Hace varios ayeres era siempre todo un gran acontecimiento ir a visitar a mi tía María Luisa en su trabajo. No recuerdo exactamente de qué área ella era responsable, pero siendo ingeniera química seguramente controlaba alguna parte del proceso de producción de las “chaparritas el naranjo”. Tratábase pues de un refresco sin gas muy popular entre los niños de aquél entonces que era embotellado en un pequeño envase. De ahí el nombre de chaparritas. Lllegábamos a buscarla entre los matraces, probetas y otros tarantines de laboratorio, y luego nos conducía por toda la fábrica explicándonos el proceso. El recorrido terminaba invariablemente en una bacanal de azúcar pintada. Probábamos todas la variantes y frecuentemente llevábamos una o dos cajas a casa.

Esos fueron los únicos excesos que tuve durante los primeros 10 años de mi vida. Luego vinieron 18 años vida monástica consagrados al estudio y al deporte. Ni a través de burlas ni de recomendaciones ninguno de mis amigos pudo convencerme de probar el alcohol. No obstante, me reblandecí cuando por primera vez vine a Europa, concretamente a Austria. Traía en mis alforjas una botella de vino mezcal, mejor conocido como tequila, como obsequio para mis anfitriones. Por un momento me sentí muy incómodo por llevar un producto que no era capaz de probar yo mismo. Queriendo a la vez obsequiarles el gusto de beber tequila original con un mexicano original, no decliné su invitación para acompañarlos, y le dí fondo al caballito frente a mí. Al año siguiente conocí a una alemana quién me sedujo para degustar por primera vez el espumoso néctar de la cerveza. No detallaré ahora la forma en que lo hizo.

Los tiempos cambian. El tequila, y la cerveza han confluído en mi experiencia hasta llegar al mes pasado, periodo en el que he presenciado in situ sus procesos de fabricación, como alguna vez lo hice con las chaparritas.

Sin duda alguna la cerveza es parte de Alemania. Suele ser un lubricante para la rígida y oxidada forma de socializar. Tal vez por ello es un gran objeto de culto y tradición. Precisamente a manera de evento de socialización con los colegas del trabajo, visité recientemente una cervecería en Wittingen. Aunque ya no pertenezo al equipo que pretendía estrechar los nexos de sus colaboradores, recibí la invitación. A si mismo mi actual jefe estuvo de acuerdo en que asistiera asi que un día libre en una cervecería ¿a quién le dan pan que llore?

Desde el momento en que bajamos del tren es de notarse el manto aromático de cerveza que cubre Wittingen. Me transportó al paso por el puente de Marina Naciona frente a la fábrica de grupo Modelo, productores de la cerveza Corona en la ciudad de México, dónde el aire contaminado es sometido por el mismo olor a cerveza.
Tanques

Tubos

Nos guiaron por toda la fábrica con explicaciones detalladas del proceso. La cervecería en cuestión se jacta de ser la cervecería privada más antigua de Alemania, habiendo sido fundada en 1429, y que la receta empleada data de aquella fecha. A través de la jungla de tanques cónico-cilíndricos, tubos, y bandas mecánicas llegamos hasta el sitio dónde se embotella la cerveza. Al igual que en la fábrica de “las chaparritas” es la sala con mas dinamismo. Botellas suben, bajan chocan, bailan, y se apretujan para terminar transportando el preciado líquido.

Ballet de botellas

Me gustaría detallar un poco el proceso, sin embargo no entendí una sóla palabra. Entre el dialecto del guía y la repicante maquinaria, fuera de palabras aisladas, el discurso era ininteligible. Ya en una sala con menos decibeles de fondo, nos resumió el proceso con generosidad y benevolencia: “Hemos visto la forma en que se produce la cerveza manualmente. Hoy en día sólo hay que alimentar las máquinas con agua, lúpulo y cebada y esperar una semana a que salga cerveza del otro lado”. Eso es todo lo que aprendí de la visita. No se recomienda preparar cerveza en casa usando ésta receta.

La original 1429Llegó la hora del festín. La verdadera razón de nuestra visita a la cervecería. El vivaracho y extrovertido vietnamés Thang (conocido también como string thang en las bajas esferas), se sentó a mi derecha. Soberano y dueño de su juicio me dió indicaciones de detenerlo si es que intentara ligarse a las meseras (todas sobre los 45 años). Lo ataría pues a la silla como Ulises al mástil al paso de la isla de las sirenas. Probamos la primera rubia, le siguió la morena y luego una pelirroja. Thang, con su visión aguda, identificó en la mesa vecina una cerveza embotellada (todas las que habíamos probado hasta el momento eran de barril). La etiqueta era roja y azul y se alcanzaba a distinguir un número. Lo comisioné para que le preguntara a la mesera, aunque deteniéndole las manos. La mesera nos dijo: ” se trata de la 1429 (el año de la fundación). Es una cerveza clara pilsner con 5,6% de alcohol, pero un sabor muy suave”. Sin pensarlo dos veces pedimos que aquella rubia con carácter nos acompañara la siguiente ronda. Apenas la mesera se había dado la vuelta cuando Thang grita a los cuatro vientos intentando parafrasear la explicación recibida sobre la 1429: “Hey Jungs, knall aber voll rein!” (algo así como: “¡Chavos, es explosiva pero se pasa bien!”). La cantinera lo escucha, se vuelve hacia nosotros e indignada tal vez por la omisión de palabras concretas que había empleado, como el contenido de alcohol o la referencia a la suavidad del sabor, o que tal vez pensaba que la expresión se refería a ella misma, le replica con gesto duro “¡Yo no dije eso!” . Ese ademán nos arranca una carcajada.

El lubricante social surte efecto. Al principio todo es compostura. Mientras se van consumiendo la cervezas se comparten mas intimidades. Hay colegas con quienes sólo se puede hablar usando el conjunto de instrucciones del P56c, sus extensiones de 64 bits, o en el mejor de los casos en puro y llano hexadecimal. El alcohol parece humanizarlos. Por ejemplo uno de ellos, una verdadera máquina de sintetizar net lists, con cabello largo y crespado como de micrófono, lentes redondos y la carne de las encías que se le prolongan entre los incisivos, habló por primera vez conmigo sobre algo que no tuviera que ver con el trabajo. Me preguntó por la forma de ser de la vida en México y las razones que me habían traído a Alemania. Me confesó también que nunca ha estado lejos del terruño dónde nació. Me pareció distinguir en su rostro un anhelo por salir a recorrer el mundo.

Emprendimos el regreso con una caminata hacia la estación de trenes. Bert y Michael, mi ex-jefe y quién me había invitado a la expedición, parecían escolapios de secundaria acarreando sendos six-packs en cada mano ¡Vaya ingenieros especializados! Algunos como yo, seguramente también versados en visitar refresquerías durante su infancia, con toda alevosía, y ventaja pensaron con antelación en llevar bolsos a su espaldas, los cuales retacamos con el botín. Así pues en el tren no carecimos de fluídas…conversaciones. Thang por ejemplo hablaba indistintamente con veinteañeras y sexagenarias.

Las imágenes que aquí presento, por alguna misteriosa razón están mas enfocadas que como las tengo registradas en mis recuerdos. Doy mi palabra que no han recibido tratamiento digital.

Ahora con mi nuevo equipo de trabajo tengo un evento similar dentro de dos semanas. Visitaremos el museo de la computación en Paderborn, para rematar en un Biergarten. Ya reseñaré.