“¿Debo ir?” Me preguntaba incesantemente. La inmovilidad de mi madre a causa de la artritis, el reciente deceso de su hermana Celia y la ruptura con mi entonces novia me reprimían para concretar el sueño de “ir a la tierra del poeta”.

Siendo un niño de 10 años, descubrí entre los discos de mi padre una grabación de la novena sinfonía de Beethoven. Antes siquiera de escuchar la música y rendirme subyugado de por vida, mi primer contacto con la cultura alemana fue el texto de la “Oda a la Alegría”. Ese lenguaje críptico me fascinó. Intuía un deleite estético ahí cifrado, por ello decidí firmemente aprender ese idioma.

Unos 15 años después a través de mi tía Celia dí con el Instituto Goethe en la ciudad de México. Durante esos años desde mi primer encuentro con Schilller había hallado personajes alemanes sobresalientes en prácticamente todas las áreas del quehacer humano. “¿Por qué razón hay tantas personalidades en Alemania?, debe haber algo especial allá” pensaba e imaginaba un coro de poetas, matemáticos, físicos, músicos, filósofos y pintores invitándome a pasar un tiempo en Alemania para averiguarlo.

Cinco años trabajé para financiarme un posgrado en Alemania, al tiempo que aprendía el idioma, empero llegado el momento decisivo dudaba efectuar el viaje debido a la funesta situación personal.

Solía conversar con Jürgen, alemán radicado en México que anteriormente lo hiciera en China. Sabiendo que muchos compañeros del posgrado provendrían de aquél lejano país, le pedí me enseñara algunas palabras en mandarín. “Una palabra basta”, dijo levantando su mano en gesto de saludo y de sus labios brotó “Ni-hao”.

En el curso de alemán, Miguel expondría la historia del milenario I-ching, empleando la edición traducida por Richard Wilhelm. Al finalizar invitaría al auditorio a consultar al oráculo. No desaproveché esa oportunidad para plantear mi gran interrogante dejando caer tres monedas perforadas sobre la mesa. De los hexagramas emergió una contundente respuesta: “Es propicio brincar sobre las grandes aguas.”

Seguí el consejo. Aquella mañana en Stuttgart encontré el periódico en mi buzón si estar suscrito. Lo tomé sorprendido. Un artículo refería un portal de contactos personales en internet al cuál me afilié con el pretexto de practicar alemán. Días más tarde flotó en el monitor ante mis ojos el seudónimo de una mujer: Ni-hao.

Esas casualidades cerraron la distancia que me separaba de la mujer de mi vida.