colores mallativos… perdón, quise decir llamativos. Nuestra forma de caminar también llamaba la atención; las placas de enganche a los pedales que llevábamos en la suela de los zapatos, hacian que todo el peso lo tuviéramos que apoyar sobre los talones. La mejor forma de describir nuestro andar, la escuché venir de una señora que, no sin dejo de respeto hacia nosotros, decía:”Mira hijo, esos muchachos caminan como pollos espinados”. Era también muy traicionera esa forma inusual de caminar. Por ejemplo, durante una pausa para rellenar las ánforas, caminábamos frente a un comercio para retomar las bicicletas. Nos sabíamos además observados por un grupo de damas jóvenes. Con plena conciencia de que nuestros atuendos multicolores y nuestra piel tostada por el sol las hipnotizaba, avanzaba yo con seguridad fingiendo no advertir su presencia procurando pues extraviar la mirada. Lo que en realidad no advertí fué que había agua derramada sobre el suelo. Así repentinamente sobre el horizonte pude reconocer mis pies calzados en esos desgraciados zapatos de ciclismo. El dolor del aterrizaje fué mayúsculo, pero despreciable comparado al del orgullo lacerado por las risas de las jóvenes damas.

La inspiración la tomábamos de las hazañas de los grandes ciclistas de entonces, que llegaban hasta nosotros a través de revistas españolas, ya que no había mucha cobertura del ciclismo europeo en México. Muy por encima de todos estaba Miguel Induraín quién dominaba el mundo del ciclismo en el equipo Banesto, le seguían corredores que teníamos en alta estima como Gianni Bugno y Laurent Fignon, por haber rodado algún domingo junto con ellos. En ese entonces Bugno era campeón mundial y ostentaba el suéter arcoiris. Así como siempre recordaremos a Induraín vestido de amarillo en el Tour de France, a Claudio Ciapucci lo visualizamos enfundado en el jersey moteado de lider de montaña, y a Mario Cipollini con el verde de combatividad. A todos ellos los seguimos muy de cerca en varias etapas. Los sentíamos como si fueran de nosotros. Conocíamos su rictus de dolor en las contrareloj individual o en el mítico ascenso a través de las 21 curvas de la muerte hacia el puerto de primera categoría Alpe d’Huez siguiendo a los fantasmas de Eddie MErckx “el caníbal” o Fausto Coppi “il campionissimo” mientras los espectadores gritaban sus nombres y corrían a su lado para motivarlos. Así pues era nuestro sueño presenciar una etapa de le tour.

En el café conocimos a Memo aka Lucas, quién recibió su mote por usar zapatillas de la marca Look, quién a la postre se nos unió y continuó con la tradición de “el cafecito” con un gran número de nuevos integrantes cuando el núcleo original ya se había dispersado. De todos los innumerables cicleros que conocí ahí, recuerdo especialmente a Paulina, una de las pocas mujeres que salía a rodar con nosotros y era sobrina del escritor mexicano Ricardo Garibay. La útima vez que la vi fue en el pozole que me hizo mi familia antes de venir a Alemania. Mientras vivía en Stuttgart recibí una postal de ella desde el lago Tahoe, que me alegró una mañana. Poco después Memo me escribió para avisarme que Paulina había perdido la vida al haber sido arrollada por un auto mientras entrenaba con la bicicleta. Lamentablemente en México el ciclismo es una actividad de alto riesgo, principalmente por la falta de precaución de los automovilistas. Tras seis años de su deceso seguimos recordando a Paulina con cariño. Me quito el sombrero pues para rendirle pequeño tributo.

Después del café participar en “el premio de montaña” era el amén en la ceremonia de los cicleros, aunque no era precisamente un ascenso prolongado a la montaña, si no mas bien un corto sprint en ascenso al puente de Tlalpan y División del Norte. En esa prueba Moretoni era imbatible. Rubencio y yo estuvimos cerca de doblegarlo, pero siempre en el último instante sacaba fuerzas explosivas no se de dónde y aceleraba para pasarnos en el último palmo de terreno. Desde entonces ese puente lleva el nombre de Pepino Moretoni.

Así eran mis domingos de ciclero. Ahora me conformaré con encontrar en Coyoacán a mis amigos para tomar un café y recordar esos tiempos en que devorábamos kilómetros.

Luiggi Lasagna.

P:D: Pido disculpa a todos los cicleros de hueso colorado, por no haber utilizado ni una sola mala palabra para escribir éstas líneas. Tampoco encontrarán por más que le busquen ni una expresión de doble sentido. No es que quiera traicionar mi vena de ciclero. Digamos que no solamente he perdido la condición sobre la bicicleta…..

…aunque para ser honesto, creo que no lo he olvidado. Es como andar en bicicleta.