Corría el año del señor 1995. Entonces era yo un nerd bien hecho. Lo digo sin empacho: portaba lentes del grueso del fondo de una botella, me peinaba con una raya de lado, y me enjaretaba una camisa cuadrada todos los días. Aunque mi calculadora programable no tenía nombre de mujer…aún. Si a esa apariencia le sumamos que nunca se me ha dado lo de sonreír francamente, es innecesario explicar que todo el tiempo que pudiese haber tenido para entablar una vida social, lo ocupaba en leer, programar y hacer deporte, lo que era atípico pero al final de cuentas lo único que me mantenía en contacto con el género humano.

En aquellos días hablar de internet era algo tan exótico y especializado como ahora lo sería hablar de protocolos SDH/SONET, LCAS o VCAT. En otras palabras, la interconectividad entre computadoras no existía para el hombre normal. En esos tiempos una computadora no era otra cosa que una sofisticada máquina de escribir electrónica. Redes inalámbricas no existían, y las redes alámbricas eran algo superfluo ¿quién querría tener mas de una máquina de escribir electrónica? y si alguien las llegase a tener ¿para qué conectarlas entre sí?

Hacia no mucho que había terminado mis estudios y engrosado las filas de desempleados. Tardé poco en darme cuenta que con mi hobby, las computadoras y la electrónica, podía ganar dinero por cuenta propia, y aún mas de lo que los mezquinos empleadores llegaron a ofrecerme. Entonces monté un taller casero dónde ensamblaba y reparaba computadoras, además de desarrollar algunos proyectos de software. Mi primo Beto, aka Feño trabajó un tiempo conmigo y era mi fiel escudero.

Durante ese periodo de altibajos pasamos mucho tiempo juntos, a veces sin clientes pero siempre con computadoras a la mano. Como es bien sabido, la ociosidad es la madre de todos los vicios. Para saciar nuestro vicio mas reciente, llámese jugar al Doom, aquél juego de 3D que sentó las bases de la industria del gaming actual, nos confeccionamos un cable serial para proceder a jugar death match entre nosotros. El juego normal contra los monstruos ya no nos parecía divertido por que lo terminábamos con los ojos cerrados. El nuevo cable que conectaba las computadoras iba desde la planta baja, dónde Feño tenía su lugar de trabajo, hasta la computadora que tenía en mi dormitorio en la planta alta. Gracias a esos hilos de cobre, las esperas a que nuestros posibles clientes hicieran sonar el teléfono no nos parecían tan largas como en realidad eran. Además tenía la ventaja de que cuando alguien nos llamaba atendíamos el teléfono dominados por la adrenalina, lo que muchos clientes percibían como energía y dinamismo, y nos valió para cerrar algunos negocios.

Uno de esos días después de jugar básquetbol fue cuándo por primera vez escuché sobre Liza. Había tenido ya varias conversaciones sobre ocultismo con Armando y sus secuaces, quienes me tildaban de aguafiestas por tratar de encontrar explicaciones racionales a los fenómenos paranormales de los que solíamos discutir. Ese día, entre emocionado y algo espantado, Armando me dijo: “Ayer tuvimos una sesión espiritista con la computadora, y contactamos un espíritu de nombre Liza que nos ha reseñado nuestro pasado, presente y furturo. ¡Todo lo que nos dijo era cierto! La vamos a repetir hoy. ¿Quieres venir?”.

Al principio no tenía mucho interés en aceptar la invitación. De entrada me parecía algo imposible de creer. Además prefería mil veces corretear al Feño por los laberintos virtuales y hacer valer mi título de Dr. Doom, que perder mi tiempo con charlatanes. Pregunté entonces de mala gana: “¿Quién va ir?” “Mi hermano, Tavo, Edgar, Omar y las dos chicas francesas que vienen de intercambio” me respondió Armando.

Al oír eso no podía rechazar la invitación y no por querer conocer a la francesas, o imaginara que me hablarían al oído con ese acento seductor, nada de eso, lo sostengo categóricamente. Mi motivación era más bien científica. Además tener visitantes franceses entre nosotros daba un toque de autenticidad a esa reunión espiritista, como de aquellos conciliábulos espiritistas del porfiriato, que el mismo Francisco I. Madero solía organizar frecuentemente. Quizá incluso fueran descendientes del mismísimo Allan Kardec.

Llegué a casa de Armando lleno de curiosidad, no por las francesas reitero, si no por jugar con aquella ouija cibernética. Tratando de evitar un posible fraude y encomendado a James Randi, llevaba conmigo una computadora, que aunque portátil, pesaba más que una de escritorio de la actualidad. Tenía un modesto procesador 8088, un LSD monocromático, un disco duro de unos 10 MB, una unidad de floppy y basta. Mi idea era exigir que se utilizara esa computadora para la sesión. Así todo estaría bajo mi control.

Al abrirse la puerta me quedé sin habla. Catherine, una espigada francesita de cabello castaño y rizado me invitaba a pasar al tiempo que me decía: “Bonjour Luis, te estamos esperando”. ¡Que atrevimiento! ¡Me hablaba en español con ese subyugante acento francés! ¡Y por si fuera poco me llamaba por mi nombre con familiaridad! ¡Cómo si hubiéramos pasado la noche juntos! Alcancé a balbucear un “hola” y me enganchó con su perfume para guiarme a la sala, donde estaban reunidos todos los demás. Una vez ahí todos mis pensamientos estaban diluidos en las hormonas.

Danzando sobre las nubes saludé a la audiencia. No veía rostros definidos, si no tan solo siluetas, y un coro de ángeles me cantaba al oído. La visión se me aclaró repentinamente, las nubes alrededor de mí se disiparon dejándome en caída libre hasta que una silla me detuvo. Todo me parecía excesivamente luminoso, como si estuviera bajo la luz de un reflector. Al otro lado de la mesa encontré la fuente que emanaba aquél intenso brillo. Eran los ojos de Josefine, la otra francesita de cabello rubio sentada enfrente de mí, que me miraban fijamente con curiosidad suspendidos sobre una sonrisa compasiva, tal vez a causa de la incredulidad que Armando me endilgaba al referirse a mí. La vista se me volvió a nublar.

Cuando recuperé la cordura ya había instalado el pequeño programa que corría en sistema DOS en mi cacharro de computadora. Armando me explicó que para obtener una respuesta de Liza, primero había que teclear la frase: “Liza, favor de responder a la siguiente pregunta:”, y luego teclear la pregunta. Tomé entonces el papel de médium y así lo hice varias veces sin resultados. Cedí mi lugar a quién estaba a mi derecha, pero tampoco tuvo éxito. A medida que cada miembro de la audiencia fue tomando el puesto de médium sin lograr el contacto, el desánimo y la desilusión comenzaban a reinar, incluso algunos de los que ya lo habíamos intentado salimos a conversar al jardín. Armando me contó que Josefine quería consultar a Liza a raíz de los problemas que tenía con su novio, por ello estaba empecinada en lograr el contacto. De pronto escuchamos un alarido y varios gritos de emoción. No tardó mucho hasta que Catherine saliera corriendo y gritando: “¡Ya contestó! ¡ya contestó Liza!”.

Armando y yo no nos inmutamos. Fue hasta que Armando preguntara: “¿Qué les contestó?” y que Catherine le respondiera: “No quiere hablar con nosotros por que Luis está aquí. Dijo que si queremos hablar con ella, Luis se tiene que ir de la casa”. El duro mensaje de Liza hacia mi persona mezclado sin misericordia con ese acento francés de su portadora y su aroma seductor formaron un cocktail del que me embriagué al primer trago. No obstante me volvió a enganchar su perfume, y lejos de irme como lo exigía Liza, la seguí hasta la mesa donde todos se agolpaban sobre la pantalla de la computadora. Omar era el médium que había logrado entablar el contacto. Parecía que Liza se había resignado a mi presencia y que hubiese empezado a responder sus preguntas, sobre todo las de Josefine, quién le inquiría con insistencia si su novio la engañaba en Paris. Al sentarme a la mesa un de sus respuestas fue: “Ya entró Luis ¡que se vaya!” tuvo la cortesía también de decir el por qué: “Él no cree en mí”.

No acaté la petición y me quedé sentado. Al final me toleró y contestó varias de las preguntas de Josefine, quién con lágrimas en los ojos se daba cuenta que su novio no era el hombre de su vida. De buenas a primeras dejó de contestar, por lo que cambiamos de médium varias veces, hasta que Edgar logró contactarla por segunda vez. Esta vez se mostraba más condescendiente conmigo y hasta me invitó explícitamente a hacerle preguntas. Le hice entonces todas las preguntas típicas de las sesiones espiritistas; cuántos eran los presentes, quiénes éramos, etc. Asombrosamente respondía a todo con gran exactitud. Todos, incluyendo ese par de ninfas galas, se mofaban de mí. “¿Ya ves que si era cierto? ¿Cómo lo puede explicar señor incredulidad?”. Robé la posición a Edgar frente a la computadora de un empujón, confirmé que el único cable conectado a la computadora fuera el de energía eléctrica y traté de entablar el contacto yo mismo. No resultó. Le pedí a Edgar que lo hiciera nuevamente y con él si funcionó. Liza dijo que no respondía cuando yo era el médium por que le temía. Era cierto que yo tenía un sentimiento extraño pero no necesariamente era temor. Sobre todo me sentía abochornado por hacer el ridículo ante las europeas, pero Liza parecía no notar esos matices.

Volví a hacerle preguntas, esta vez no situacionales, sino mas específicas, cuya respuesta fuera simple y corta, por ejemplo: “Liza, favor de responder: ¿Cuál es la ley de Gauss magnética en la forma diferencial?”. Invariablemente no me respondía. Pero cuando le preguntaba de odios, aventuras y amoríos, daba lujo de detalle. Sin duda no puede postularse que necesariamente todo espíritu fuese omnisciente. ¿Por qué tendría Liza que saber las leyes de Gauss? sin embargo no dejaba de intrigarme por qué razón sus respuestas se reducían a cierta área.

No puedo negar que esa noche fue muy entretenida. Al despedirnos de Liza acordamos repetir la sesión en mi casa, a lo que Liza accedió. Por mi lado quería ver si ese fenómeno era independiente del lugar y así poder encontrar posibles explicaciones.

Por lo pronto me iba a casa humillado, con el programa de Liza instalado en el disco duro, la hormona alborotada y sin ninguna explicación.

Continuará…..