La casa del castillo

Entre los niños que vivían en la calle de aquél fraccionamiento suburbano en la que pasé mi infancia existía un mito: Si uno se alejaba lo suficiente de los límites que nuestros padres nos habían señalado para no traspasarlos mientras jugábamos por las tardes, existía un camino que conducía al fraccionamiento vecino, dónde se decía había una casa en forma de un castillo con muros y torretas almenadas y muchos de los elementos idílicos que la imaginación colectiva les confería.

Corroborar el mito estaba fuera de nuestro alcance, pero sin lugar a dudas era algo que todos queríamos llegar a realizar algún día. Para llegar al pié de aquella mítica edificación tendríamos que superar el sinfín de peligros a su alrededor, como roba-chicos al acecho en casa esquina o perros rabiosos que sólo esperaban hundir sus filosos colmillos en las tiernas pantorrillas de los niños. En realidad esos mitos habían sido creados por nuestros padres e insertados consecuentemente en nuestras mentes para mantenernos alejados de la idea de traspasar los límites impuestos. Debo reconocer que fueron creados de buena fe, pensando sobre todo en nuestra seguridad, y si bien es cierto que por un buen tiempo nos atemorizaron eran ya parte de la magia de la casa del castillo que tanto nos atraía.

Un buen día osamos ir mas allá del fin del mundo conocido y en la bicicleta doblamos a la izquierda. Nada pasó. No había roba-chico alguno y ningún perro rabioso quiso mordernos. Continuamos con la expedición y volvimos a doblar a la izquierda con iguales resultados que la vez anterior, así entonces repetimos la operación otras dos veces para llegar sanos y salvos a nuestra calle después de haberle dado la vuelta a la manzana. Este gran acontecimiento lo guardamos para nosotros y nadie refrió nada en sus casas al respecto.

Creo que fue un sábado por la mañana cuando Lalo y yo, que éramos los mas grandes, decidimos emprender el viaje hacía la casa del castillo que haría historia en nuestra cuadra. Alistamos las bicicletas, llenamos las cantimploras por que sabíamos que sería un viaje muy largo, y tal vez tendríamos que pedalear a gran velocidad en algunos tramos para evitar que los perros rabiosos nos dieran alcance. Los niños mas pequeños nos fueron a despedir hasta la esquina con curiosidad y admiración por nuestra osadía. Así fue como partimos.

Unos 40 minutos mas tarde logramos hacer la entrada triunfal por la otra esquina de la calle antes de que nuestros padres notaran nuestra ausencia. Los niños pequeños dejaron de jugar de inmediato para recibirnos con gran algarabía. “¡La hemos visto! ¡la casa del castillo de verdad existe!” fueron nuestras palabras. Todos querían escuchar con lujo de detalle nuestras historias de viajeros. Para darles gusto les relatamos como nos habíamos perdido en terrenos desconocidos, enaltecimos nuestra sagacidad para escapar de las redes de los roba-chicos, y de como no caímos en la trampa de la viejita que nos ofreció dulces para ir con ella, pero sobre todo referimos como enfrente de un parque se posaba majestuosa la casa del castillo. En pocas palabras, no solo ratificamos el mito, con todo y los peligros creados por nuestros padres, si no que lo enriquecimos. De esta forma ese mito se conservó en la calle por varias generaciones.

Desde la misma perspectiva, es posible entender cabalmente por qué las maravillas del mundo antiguo fueron denominadas como tales. En los tiempos en que no existían registros fotográficos, la única forma de portar esas imágenes a los habitantes de ciudades remotas, era a través de las historias de los viajeros que las habían contemplado, por ello no era tan solo el aspecto visual lo que las hiciera maravillas. El elixir mágico que en eso las convertía estaba destilado a partir de dos elementos: la distancia y la referencia de quién ya salvó esa distancia.

Por mi parte, aunque en realidad había visto la casa del castillo y había quedado maravillado por ella, mi deseo por verla lejos de desaparecer se acrecentó, pero después de un tiempo al saturarlos con la conocida forma del castillo, paulatinamente fue sustituida por otros objetos o lugares de los que había escuchado hablar y nunca había tenido frente a mis ojos. En esa constante transmutación, que hasta ahora no ha cejado, se conserva incólume el deseo de extender el mundo, de alejarse de lo conocido y de añorar el estar lejos, lo que a su vez conllevará de concretarse, el añorar volver al terruño propio. No es otra cosa que la conocida visión romántica de estar siempre en el camino, y de que la vida misma es viaje, como lo plasmó Schubert en su ciclo de Lieder: Winterreise (Viaje de invierno).

Los fetiches por excelencia de esta añoranza son las estaciones de tren o aeropuertos, que para los que van a despedir o recibir a otras personas es la proyección misma de las luces en lontananza. He escuchado historias de personas que por puro placer van a un aeropuerto con maletas listas añorando atravesar el umbral y aparecer en algún lugar remoto, y alimentan su deseo al tomar un café escuchando otros idiomas y viendo otras fisonomías en los viajeros al arribar o como mi tía Chela me confiaba que su sueño por mucho tiempo fue escabullirse con su maleta a la puerta de llegadas de vuelos procedentes de Europa, y salir por ella para que todos las personas que esperaban a alguien, al verla llegar, exclamaran: “¡Esa señora viene de Europa!¡Cuantas maravillas habrá ya visto!”.